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viernes, 12 de noviembre de 2010

Más sobre el "habitus" y Bourdieu

Los agentes sociales ocupan siempre una posición en el espacio social definida por la acumulación de distintas especies de capital, la posición relativa y la distancia respecto a otros agentes sociales (llamada por Bourdieu “distinción”), el tiempo en cuanto generador de rentas materiales o simbólicas, localizaciones físicas (barrios, etc.) y extensión de las mismas (propiedades materiales, p. e.). Se produce además una illusio en el agente que percibe como normal lo arbitrario de su posición, debido al ajuste entre las condiciones sociales y su habitus. O sea, sus estructuras cognitivas son conformadas por la estructura del espacio social. Esto implica, continuando lo que dijimos en el post anterior, que para Bourdieu no hay un determinismo que anule la contribución del sujeto a la construcción del mundo, pero tampoco el subjetivismo idealista por el que el sujeto dispondría de una voluntad omnipotente. El habitus implica en realidad ambas casas: una constitución del agente social por sus condiciones sociales de existencia y, al mismo tiempo, un poder clasificatorio, unificador y elaborador de la realidad desde su cuerpo socializado (p. 181).
No obstante, la lectura escolástica que sigue la tradición platónica, tiende a considerar lo corporal, en lo que se inscriben los habitus, como un obstáculo para la comprensión. Así, el conocimiento no posee, en esta lectura, el componente práctico que Bourdieu señala. El sujeto es absolutamente creativo y seguiría una intención a partir de finalidades establecidas racionalmente. Es lo que en tiempos de la Ilustración y posteriores representaron las novelas de viajes, como, entiendo yo que de manera muy clara, lo vemos en Robinson Crusoe. La visión escolástica que tiende a lo reflexivo y al distanciamiento, se proyectó en las distintas concepciones del hombre o el sujeto y generó dos corrientes en apariencia contradictorias: el mecanicismo determinista y el finalismo de la libertad incondicionada. Contra ciertas teorías de la economía o la filosofía política liberal, el hombre no decide estratégica y racionalmente su acción, sino que, según Bourdieu, actúa por una inercia en gran parte inconsciente en la que interviene la disposición del sujeto y el mundo social que habita y lo determina (p. 183). Así, “(…) el agente no es nunca del todo el sujeto de sus prácticas: mediante las disposiciones y la creencia de que originan la implicación en el juego, todos los presupuestos constitutivos de la axiomática del campo (la dóxa epistémica, por ejemplo) se introducen incluso en las intenciones en apariencia más lúcidas” (p. 184). Así, el sentido práctico permite obrar “como es debido” sin la necesidad de un deber ser de tipo kantiano o regla de comportamiento. El agente actúa en un ajuste inconsciente con su campo, anticipando corporalmente las tendencias del campo y los comportamientos producto del habitus específico del mismo. Bourdieu emplea la metáfora de una orquesta, de la comunicación que se da en la misma gracias a una cierta sintonía entre todos sus miembros. Así, tampoco corresponde a la realidad descrita por el sociólogo francés la concepción marxista de ideología en lo que ésta pueda tener de universo de creencias e ideas que habitan la conciencia de un sujeto. No es necesario, por tanto, emplear la noción marxista de “falsa conciencia” para explicar el ajuste de los agentes sociales con su mundo. Así, afirma: “Aprendemos por el cuerpo. El orden social se inscribe en los cuerpos a través de esta confrontación permanente, más o menos dramática, pero que siempre otorga un lugar destacado a la afectividad y, más precisamente, a las transacciones afectivas con el entorno social” (p. 186). Esto es genialmente expresado, recuerda Bourdieu, por Kafka en su cuento “En la colonia penitenciaria”, en la que la norma social se graba mediante una máquina que araña la piel en el cuerpo de los hombres (p. 187). Así el agente social se siente en casa porque el mundo está dentro de él en la forma de habitus que produce prácticas y la sensación de un fatum (destino). Así, señala más adelante: “El cuerpo está en el mundo social, pero el mundo social está en el cuerpo (en forma de héxis y de eîdos). Las propias estructuras del mundo están presentes en las estructuras (o, mejor aún, en los esquemas cognitivos) que los agentes utilizan para comprenderlo” (pp. 199-200).
Pero también ocurren desajustes, en lugares límite del espacio social, que permiten la posición distanciada respecto a las creencias de un campo y sus jerarquías, así como disponen a la herejía. “Se observa así que a posiciones contradictorias, aptas para ejercer sobre sus ocupantes ‘dobles coerciones’ estructurales, corresponden a menudo habitus desgarrados, dados a la contradicción y la división contra sí mismos, generadora de sufrimiento” (p. 210). Esto ocurre cuando las disposiciones (habitus) no casan con el campo, lo que pone en evidencia la normatividad arbitraria que lo rige y que cuando no hay fricciones permanece invisible, como algo dado o normal. Una típica situación de este tipo es, por ejemplo, la del “nuevo rico”.