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viernes, 31 de diciembre de 2010

Entre analíticos y continentales.


He terminado de leer El conflicto entre continentales y analíticos de Luis Sáez, obra que resulta sumamente clarificadora a la hora de hacer un repaso comparativo de las dos tradiciones actuales en la filosofía: la continental y la analítica. Lo que el profesor Sáez pone de relieve, en su completísimo y pormenorizado estudio, es que entre ellas existe un hiato insalvable que se resume en dos maneras de abordar lo real. Para los analíticos, el mundo puede ser objeto de una descripción legaliforme y causal, pudiendo ser abordado por un conocimiento representativo que más o menos seguiría el modelo de las ciencias naturales. Es lo que él denomina una perspectiva horizontal en la que toda supuesta profundidad en el mundo es ignorada o rechazada como propia de la poesía o el arte, pero no de la filosofía. Esta tradición tiene como fundador a Frege y se ha desarrollado, desde Russel o Wittgenstein, como una respuesta al idealismo platonizante fregeano. Incluso en las versiones más similares a planteamientos continentales (a la hermenéutica o incluso a la reilustración habermasiana-apeliana) se mantiene este hiato, lo cual es detalladamente estudiado y expuesto por Luis Sáez. Cuando el analítico echa mano de lo que el continental llamaría un “mundo de la vida” (expresión husserliana), en las opciones más pragmatistas o contextualistas (juegos de lenguaje wittgensteinianos, por ejemplo, Austin, Searle, Dewey, etc.) o en la reciente “filosofía de la mente”, lejos del referencialismo del Tractatus, es mantenido el enfoque “representativista” que busca explicar el mundo mediante relaciones legaliformes y descripciones que reflejen “hechos” (descripciones “factuales” en la terminología empleada por Luis Sáez).
Por parte de la filosofía continental, se ha mantenido en cambio un enfoque heredado de la fenomenología de Husserl, consistente en considerar en el mundo una profundidad (sentido), a modo de raíces verticales, de la que emergerían, por ejemplo, los hechos. Es decir, previamente al tratamiento del mundo representativista propio de la filosofía analítica, habría una suerte de disposición (u opción) por un modo de abordaje o comprensión de lo real que puede ser representativista o no serlo. Aquí, aunque también arranca esta tradición corrigiendo el idealismo del maestro Husserl y desfondando, como dijimos, al sujeto idealista-cartesiano, se mantiene esta perspectiva por la que el pensamiento habría de abordar “fenómenos” (no “hechos”) que no se ciñen necesariamente a la explicación legaliforme y causal. Los fenómenos obedecerían, por un lado, al mundo objetual, pero también a la aportación de un sujeto constituyente. Serían ambas cosas, por lo que aunque desfondado, el elemento subjetual constituyente, de un modo u otro, es mantenido en toda la tradición continental con la importante salvedad del estructuralismo que disuelve, como es sabido, al sujeto en una red o sistema de signos.
Así, si la corriente analítica puede acusar de confusión lingüística, vaguedad y lenguaje poetizante a la tradición continental, ésta ve en la analítica una cierta cortedad en la mirada que cedería a la metáfora visual (según la cual el mundo es reflejado en un sujeto que se limita a contemplar y dar fe de lo que ve, pero que no ejerce una función constituyente en última instancia), la cual no es sino sólo uno de los modos posibles de abordar la realidad en su extrema complejidad. Para el analítico, lo que Husserl denomina “mundo de la vida” puede ser también abordado de manera “visual” o representativa, por lo que aunque se reconozca por parte de algunos autores analíticos y filósofos del lenguaje su importancia, no se considera como una suerte de origen abismal del conocimiento inaprensible para la razón objetivante propia de la ciencia que lo presupone, a juicio de los continentales.