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viernes, 30 de julio de 2010

Heidegger y el sujeto

Heidegger devuelve a la filosofía, frente a los jóvenes hegelianos de la praxis, el estatus de clave en la que se revela y juega nuestra época (entendiendo cada época como horizonte de sentido o precomprensión acerca del sentido del ente). Lo característico de Occidente es que en la historia de la metafísica es donde se despliega la precomprensión ontológica, la relación que nuestra época mantiene con el Ser, su destino o luz propia. Así, el imperio de lo que en términos de Horkheimer o Adorno llamaríamos razón técnico instrumental, es leído también por Heidegger como una forma de racionalidad específicamente moderna que representa una suerte de caída. Lo técnico como “última palabra” en nuestra civilización y época es considerado una consecuencia de la comprensión del Ser específicamente moderna. Concretamente, para Heidegger “[Descartes] Entiende la subjetividad de la autoconciencia como el fundamento absolutamente seguro de la representación: con ello el ente en su totalidad se trueca en mundo subjetivo de objetos representados, y la verdad en certeza subjetiva” (p. 151). Hay también señalado por Heidegger un subjetivismo solipsista y objetivante que se halla en el núcleo de lo moderno. Este sujeto sólo puede extraer de sí vaciedades o ídolos como elementos normativos, es decir, no hay oportunidad de que la razón moderna pueda en un contragolpe invertir el proceso de cosificación que ha propiciado. No queda esperanza en esta razón, lo cual quiere decir, que no queda esperanza en el humanismo, el positivismo, la ilustración y cualquier intento de universalismo moral. Sólo cabe desde el sujeto solipsista una autoafirmación particularista. “Lo mismo si las ideas modernas aparecen en nombre de la razón que de la destrucción de la razón, el prisma de la comprensión moderna del Ser descompone todas las orientaciones normativas en pretensiones de poder de una subjetividad empeñada en su propia autopotenciación” (p. 152). Sin embargo, señala Habermas que Heidegger emprende su crítica desde un concepto implícitamente normativo de consumación de la metafísica.
Hay en Heidegger también un pathos moderno que según Habermas perdura en su pensamiento, como es el de un pensamiento originario, un fundamentalismo que consiste en retroceder a lo fundante, que en su caso es un Ser distinto del Ente, que como Dionisos en Nietzsche, funda la nueva filosofía. Hay en Heidegger esta búsqueda de lo principial, de la fuente que fluye hacia el Ente. Esto originario es lo que precisamente se ha olvidado en la historia de la metafísica que es la historia de Occidente. De ahí que la remembranza ocupe un lugar importante en el pensamiento de Heidegger, como intento de captar lo olvidado en la historia de su olvido, como advenimiento del Ser en lo experimentado negativamente. En todo este olvido por supuesto se incluye todo pensar argumentativo o científico, que es ingeniosamente eludido una y otra vez por Heidegger, en cuanto que dicho pensar es producto del quehacer objetivante del sujeto moderno que causa la pérdida de lo esencial. Pero en este antisubjetivismo señala Habermas que Heidegger permanece paradójicamente presa del subjetivismo moderno, habitando en su sombra, es decir, en la antítesis o variante mística del poder absolutamente unificador del pensamiento discursivo. Para Habermas, como desarrollará en los últimos capítulos del libro que estamos comentando, habrá otra alternativa a la filosofía del sujeto por un lado, o el arrobamiento místico que intenta escapar de ella. Habermas indica que Heidegger disuelve la patología de un mundo de la vida racionalizado y desgarrado, no unificándolo mediante una razón dialéctica (Hegel) o el arte (Nietzsche), sino en términos ontológicos y fundamentalistas, elevándose a la esfera de un Ser que se sustrae al ente. Este pensamiento esencial rechaza lo argumentativo y a una razón planteada en términos comunicativos. “El hombre es el ‘pastor del ser’. El pensamiento es un ‘dejarse reclamar’ en actitud de ‘pensante rememoración’. ‘Pertenece’ al Ser” (p. 158).
Tanto el primer Heidegger como el de la kehre, que Habermas relaciona con un intento de eludir el nazismo profesado anteriormente sin renunciar a su filosofía, recae en el mismo pathos de la no superación del subjetivismo moderno. Habermas  muestra que “Al atenerse a una mera inversión de la pauta que la filosofía del sujeto representa, Heidegger permanece prisionero de los planteamientos de la filosofía del sujeto” (p. 178). No logra superar, a pesar de todos sus malabarismos, el subjetivismo moderno. De nuevo aquí, el no caer en la cuenta de las posibilidades de lo comunicativo intersubjetivo, obliga a Heidegger a no poder escapar de aquello que cuestiona (el sujeto).