StatCounter







martes, 27 de julio de 2010

La búsqueda de lo originario en Heidegger.


Habermas emprende una exposición comentada de la propuesta filosófica heideggeriana que siguiendo la estela de Nietzsche, busca superarlo. En Nietzsche se había dado, veíamos en el post anterior, una crítica ideológica que acabó disolviéndose a sí misma. A su opción por lo estético emanado de la voluntad de poder como explicación del nihilismo y a la vez superación y alternativa al mismo, Heidegger vuelve, según Habermas, al terreno filosófico pero transformando el pensamiento filosófico ubicándolo más allá de la historia del principio y el final de la metafísica. Heidegger, afirma él mismo, busca disolver el elemento de subjetividad aún presente en la filosofía de Nietzsche, como resto metafísico no superado. En Heidegger resulta fundamental también en la tarea de superación del nihilismo metafísico el papel del poetizar, del arte. Pero ahora, frente a Nietzsche, se trata de un arte que obedece a algo previo aún más originario. El fundamento de la nueva filosofía, tras la muerte de la metafísica, es la escucha y espera paciente del ser, tras su exilio del ente, un ser que hace sentir su ausencia. Es la razón la culpable de este alejamiento y olvido del ser en la tradición metafísica, por lo que no es tarea de la misma la vuelta a la escucha del ser, ni tampoco vale la recordación de la tradición del olvido de la diferencia ontológica. Lo que cabe hacer es dejar acontecer al Ser como destino, estando abierto a dicho acontecer. Así, “En Heidegger, la crítica de la razón acaba, pues, en la radicalidad de la exigencia de un cambio de actitud, que impone distancias, que todo lo penetra, pero que carece de todo contenido, un cambio de actitud que deja tras de sí la autonomía, y marcha hacia una entrega del Ser, en la que presuntamente quedaría superada la oposición entre autonomía y heteronomía” (p. 116). En esta línea, Heidegger cuestiona la filosofía moderna de la conciencia que deviene en mero control técnico sobre procesos objetivados. “La subjetividad y la cosificación distorsionan la mirada para todo aquello de lo que no podemos disponer” (p. 119). Paralelamente, aunque con matices evidentemente propios, Habermas señala la lectura que Bataille realiza de la modernidad como tendencia a la autodestrucción del productivismo industrial. Aquí es el principio de economía y eficiencia lo que malea el progreso. La alternativa en ambos, Heidegger y Bataille, es la búsqueda de lo originario, de aquello enterrado por vía de la racionalización, de lo arcaico y dionisíaco que puede devolver a la palabra Ser su contenido aparte de la entificación. Si la razón es cálculo y posesión, lo otro de ella sólo puede caracterizarse negativamente, como lo indisponible absolutamente y autosacrificio del sujeto: “Mientras que la razón viene definida por el control y la utilización calculantes, lo otro de ella sólo puede caracterizarse negativamente como aquello de lo que en absoluto podemos disponer, que cae fuera del ámbito de lo útil, como un medio en que el sujeto no puede zambullirse si no hace dejación de sí y transgrede sus límites como sujeto” (p. 120). Lo importante es entender que Heidegger ya no alude a nuevas maniobras de la razón para aprehender lo otro de ella, es decir, no hay un pensamiento de la superación dialéctica, proceso reflexivo o praxis ilustrada de desenmascaramiento o recuperación de lo reprimido. No se trata de invertir un sentido y la subjetividad se halla tan inmersa en los procesos de ocultamiento que no le cabe echar mano de aproximarse al Ser mediante el análisis o la recordación. No se puede usar la vía de la autorreflexión que se engloba en la vía racional. En Heidegger, esto habrá de emprenderse de otro modo, mediante una ontologización del arte y un soterrado fundamentalismo que no puede eludir que intenta diluir el sujeto temporalizándolo pero, a juicio de Habermas, no logra hacer verdaderamente efectiva su intento de superación de la subjetividad. Esto lo va a desarrollar en paralelo con su discusión en torno a Bataille, como vías posmodernas de intento de superación de la modernidad, pero antes de ello, cabe explorar si la Ilustración revisada de Adorno y Horkheimer, desde la consciencia de su inherente dialéctica pero sin salirse de ella, puede ser filosóficamente suscrita.