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viernes, 5 de noviembre de 2010

Una Ilustración de la Ilustración

 El habitus escolástico genera, según Bourdieu, una antropología que no es sino la relación social impensada de la  cual dicho habitus es la encarnación. Se trata de una antropología que es reflejo de la relación epistemológica de un sujeto consciente que conoce y piensa un mundo de cosas, producto de la modernidad cartesiana. Pero esta relación socio-epistemológica con el mundo ocurre, aunque no se reconozca, en un contexto de lectura y de scholé. Así, se interpreta como desde el lugar del lector una realidad cuya significación hay que ir captando o descifrando como algo puro, deshistorizado, en la forma de “obra completa” desgajada de su producción y contexto (como ocurre cuando se lee un libro). La lógica intemporalizante del lector se proyecta en el autor, que es visto correspondientemente como creador absoluto. “Se ignora así la lógica específica del proceso de invención, que, incluso en el caso de las investigaciones más formales, es siempre la aplicación de una disposición del sentido práctico que sólo se descubre y se comprende cuando se desvela a sí misma en la obra en la que se lleva a cabo” (p. 76). Para revelar este trasfondo social presente en el método científico y en la teoría hay que aplicar dicho método y teoría a la propia teoría, según Bourdieu. Se trata, creo, de estudiar científicamente al propio científico y a la comunidad científica. Lo propio de la mirada científica (sociología, antropología) es el situarse en una relación de exterioridad ante el juego (campo social) que observa. Y la experiencia de la alteridad ajena le lleva a olvidar su propia vinculación a una práctica (p. 77-78). Pero si se aplica a uno mismo la mirada ejercitada en ver las prácticas ajenas puede abordarse el campo escolástico en su carácter ritual y como algo que proyecta distorsiones en la realidad que es observada y estudiada. Se trata de la interferencia de un campo-juego con otro, lo que produce una no comprensión de la realidad observada por el etnólogo o el sociólogo, como cuando un extraño por su origen social humilde al mundo burocrático administrativo tiene que desenvolverse en el mismo. Ocurren errores interpretativos que no son sino interferencias. No se puede captar una lógica ajena desde la propia lógica, queriéndola proyectar en lo ajeno. “Lo que está en juego, (…), no es sólo el dominio de un lenguaje docto y, especialmente, de un vocabulario: es también la profunda transformación que exige imperativamente el hecho de cruzar la frontera escolástica. Transformación que, aunque ignorada por la reflexión epistemológica y metodológica, está presente, en mayor o menor grado, en la relación entre el investigador y el investigado” (pp. 82-83). Esto ocurre por ejemplo en muchas preguntas de formularios en investigaciones empíricas de ingenua lógica positivista que definen previamente desde el punto de vista del investigador la realidad que pretende descubrir (p. 83). Como si la lógica que rige la investigación científica hubiera de regir la práctica (social) estudiada (y no la razón práctica, hexis, que interviene realmente en las prácticas).  
La noción bourdieusiana de habitus apunta a esa razón práctica que interviene antes que, como nos hacen creer las proyecciones de la scholé y de su método científico, una razón consciente estratégica y calculadora. Efecto de esta razón estratégica es también una idea mecanicista de bola de billar que ignora que el pasado perdura activo en el presente mediante el habitus, o la idea de un funcionamiento de la psique en compartimentos, sin ser la unidad dinámica operante presupuesta también en la noción de habitus. Asimismo muchos tipos de universalismo pecan, también, de olvidar las condiciones (sociales) de toda universalización y teorización abstracta. Por eso, Bourdieu afirma: “Otorgar a todos, pero de manera meramente formal, la ‘humanidad’ significa excluir, con apariencias de humanismo, a todos aquellos que carecen de los medios para realizarla” (p. 90). Más adelante, se pregunta certeramente cómo ignorar que el mundo escolástico está plagado de intereses sociales, por ejemplo de dominio, que se proyectan en la propia actividad científica (p. 91). Este sangrante olvido de lo social es llevado a cabo, según Bourdieu, por Habermas, quien “somete las relaciones sociales a una doble reducción o, lo que viene a ser lo mismo, a una doble despolitización, que lleva, sin que lo parezca, a replegar la política al terreno de la ética: Habermas reduce las relaciones de fuerza políticas a relaciones de comunicación (…) (p. 91). Así, en la realidad del espacio público se obra según lo que Bourdieu califica de “ilusión epistemocéntrica” que ignora las condiciones de acceso a la esfera política, las discriminaciones previas, los factores limitantes para muchos, y que pretende lograr una suerte de relaciones intelectualizantes y basadas en la discusión racional a partir de intereses comunes, entre los hombres, reduciendo todo a una discusión de tipo ético racional abstracta. Como si un procedimiento racional argumentativo pudiera contrarrestar y superar los muchos factores que impiden, de hecho, el mismo. Los seres humanos no se ponen a pensar en actitud escolástica por las buenas, sino que en la racionalidad de hecho intervienen elementos de todo tipo (doxa epistémica, sentido práctico, habitus). No hay que olvidar que para que se logre proyectar en la vida pública este tipo de razón escolástica (habermasiana), resulta determinante el capital escolar, es decir, la relación con la escuela y el paso por ella, que va a variar en sus efectos, en función del origen social del niño (p. 93). Por ejemplo, “La ilusión intelectualista, propiamente escolástica, que sostiene el pensamiento y la acción políticos se ve acrecentada (…) por los efectos del culto y la cultura escolares de lo personal y la ‘persona’” (p. 95). Lo mismo ocurre con la ciencia económica que extrapola la disposición prospectiva y calculadora respecto al mundo a las personas, ignorando las condiciones sociales. También, detrás del pensador universal ilustrado existe un rechazo a reconocer las condiciones de acceso al pensamiento distinguido que le es propio.
En realidad, lo que Bourdieu viene a señalar es la necesidad de que el pensamiento y el que piensa (y el científico en general, claro) se conozcan a sí mismos, como insta el conocido lema délfico-socrático. Eso es lo que su sociología pretende y lo que aporta al mundo académico que produce ciencia y “pensamiento”, una suerte de toma de conciencia de la propia circunstancia cuya importancia es por el hecho de que esta circunstancia determina la mirada científica y se proyecta a lo que es estudiado. Se trata de una Ilustración de la Ilustración que revele las generalizaciones de particularidades que suele haber tras, por ejemplo, el universalismo y la “virtud”, pero lejos de que esto nos conduzca a una suerte de nihilismo o relativismo (posmodernos), Bourdieu insiste en que su tarea es buena, precisamente, para hacer mejor ciencia y para que lo universal sea realmente universal. Para lograr esto, Bourdieu emprendió, también, un conocido análisis de la institución escolar especializada en generar esta suerte de ilusiones acerca de lo universal no universal que ignora lo que tiene un origen social y que presenta el conocimiento deshistorizadamente (p. 99).