StatCounter







sábado, 18 de diciembre de 2010

Lo social y lo personal no se excluyen.


He emprendido con sumo agrado que aumenta según “acumulo” páginas, la lectura del maestro de Ignacio Ellacuría. Como los lectores de este blog sabrán, me refiero a Xavier Zubiri, en concreto, a su texto fundamental Sobre la esencia, del que llevo leídas unas doscientas páginas, que son suficientes para atreverme a pronosticar que su influencia dentro y fuera de España irá en aumento pues se trata de un sistema filosófico (“materialismo abierto”) al que se le puede sacar muchísimo partido, altamente creativo y sugerente. Está por ver la discusión de este proyecto filosófico con toda la noble tradición filosófica de los autores “canónicos” y actuales, y que el propio Zubiri aborda en sus obras, como por otro lado debe ocurrir con cualquiera que haga filosofía. Así lo hizo también, crítica e inteligentemente, Ellacuría, quien al final de su obra Filosofía de la realidad histórica retorna al planteamiento básico, metafísico, de las primeras páginas de Sobre la esencia. Desde luego, en lo que llevo trabajado, he comprobado la fructífera relación dada entre ambos pensadores y cómo uno completa y ayuda a comprender al otro. Genial.
Pero volvamos a nuestra exposición pormenorizada de Filosofía de la realidad histórica. Estábamos en cómo lo social viene dado como realidad a los seres humanos, incluso en su individualidad. El individuo siempre será individuo, pero lo será socialmente. Esto es porque el ser humano siempre envuelve a los demás seres humanos, ya en un nivel personal, por la comunicabilidad. En esto el conocido dilema entre determinismo o libertad en la acción humana es resuelto como estructura dinámica en el sistema ellacuriano: “lo que la sociedad y la historia vayan a ser depende de la estructuración compleja de factores reales según leyes estructurales, aunque entre estos factores (…) tenga su puesto propio, su posición propia, lo que los hombres hacen y quieren hacer” (p. 387). La explicación de cómo sucede esto en la historia ocupará sobre todo las últimas cien páginas aproximadamente del libro de Ellacuría. Lo que ahora nos interesa destacar es que “Hay una comunalidad del ser en cuanto la afirmación absoluta de cada uno conlleva la afirmación absoluta de los demás en tanto que personas” (p. 387). Esto común se materializa en ese haber impersonal al que nos referimos en posts anteriores. Aunque este haber haya de ser nuevamente personalizado en su recepción individual por los seres humanos. Así, la realidad personal humana se muestra, también, como algo estructural y respectivo: “Soy personalmente en la apertura a los demás. No son dos cosas ser persona y tener físicamente un ser común con los otros, sino que tener un ser común con los otros pertenece a mi modo de ser persona, definida como apertura real a mi propia realidad, vertida desde sí misma a las otras personas” (p. 388). No hay oposición, por tanto, entre lo común y el Yo, como decíamos anteriormente. En el Yo lo que se da es una singularización de lo común, lo que ya se manifiesta, también decíamos, en el biológico pertenecer a una especie. Aun más, ambas cosas (lo común y la afirmación de uno mismo en la personalidad) se refuerzan mutuamente. Zubiri y Ellacuría hablan de lo social y lo individual como “momentos” de una misma cosa y que no se excluyen. De hecho, el Tú emerge como afirmación de los otros (de la alteridad) en la afirmación del Yo personal (p. 390). Pero esta alteridad puede ser únicamente vivida en su aspecto de mera alteridad, en su carácter impersonal, lo que explica las dinámicas de relaciones humanas de tipo impersonal, como una suerte de permanencia en lo común impersonal. Cuando esto ocurre, y debido a este carácter recíproco y estructural del Yo, el propio Yo resulta impersonalizado, empobrecido, a causa de la relación alienante impersonalizadora establecida con los demás. Creo que esto puede resultar inevitable en grandes sociedades como las nuestras, pero lo que sí resulta patológico o empobrecedor (llámeselo como queramos) es que toda relación humana se reduzca a esto, como en los sistemas burocráticos que tienden a dicha impersonalización (hoy día nos damos cuenta de esto en la universidad española más que nunca).
En el otro extremo, el de la afirmación de las otras personas como personas, la socialidad pasa a ser otra cosa cualitativamente: la comunidad. Insistamos en que personalización no equivale en absoluto a espiritualización, sino realización con los demás, o afirmación de la propia realidad como realidad a través de la afirmación de la realidad de los demás. “No puede darse la afirmación de sí sin la afirmación de los demás, que están dentro de mí como personas, pero sin confundirse conmigo, y que al ser afirmadas y reconocidas como tales reafirman mi propia realidad personal y mi propia ser absoluto” (p. 391).
Así, Ellacuría distingue la sociedad de la comunidad, lo que no implica que debamos convertir la sociedad en comunidad, pues la sociedad como lo impersonal debe existir y, eso sí, ser humanizadota, propiciar las dinámicas personales en su seno. Esta es una de las principales ideas a las que creo que nos conduce el libro de Ellacuría y que queda más clara al final del mismo. Ahora nos dice: “La sociedad es el suelo nutricio donde tienen sus raíces las personas; si este suelo no permite el apoyo debido y no ofrece los materiales adecuados, la realización personal no podrá ser sino raquítica y problemática” (p. 392). Sociedad y personas se hallan interrelacionadas y referidas una a la otra, aun siendo momentos o notas distintos de la humanidad (pp. 393-394).