StatCounter







sábado, 6 de noviembre de 2010

La ilusión esteticista


Bourdieu aplica su análisis de la ilusión escolástica al campo de la estética, desenterrando la verdad social que subyace al universalismo estético, cuya expresión más pura formulara Kant. El juicio estético supuestamente desinteresado, desde el punto de vista sociológico de Bourdieu, no lo es. Su “desinterés” no es sino el olvido de las condiciones (sociales) de su surgimiento. Son básicamente dos estas condiciones: 1) La instauración de un campo artístico con relativa autonomía, como universo propio y terreno de juego liberado de las reglas de los campos económico y político, que funciona según leyes propias que se resumen en el ideal del arte sin más fin que el arte. 2) La formación de una disposición “pura” hacia un placer “puro”, meramente estético, que ha de facilitarse en especial por la educación familiar o escolar. Así, “(…) la propensión a buscar y experimentar un goce estético ante unos objetos consagrados como obras de arte por su exposición en esos espacios separados, sagrados y sacralizadotes que llamamos museos, y que son como la institucionalización desde el punto de vista constituyente (nómos) del campo artístico, nada tiene de natural ni de universal” (p. 101). De hecho, a esta disposición y actitud sólo pueden llegar algunos privilegiados, aunque se mantenga su potencial universalidad. Esta creencia en la universalidad pura deshistorizada del juicio estético ha sido mantenida tanto de un modo elitista como por el humanismo universalista que confiere a todos una cualidad abstracta que reposa en la mirada desenfocada de lo histórico que se vincula con ese mismo humanismo universalizante. Así, incluso en el esteticismo populista que concede al pueblo la potencialidad de ejercitar el sentido estético puro, en algunos movimientos políticos o culturales, se incurre en la contradicción de denunciar condiciones de existencia poco humanas pero aspirar a una suerte de estética pura propia del mundo escindido (¿Cabe aquí, me pregunto, incluir a Adorno?). Tampoco satisface a Bourdieu la reivindicación de una “cultura popular” que realza el lado “popular” de una división en la cultura y el arte que responde, en cualquiera de sus lados (popular o culto), a una sociedad escindida. Aquí tendríamos un fatalismo de lo popular que consagra una situación social dada de estratificación y desigualdad. “(…) se encierra a los desposeídos en su estado y se omite ofrecerles los medios reales para realizar sus posibilidades mutiladas: por otro lado, se imponen universalmente (como hace la institución escolar en la actualidad) unas mismas exigencias sin preocuparse por distribuir con idéntica universalidad los medios de satisfacerlas, lo que contribuye a legitimar la desigualdad, que, simplemente, se registra y se ratifica ejerciendo para colmo, y a partir de la escuela, la violencia simbólica asociada a los efectos de la desigualdad real dentro de la igualdad formal” (p. 104).