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viernes, 10 de diciembre de 2010

Persona y gerundio


Según la concepción zubiriana que expone y asume el filósofo vasco salvadoreño Ignacio Ellacuría, “(…) como la realidad del hombre sólo es realidad realizándose, el ser del hombre sólo es siendo” (p. 345). Es decir, la persona en cuanto aquello que debe ir realizándose se identifica con el tiempo verbal gerundio, en cuanto es algo que está siendo, cuya esencia no es cerrada, como decíamos en el post anterior, sino abierta. Hay un dinamismo del ser en la realidad personal que, no lo olvidemos, se funda en una actividad psico-orgánica (frente a ontologistas de corte heideggeriano), o sea, de raigambre y naturaleza material. Tampoco debe verse el dinamismo del ser como algo aparte que se realizaría dialécticamente como producto de lo material, pues lo material acompaña constantemente todo “vuelo del ser”, por el hecho de ir parejo a la actividad concreta de la realidad humana y sólo entenderse desde ella y en ella (pp. 346-347). Hay en esto, como se verá con detenimiento al tratar el tema de la historia, una combinación de determinaciones (materiales) y libertad a la hora de optar entre lo que la historia y la “materia humana” posibilitan. No hay nunca un férreo cauce por el que necesariamente deba discurrir lo humano, que siempre será el dibujo de lo hecho, pero inacabado y necesitado de seguir haciéndose. Esto es, precisamente, la vida propiamente humana, la vida (bios-biográfica) de cada hombre concreto, este ir haciéndose en el juego de las posibilidades y en los límites recibidos. Este bios es así, o sea, transcurrente, por la estructura de zoé, la vida animal que subyace al bios y que en este sentido aporta su dinamismo estructural. Todo esto es, por supuesto, “estructura tempórea” a la que ha de acompañar siempre la irrealidad de un proyecto por hacer, por lo que en el hombre hay algo de estar sobre sí, frente a concepciones substancialistas de lo humano como algo que subyace. El hombre se crea posibilidades que se apropia y en este sentido va creando su realidad y eligiendo su figura, dentro, repitámoslo, de ciertos límites y a partir de lo heredado. Por eso, puntualiza Ellacuría que en lo que al hombre se refiere su libertad es “Libertad que es (…) libertad ‘de’ la naturaleza, pero ‘en’ y ‘desde’ la naturaleza como subtensión dinámica y, sobre todo, libertad ‘para’ ser lo que se quiere ser” (p. 350). Esto hace que el hombre sea una realidad moral, porque tiene que ir apropiándose sus propiedades. “En esta autodeterminación, el hombre tiene que apropiarse posibilidades de vida y de realización. En cuanto está inmersa en situaciones de las cuales ha de salir, la realidad humana está ‘sujeta a’ tener que resolver las situaciones por decisión. Por ello, el hombre es una realidad moral, porque tiene que hacerse a sí mismo, determinando físicamente lo que va a ser de él por apropiación, esto es, por un hacer propio lo que no le es dado naturalmente” (p. 350).Este hacerse es transcurrente y problemático. La figura que surge de todo ello, de este proceso propio de la persona, es lo que se suele llamar “personalidad”, que no es sino un cierto reflejo y huella de aquello a lo que estamos físicamente abocados. Pero tampoco debemos entender esta huella de lo sido como algo estático, pues todo presente y futuro refluyen sobre ella transformándola. Dice Ellacuría: “El mismo nunca es lo mismo”. La personalidad sería el ser sustantivo, pero un ser modificado por lo que se va optando y por la constante realización propia de la persona (su carácter de gerundio). “En la persona culmina el proceso evolutivo de la individualidad y de la sustantividad, que es el proceso mismo de la realidad intramundana. Desde lo meramente singular, pasando por la cuasi-individualidad animal hasta esa individualidad plena que es el hombre y que se despliega en individualidad, como la personeidad se despliega en personalidad”.