sábado, 7 de agosto de 2010

Valoración de Foucault por Habermas II



La modernidad desarrolla el proyecto de un sujeto que se sabe limitado pero que, paradójicamente, se arroja una tarea infinita (Kant). Foucault expone esta idea de que, en este sentido, la episteme moderna es la episteme autocontradictoria de un sujeto desbordado, un sujeto finito que se transciende hasta lo infinito. Es como si la voluntad de verdad retornara al propio sujeto al que objetiva, en una desmesura que está en los inicios de las ciencias humanas. Así, saber llega a ser equivalente de poder y sometimiento del sujeto que en su querer saber se autotematiza como objeto de conocimiento. Este movimiento es de opresión del hombre hacia el hombre, siendo por tanto el dominio lo que se halla en el origen de las ciencias humanas. Se da un remolino que tiende a extenderse infinitamente y en cuyo vórtice determinante se halla el sujeto, como centro de esa irradiación de saber y dominio. Este desdoblamiento del sujeto, como productor del conocimiento y como objeto del conocimiento, conlleva una serie de desdoblamientos secundarios (por ejemplo: Yo empírico y Yo trascendental; hombre autor o producto de la historia). Se persigue un ideal de la total transparencia que reduzca todas las opacidades, en una autocaptación total. Pero en el movimiento que persigue la claridad, el hombre se pierde en la sucesión y en la cadena de causas, ahondándose, haciéndose opaco. El movimiento de la plena captación es el movimiento del oscurecimiento del que en las concepciones escatológicas y apocalípticas pretende escaparse, pero con resultados terribles cuando devienen en prácticas. Todo esto que estamos describiendo, siguiendo a Habermas, es lo propio del pensamiento antropocéntrico iniciado por Kant que con sus utopías de liberación acaba viéndose atrapado en la esclavización. Es precisamente este pathos lo expuesto por Foucault en su análisis de la ciencias humanas. Las ciencias humanas se relacionan con prácticas de dominio. Incluso, según él, también las ciencias de la naturaleza, aunque es verdad que éstas han escapado del contexto de dominio de los interrogatorios judiciales de que surgieron. Pero se centra en la ciencias humanas porque en ellas sí es connatural un movimiento de autocosificación y desdoblamiento del sujeto que reposa en una voluntad de poder, siendo éste un movimiento específicamente moderno. Lo que este planteamiento evoca es, naturalmente, en lo que a la voluntad de poder se refiere, al último Nietzsche. En efecto, en algún lugar leí que alguien (¿Muguerza?) caracterizaba a Foucault como de un extraño marxismo nietzscheano. Lo de marxista habría que matizarlo mucho, pero su ascendencia nietzscheana es evidente. El método genealógico del alemán es aplicado, con todas sus aporías, al estudio específico de la modernidad, en una pseudociencia que pretende desconstruir a las ciencias, no sin autocontradicción. Pero a esto dedica Habermas un nuevo capítulo del libro que estamos comentando.
La arqueología del saber, el estudio de los estratos y mutaciones dadas en el conocimiento, el  cambio de las epistemes, requiere hallar un fundamento de los propios discursos, del hecho de que se realicen. Esto nos conduce al método genealógico, que sustenta toda acción humana (como el conocimiento) en el poder. Ya no es tanto una autonomía de discursos capaces de autorregirse o de una secuencia epocal basada en el cambio de epistemes, sino como efectos o acciones del poder. Así, Foucault supera el antropocentrismo. Ya no es primero el saber para darse el poder, sino al revés, primero el poder para darse el saber. Ahora, las ciencias humanas son no tanto un producto del sujeto desdoblado que quiere extender su saber, sino unas tecnologías para el sometimiento de los cuerpos mediante la normalización y la determinación de lo patológico como su contrario. En realidad, se dan mezclados en ellas ambas cosas indisolublemente: saber y poder. Esto es cuando se plantea el conocimiento en un sentido objetivista. Las ciencias se constituyen en tecnologías del yo que fabrican al sujeto y a la interioridad (psicoanálisis). Así, desde la clave del poder, Foucault pretende salir de la filosofía del sujeto, desligando el poder de las pretensiones previas de saber propias de sujetos que actúan y juzgan. Pero, denuncia Habermas: “Foucault no puede hacer desaparecer en un concepto de poder tomado a la vez de la filosofía del sujeto todas aquellas aporías de las que acusa a la filosofía del sujeto” (300). A las ciencias que entroncan en el sujeto cuya consecuencia es la autoobjetivización del mismo, Foucault opone el proceder genealogista que supuestamente escapa del sujeto moderno y sus problemas. Habermas cree que esto obedece a una nueva ciencia que es fundamentalmente historia pura, historia que se explica por sí misma, que no es más que ella misma. Se trata, en lo que al genealogismo se refiere, de un historicismo radical, a secas, sin prejuicios ni modelos. Pero afirma Habermas: “a medida que se restringe a una objetividad vacía de toda reflexión, a una descripción del cambio caleidoscópico de prácticas de poder, que ascéticamente renuncia a toda participación siquiera sea virtual, la historiografía genealógica se delata como la seudociencia presentista, relativista y criptonormativa que no quiere ser” (301). Concretamente, Foucault se ve abocado a:

1) El presentismo de una historiografía sin embargo ligada a su situación de partida. Aunque pretende una mirada objetiva de la historia como giros del caleidoscopio, de hecho todo requiere ser comparado y ligado a otros elementos externos lo que además obliga a una hermenéutica, a la interpretación desde la situación de partida del intérprete. El sujeto como mediador e intérprete vuelve a ser introducido por la puerta falsa en medio de un supuesto superobjetivismo descriptivo. O sea, que Foucault incurre con su anticiencia en lo mismo que critica a las ciencias. “Así, la tentativa de explicar sólo a partir de sí mismas las formaciones de discurso y de poder bajo la severa mirada objetualizadora del analítico que se acerca de lejos y que, ignorando toda comprensión, se enfrenta a lo nativo y familiar, acaba convirtiéndose justo en lo contrario. El desenmascaramiento de las ilusiones objetivistas de todo querer-saber conduce a la complicidad con una historiografía narcisistamente vuelta hacia el lugar que ocupa el observador, que instrumentaliza la consideración del pasado para proveer a las necesidades del presente:” (304).

2) Si Foucault plantea un contrapoder, señala Habermas que todo contrapoder se mueve en el ámbito del poder que combate. Esto genera un juego de poderes y réplicas de contrapoderes que desmenuza en el relativismo el método genealógico foucaultiano. Todo contrapoder puede revertirse en un nuevo poder que deba ser contrarrestado. Sólo hay poderes en juego, aun cuando el genealogista opere con toda su combatividad y pretensión de superar las opresiones. Recordemos que el centro de la actividad humana y del saber es, según el propio Foucault, el poder, lo cual se aplica también a la seudociencia genealógica.

3) De modo diferente a Marx, por ejemplo, su crítica al poder no consiste en una inversión de las patologías de la modernidad a partir de sí misma, de su mismo discurso, Foucault plantea una crítica que pretende socavar la modernidad y sus juegos de poder hegemónico y resistencia. Pero aun así, Foucault ostenta un criptonormativismo, un posicionamiento a partir de determinados principios normativos que le conducen a valorar el dominio como algo negativo, a pesar de su aparente neutralidad. Esto es porque en el fondo, su experiencia del poder remite al cuerpo maltratado y dolorido, como experiencias negativas señaladas por la modernidad. Hay una experiencia moderna del poder (Sade) que determina el posicionamiento ante el poder de Foucault. En pocas palabras, Foucault parece emprender una crítica (al poder) que no puede justificarse a sí misma, que presupone fundamentos normativos por los que juzga malo al poder, pero que él no quiere reconocer.          

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