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domingo, 26 de diciembre de 2010

La mundanización del sentido


Las reacciones dentro de la tradición continental a la fenomenología de Husserl han ido en la línea de una “mundanización del sentido”, como señala el profesor Sáez. Esto significa un proceso de incardinación de la dimensión constituyente de sentido en la facticidad del “mundo de la vida” husserliano. Se profundiza en dicha dimensión para descubrir que el fondo sobre el que se sustenta la conciencia trascendental no lo es tanto, de manera que, como refiere Luis Sáez, se da un “desfondamiento del sujeto constituyente” que se disuelve en lo previo al movimiento pensante (cogito). Sin embargo, sí se mantiene en estas corrientes “posidealistas”, de un modo u otro, la fe en una dimensión dinámica de sentido, como elemento central, según hemos visto, ya existente en Husserl. En esto la tradición continental continúa la senda fenomenológica y diverge de lo que se denominará “metafísica de la presencia” (naturalismo positivista tal como lo describimos en el post anterior). El elemento del sentido lo encuentra Sáez incluso en la reilustración alemana (Apel, Habermas) y, como no-sentido, o como sentido agrietado, con fisuras, en el pensamiento de la diferencia (Derrida, Deleuze).En cualquier caso, sea para corregirlo mediante la imposición de una racionalidad de corte kantiano o para convulsionarlo desde dentro, el sentido se mundaniza, se des-subjetualiza, ubicándolo en lo previo al sujeto constituyente, aquello que constituye también al propio sujeto. Esto se verá con claridad, más que en estas corrientes, en la filosofía de la existencia y la hermenéutica, que exponemos a continuación.
Aunque Husserl se refiere, hemos visto, al campo del que procede el sentido como un espacio inobjetivable distinto al mundo de los objetos, una suerte de dimensión vertical y lugar de experiencia por lo que sólo puede ser objeto de vivencia, sus críticos posidealistas incidirán en que esto no se logra realmente. El movimiento husserliano de la epojé produce una autorreflexión en el Yo que, al modo de la autorreflexión cartesiana, cosifica a la propia conciencia, a la que se pretende mirar desde “fuera”, objetivamente. Al ser el sujeto espectador de sí mismo, contempla cartesianamente su mundo de la vida, como más allá de sí mismo, como un segundo Ego que cosifica al Ego trascendental. Esto (lo efectuado mediante la epojé) es un idealismo de la conciencia que llegaría a ser capaz de ser espectadora neutral de sí misma, de su propio movimiento al constituir los fenómenos a partir de lo empírico. El mundo de la vida podría ser así objeto de contemplación y de exposición, de análisis por parte de una instancia ajena e intocada por el mundo de la vida. Aunque Husserl en esto no incurra, desde luego, en psicologismo o positivismo, a los cuales criticó con contundencia, incurre en una forma de idealismo al pretender acceder limpiamente al mundo de la vida. Aquí sí hay una analogía con el modo positivista de acceso representativo al mundo como objeto de observación metódica por parte del sujeto. Se trata de un objetivismo del método que, aunque no renuncie a la comprensión del mundo como fenómeno de sentido, sí implica un objetivismo idealista, como pone de manifiesto Luis Sáez.
Así, la contestación al idealismo husserliano pretende “entender el ‘mundo de la vida’ como un espacio que no puede ser re-presentado, que no es accesible reflexivamente, precisamente porque antecede a cualquier operación metódico-reflexiva” (p. 70). Sigue habiendo un sujeto donde se constituye el sentido, pero en cuanto vida pre-reflexiva. Y el objeto de donde arranca el fenómeno ya no es elevado a esencia universal e invariable, como en la captación husserliana, sino que provoca un pluralismo imposible de reducir a unidad. “el objeto qua fenómeno es ahora un aparecer siempre contingente, comprendido a la luz de los contextos vitales en los que es experimentado” (p. 70). Esto es lo que en Ricoeur enfatiza rebajando el fenómeno a un plano inferior, en el mundo experimentado desde la finitud de una existencia concreta, dada en situación. Se trata ahora de un sujeto carnal en el que el cuerpo prefigura la captación fenomenológica, y que Sartre evidenció como una nada constituyente e inherente a la existencia concreta y al estar abocado a elegirse a uno mismo. En el caso de Ricoeur se trata de un subsuelo de símbolos que puede abordarse hermenéuticamente, con los que el hombre se autointerpreta y define precariamente. En Merleau-Ponty se tratará del movimiento intencional que Husserl ubicaba en la conciencia, pero ahora ubicado en la corporalidad, en el estar dirigido a una tarea pre-egológico que es propio del cuerpo y que determinará unas coordenadas de sentido.