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jueves, 9 de diciembre de 2010

La componente personal de la historia I


En la historia (cuya definición dejamos para más adelante siguiendo el orden del libro de Ellacuría) se da una componente social que ya hemos analizado en anteriores posts. Pero en el estudio de un último aspecto de lo social al que no nos hemos referido aún, como es la “conciencia social”, estudio que ocupa numerosas páginas de la obra que estamos comentando, sale a relucir un nuevo aspecto que habiendo sido localizado en los individuos, puede refluir hasta la historia. Recordemos que lo social es impersonal (alteridad en cuanto tal) y que este carácter impersonal ha de tener aquello que podamos denominar “conciencia social”. Pero en los individuos esta presencia de lo impersonal en la forma de conciencia se da junto con algo más que no es esa conciencia calcada de lo social. En la subjetividad de cada individuo comprobamos que hay más elementos que apuntan a una conciencia libre y no meramente determinada por lo social. Falta, pues, precisar ese otro elemento que llamaríamos lo personal.

Hay que abordar ahora qué entendemos exactamente por persona o, tal como lo formula Ellacuría en el título del capítulo tercero, qué entendemos por “la componente personal en la historia”. A este complicado asunto vamos a dedicar los próximos textos. En la sociedad y en la historia se realiza el individuo humano, pero el individuo humano es, también, persona. Así que para emprender esto, Ellacuría, y Zubiri, se dirigen al campo del individuo humano, en el que distinguir los elementos que en su trato con el mundo lo hacer ser “animal de realidades”, en la conocida definición zubiriana. El hombre se apropia del mundo en su carácter de realidad. Zubiri comprende al hombre como estructura y sistema de “notas de”, del mismo modo que comprende a toda la realidad. Desde esta visión hay una unidad dentro de distintos subsistemas que se relacionan como se relacionan los distintos niveles de la realidad. Por ejemplo, el subsistema psíquico que incluye el subsistema orgánico sin reducirse al mismo. Hay un dinamismo respectivo de todas las notas que nos componen, relacionándose todo con todo y componiendo una unidad. “En el caso del hombre, que es el aquí analizado, no puede darse lo psíquico sin lo orgánico, pero tampoco, puede darse lo orgánico sin lo psíquico” (p. 327). Del mismo modo, al decirse que el hombre es animal de realidades, quiere decirse que se da en él un trascender que no implica separación o negación de lo animal, sino un trascender en la animalidad a su propia realidad, como sistema abierto e inconcluso, frente a lo cerrado propio de los animales. El hombre se va haciendo en su enfrentamiento con las cosas, por el contrario que el resto de los animales, que constituyen sistemas cerrados, que simplemente se enfrentan con las cosas. Hay en esto, en el grado de apertura de cada individuo según el predominio de unas u otras notas, una variación, por lo que tampoco en esto está plenamente determinado el hombre. Lo que Ellacuría y Zubiri vienen a decir es, creo, que en el hombre ocupa un lugar importante y definitorio el hecho de estar abierto e inacabado, de tener que definirse mediante sus opciones y acciones. Esto no quiere decir que recaigamos en el idealismo o espiritualismo, pues todo el sistema se explica por unas notas, o sea, hay una materialidad que se ha configurado para esta apertura que llamamos “hombre”, en esta disposición abierta, podríamos decir. El hombre tiene que llenarse de realidad, tiene que “realizarse”, debido a su peculiar estructura material.
En el hombre se da una reacción ante las cosas en lo que éstas tienen de realidad, en su carácter de constituyentes de realidad, precisamente por su carácter abierto. Somos especialmente sensibles a lo real en cuanto real. Hay una elevación, en este sentido, por encima de lo meramente estimúlico. En el hombre queda claro para sí mismo su propio carácter de realidad, debido a su apertura, en lo cual  radica, según Zubiri-Ellacuría, la persona: “Por ello, la persona no es primariamente un Yo. Más profundo que ese carácter de oposición al objeto o de contradistinción comunicativa con otros sujetos o de reafirmación propia frente al todo de la realidad, está ese poseerse en propio formalmente en tanto que realidad” (p. 338). Es lo que puede llamarse “suidad”. La persona no es sustancia, sino sistema, estructura. La persona sería algo previo a la subjetualidad, y se constituye “en la aprehensión de la realidad propia como propia, en la apropiación metafísica de la propia realidad” (p. 340), que dará distintos modos de autoposesión (subjetividad, reflexividad, subjetualidad) descritos por Zubiri y que Ellacuría recoge en su exposición.