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lunes, 6 de diciembre de 2010

Lo social como lo público

De lo dicho en post anteriores sobre la filosofía de Ignacio Ellacuría, ya se deduce que “Antes de tener vivencia de los otros, los otros han intervenido ya en mi vida” (p. 210). Hay una previa realidad de versión a los otros que antecede a toda vivencia de los otros. Como hemos visto, los otros nos constituyen y forman parte de nuestra materialidad en sus distintos niveles, aunque hasta ahora sólo hemos considerado con mayor fuerza el papel de lo biológico en este dinamismo de la versión a los otros. Uno acude al encuentro de los otros, desde la más remota infancia, pero al mismo tiempo son los otros los que acuden al encuentro de uno y entran en él. Para el bebé y el niño, de hecho, existe una imperiosa necesidad de buscar el socorro del otro. “Puede decirse, en consecuencia, que en su primario estar en la realidad, el animal de realidades se encuentra a sí mismo como realmente necesitado, pero necesitado de los demás; se encuentra a sí mismo como vertido indigentemente a los otros” (p. 211). El hombre está sentientemente vertido a los otros, desde sus propias estructuras biológicas, que le ubican en un desamparo primario, físico, que sólo más adelante puede adquirir características sublimes. Los otros van dejando su huella en lo que somos, haciéndonos semejantes a ellos. Así, la versión biológica a la especie, de la que hablábamos en post anteriores, es también versión a la madre. Precisemos que no es una mera cuestión de vivencias, sino de realidad, realidad que son los otros que hacen mi realidad, de manera que el niño se empieza a autoposeer en socorrencia, en un vínculo constituyente de sí mismo y previo incluso a toda desvinculación posterior o emergencia del individuo diferenciado. Así, el niño se encuentra a sí mismo, aunque suene paradójico, en la alteridad, en los otros. “(…) el niño empieza a realizarse como hombre desde los otros, descubre su propia humanidad en la humanidad de los otros, la cual se va introduciendo en lo que él va siendo” (p. 213). Es decir, lo humano no viene de dentro, sino que viene de fuera. El ámbito de lo humano se introduce en el niño a la par que se desarrollan sus estructuras morfológicas y su psiquismo “por la presencia de lo humano ajeno en lo que es él mismo, es lo que va abriendo al hombre en el ámbito de lo humano” (p. 214).
Es precisamente el ámbito de lo humano en cuanto algo a disposición de todos, algo público, lo que constituye la dimensión social del hombre. “Y es precisamente en este ámbito de lo humano, entendido como publicidad, físicamente introducido por los otros en la propia vida, donde van a ir apareciendo los otros, quienes, por lo pronto, aparecen como ofreciéndome las cosas o impidiendo que acceda a ellas” (p. 214). Es decir, lo público es lo social como presencia de los otros que aparecen y modelan nuestra vida. Esto es, desde luego, una forma primitiva de alteridad que no abarca a lo personal, a los otros en cuanto personas, sino a los otros solamente en cuanto factores que se insertan desde fuera en mi vida, la dirigen y configuran. Pero es cierto que la alteridad propiamente aparecerá, en su faceta personal, a partir de este ámbito de lo público. “La forma primaria de lo humano no es la alteridad, si por alteridad entendemos la presencia reconocida y reafirmada del otro hombre en tanto que otro hombre” (p. 215). Lo primero que se da es lo público, en lo que uno entra además de interiorizarlo y encarnarlo en la propia vida, físicamente, de manera que lo público determina nuestro carácter y forma de ser. De este modo, no hay contradicción entre lo público y lo privado, por lo que los mecanismo de privatización y diferenciación tajante de ambas esferas habría que estudiarlos aparte en su génesis psicológica e histórica.
En definitiva, estamos considerando que lo social es lo público como ámbito indiferenciado donde aparecen los otros como un haber humano compartido. A partir de este encuentro con los otros indiferenciados surgen las maneras más evolucionadas, diferenciadas y personales de relación con la alteridad (p. 217). Pero este carácter indiferenciado no quiere decir que sea algo abstracto o sublimado, sino que, en esto insiste mucho Ellacuría, es más bien algo real, de carácter real y físico, a lo que se reconoce cierta alteridad, pero aun no en la forma de propiedad de la propia alteridad que anunciará el surgimiento del otro en cuanto que otro. Esta realidad de los otros aparecerá a través del desarrollo del niño y de su contacto con lo humano en lo que irá diferenciando ese haber público indiferenciado de las personas concretas que interactúan con él. “Aquellas realidades que se van destacando del haber humano, que tienen entre sí un especial carácter de semejanza en sus respuestas, van siendo aprehendidas como humanas y distintas, pero como realmente humanas y distintas, como algo que tiene en propio su realidad humana” (p. 219). Así, los otros se entienden, en un segundo momento, y a partir del haber humano indiferenciado, en tanto que “otros como yo”, por semejanza con uno mismo. En un tercer momento se entenderán como “otros que yo, pero a los que estoy constitutivamente vertidos”. Son los otros que comienzan siendo el ingrediente de mi propia vida y que van como adquiriendo distintos matices y formas de realidad a la par que el voy creciendo. “Vertido a los demás desde su propia realidad específica [de especie], su vida es la actualización de esa versión real a los demás; su vida es así estricta convivencia. Es en esta convivencia donde se va a ir realizando su intrínseca socializad” (p. 220). Todo comienza, pues, con la versión específica a los demás y con la peculiar apertura sentiente del hombre.
Esta concepción que Ellacuría toma en su mayor parte o incluso totalidad de Zubiri implica, como alguien ya habrá imaginado, una contundente crítica al contractualismo racionalista de las teorías ilustradas sobre la sociedad. Éstas se basan en tres presupuestos erróneos, a juicio de Ellacuría y Zubiri: 1) Lo natural son los individuos; 2) El nexo que hace a la sociedad es una conexión entre individuos; 3) Esa unión entre los individuos es obra de la razón y la voluntad. La crítica a estos presupuestos es lo que desarrollaremos en el próximo post dedicado a la filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría.