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domingo, 28 de noviembre de 2010

Especie, azar y necesidad.

Dentro de los fundamentos biológicos de la historia, la especie, el pertenecer a una especie viva, va a tener una enorme importancia en el sistema filosófico de Ignacio Ellacuría, siguiendo en esto también a Zubiri. Esto tiene repercusiones en la comprensión de la persona que elaborarán ambos filósofos y, en definitiva, de la realidad histórica como ámbito propio de lo animal-personal humano. Incluso la individualidad viene cubierta de caracteres de especie, porque “En razón de este esquema constitutivo común y recibido por comunicación hay una como unidad coherencial por la que todos los individuos de la misma especie están vertidos los unos a los otros” (p. 117). Más precisamente, lo que hay es una versión de cada uno sobre los demás junto con una “refluencia de los demás sobre cada uno” (p. 117). Hay pues una síntesis de diversidad y de continuidad al mismo tiempo que viene dada por la base específica del hombre. Esto implica que no puede entenderse la permanencia como fijeza, sino como algo en dinamismo, como es propio de toda la realidad según Zubiri. Pero además, y esto también aporta una base para el carácter histórico del hombre, es pertenecer a una especie tiene también un carácter prospectivo, de herencia de algo presente pero procedente del pasado. Por estar incluido en una especie se procede de y se procede a, en un dinamismo que tiene mucho de histórico que se repetirá en el nivel de la denominada realidad histórica. Este proceder de y proceder a está inscrito en los genes que marcan la simultaneidad y la procesualidad de la especie. Del mismo modo, “El tiempo de la historia (…) es así un tiempo biológico y tendrá todas las modulaciones que lleva consigo un proceso biológico. La unidad procesual de la especie, en la pluralidad de los individuos sucesivos, marca metafísicamente el carácter biológico de la historia” (pp. 121-122). Esto elude también cualquier interpretación de corte idealista de la historia, como espíritu, sentando las bases de la posibilidad de unidad y diversidad en la misma. “(…) lo que la especie tiene en sí misma de pluralizante, de continuante y de prospectante va hacer de la historia algo con un momento biológico básico, sin el cual no llegaría a haber historia y sin el cual la historia no sería como es” (p. 123). Hemos de insistir, llegados a este punto y una vez más, en que esto no quiere decir que la concepción de Ellacuría sea reduccionista, como una suerte de biologicismo que explica y reduce lo histórico a lo biológico. No es eso. Se trata de, recordemos, esa concepción de la realidad por la que unos niveles van produciendo otros que los integran pero que, al mismo tiempo, suponen un avance cualitativo. No hay separación total, pero tampoco fusión y reducción de un nivel a otro, como quedó fundamentado en el post anterior. “Si exageraban los autores que quieren ver la humanidad como una especie de organismo y la historia como una especie de evolución orgánica, también exageran quienes disminuyen la importancia que tiene lo biológico en la configuración de lo histórico” (p. 123).
Otra forma de estar presente lo biológico en lo histórico es en la combinación de determinismo y azar, que en cada nivel se da de una manera propia. Ellacuría trae a colación para estas consideraciones a Heisenberg y Monod, con quienes “discute” sobre sus teorías. Lo que resulta de esta revisión de teorías sobre el azar y la necesidad en el mundo natural es la ausencia, y esto hemos de destacarlo bien, en la concepción Ellacuriana o zubiriana de finalismo. La materia tiene sus regularidades y cauces que limitan y posibilitan (determinan) pero dejando un margen al azar. Se trata de un azar dentro de ciertos márgenes, no un azar absoluto, pero esto no implica que exista una suerte de ímpetu o dirección absoluta en la materia. Es el carácter innovador de la mismo, y lo que en ella hay también de repetición, lo que van marcando una pauta o evolución. “En definitiva, ante todo se da la necesidad y el azar se modula sobre la necesidad como fallo y error suyo, como accidente violento sufrido por ella. Pero, por otra parte, el azar alimenta la necesidad y la enriquece” (p. 131). Pero, sobre todo, en relación con la negación de todo finalismo, nótese bien que “La teleonomía sigue como resultado de esta necesidad-azar y, por tanto, a pesar de ser una propiedad esencial y diferenciativa del ser vivo, no debe ser tomada como principio de explicación. Es resultado y no principio” (p. 131). Tenemos, pues, repetición y novedad que van marcando un proceso evolutivo que, sin embargo, no prueba dirección ni finalismo alguno. Este proceso, aunque se repite en distintos niveles, como por ejemplo el de la física y el de la biología, ostentan una estructura diferente en cada uno de ello, por lo que el mismo proceso en la historia adquiere un carácter propio. “La historia, en efecto, presenta una dificultad mayor de previsión, incluso probabilística, precisamente porque tiene una estructura propia. Y, sin embargo, la presencia de lo físico y de lo biológico en ella hacen sospechar que no puede concebirse el reino de la historia como el reino de la libertad pura ni como el reino de la novedad sin precedentes” (p. 132). Esto es matizado más adelante: “(…) en la historia, incluso en lo que puede tener de libertad, no desaparece por completo la necesidad. Será un problema mostrar teóricamente en qué está la libertad y en qué está la necesidad de la historia y cómo pueden conciliarse, pero lo que aparece de libertad en la historia nunca podrá ser por aniquilación de lo que hay en ella de necesidad” (p. 139).