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viernes, 19 de noviembre de 2010

El fundamento biológico de la historia I

El libro Filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría sigue el orden (ascendente) de los niveles de realidad, hasta llegar a la historia. Dentro de esta superación que culmina en lo humano histórico, es de notar que, fiel al planteamiento zubiriano, los niveles inferiores constituyen a lo superior sin que esto dé pie a un torpe reduccionismo como ha sido el caso en algunos materialismos en la filosofía. Así, que la historia incluya lo biológico no debe obligarnos a un reduccionismo biologicista que extrapole a la historia lo propio del nivel de la materia viva orgánica y las dinámicas específicas de la vida vegetal o animal. No se trata de entender la historia como un macro organismo, sino como algo diferente que, sin embargo, no anula su componente biológico. “Lo social y lo histórico tienen una peculiaridad que sobrepasa la consideración biológica como lo vital tiene una peculiaridad que sobrepasa la consideración mecanicista. Lo importante y lo difícil es enfrentar cada una de estas realidades conforme a su propia peculiaridad” (p. 93). Así, los planteamientos que quieren ver en la sociedad, por ejemplo en la lucha de clases, un equivalente de la lucha por la existencia en el mundo animal, comenten un error reduccionista.
Queda claro que, con la salvedad señalada, para entender el hombre hay que ir a lo biológico, comprendiendo que se da en él una unidad del trabajo, estructuras somáticas e inteligencia. La sociedad, la tradición y la cultura emergen de y se apoyan en realidades estrictamente biológicas. “Sin un determinado desarrollo del volumen craneal y de la estructuración del cerebro, sin la posición erecta y la liberación de brazos y manos, sin la urgencia de un medio inhóspito y de una lucha biológica por la supervivencia, sin una primera agrupación fundamentalmente biológica, la historia no hubiera comenzado” (p. 95). Así, incluso puede afirmarse que lo biológico ha configurado, o puede hacerlo, uno u otro tipo de humanidad, como se comprueba en la evolución de la especie y los distintos homínidos que han surgido. Que esto tiene una directa incidencia en la historia es evidente. Hay una configuración, si atendemos a la inteligencia, no sólo cuantitativa, sino cualitativa de la misma. Como afirma Zubiri en una cita que refiere Ellacuría: “las estructuras somáticas no sólo permiten el uso de la inteligencia, sino que configuran cualitativamente este uso en todos los tipos humanos” (p. 97). Es desde lo biológico en el hombre que éste es animal, es lo que provoca su carácter de animal, presente en el comportamiento histórico. Una animalidad no abstracta, sino concreta, con una forma e historia evolutiva determinada que es la que nos configura. Así, el proceso por el que unas formas anteceden a otras sin desaparecer, sino integrándose en la nueva forma, es visto por Ellacuría como una aplicación a la biología evolucionista del principio básico zubiriano de la realidad como sistema y proceso (p. 100). En este proceso evolutivo emerge, por ejemplo, lo psíquico como nueva realidad del hombre. Todo está presente en el hombre: lo biológico, lo psíquico, lo natural, lo histórico, lo social.
El proceso llamado “evolución” se da con mayor relevancia en lo biológico, aunque en el cosmos se den otra suerte de procesos de aumento cualitativo. Ellacuría habla de “generación”. Por esto entiende el producto genético que no es simple desdoblamiento pero que no origina un salto de una especie a otra. “Es una potencialidad estructurada y no una indiferenciada potencia, que en el principio del proceso es muy amplia y que al final de él es nula y queda fijada. Sólo a esta constitución genética procesualmente determinante es a lo que debe reservarse el nombre de generación” (p. 103). Lo que llamamos “evolución” es una generación de tipo diferente en la cual lo que se da son especies y que Ellacuría denomina “originación”. En estos fenómenos hay un juego de conservación y al mismo tiempo salto o diferenciación cualitativa. Así pues, en lo biológico, tenemos un proceso que es sistemático, continuativo, diferenciativo y con un tiempo propio. Si recordamos la visión tomada de Zubiri de las notas de realidad, lo que ocurre en la evolución es una re-configuración de las notas que siendo iguales la mayoría, cambian por estar en otra nueva estructura, estructura que a su vez ha cambiado debido a alguna modificación o introducción de alguna nota básica. “Es precisamente una consideración estructural de la realidad la que permite hablar de continuidad y de diferencia, junto con una consideración estrictamente genética” (p. 107). Hay continuidad y diferenciación a la vez en la medida en que estamos de nuevo ante una estructura de notas. Esto es propio de niveles más básicos, de la materia inorgánica. “La materia es dinámica en sí misma y desde sí misma y lo es con tantos dinamismos y con tales dinamismos como son los distintos tipos de materia. A la materia viva le compete un singular dinamismo, el dinamismo de la vida biológica. Aquí tampoco son dos cuestiones distintas la existencia de una materia viva y la existencia de un dinamismo vital” (p. 109). Pero tal como lo ve Ellacuría, este dinamismo de la vida no es un impulso exterior indiferenciado, sino que se halla inscrito en la propia vida. “No es impulso, sino potencialidad. Es, por lo pronto, algo intrínseco a la materia o a la esencia en cuestión” (p. 109). Es un poder activo que puede ejercerse de distintos modos, limitado, pero con un margen de lo que denominaríamos “azar”. El esquema con el que Zubiri describe este dinamismo-potencialidad a la vez determinada y azarosa, es “desgajamiento exigitivo-liberación biológica-subtensión dinámica”.

“Desgajamiento implica (…) una función nueva irreductible a la anterior, cualquiera sea el grado de irreductibilidad; precisamente porque la función anterior no es suficiente en su propia tipicidad para ser lo que tiene que seguir siendo dentro de la unidad en la que se da, la que viene en su ayuda, por así decirlo, tiene que ser de otra índole” (p. 113). Este dinamismo no es el de una causalidad lineal, ni hay en él finalidad extrínseca. “El desgajamiento exigitivo hace, por tanto, referencia a la unidad intrínseca de la nueva función con la antigua. De ahí que en nuestro caso no es sin más que lo natural produzca lo histórico, sino que lo natural, que desgaja exigitivamente lo histórico, está en unidad intrínseca con esa novedad de lo histórico. Porque de eso se trata: que haya estricta novedad y que, sin embargo, se dé asimismo una estricta e intrínseca unidad” (p. 113). Pero el desgajamiento produce un nuevo ámbito con nuevas funciones, además de las exigidas por lo anterior, como se manifiesta en el surgimiento de la inteligencia que aporta un cierto plus respecto a lo que la había exigido (p. 114). En estas nuevas funciones, sin embargo, lo anterior sigue dinamizando a lo nuevo, en lo que hemos llamado “subtensión dinámica”, que es una tensión hacia abajo y hacia arriba. “Así, en el hombre no habría inteligir sin sentir, no habría querer sin tender, no habría sentimientos sin afectos, etc. El dinamismo de lo humano, incluso de aquello que consideramos superior en el hombre, es un dinamismo que parte de lo llamado inferior y que constituye el dinamismo superior. No hay en el hombre un dinamismo superior puro, sino un único dinamismo, que arranca de lo inferior y que, tras la liberación del superior, permite que éste a su vez determine y configure el inferior. No hay en el hombre sino una inteligencia sentiente, una voluntad tendente, un sentimiento afectante” (p. 115). Según este esquema del desgajamiento exigitivo …, ocurre la presencia de lo natural en lo histórico y de lo histórico en lo natural. Así, se da entre ambos unidad pero irreductibilidad de uno al otro.