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lunes, 27 de diciembre de 2010

Ser y Dasein


Uno de los discípulos de Husserl más interesantes es, sin duda, Heidegger. En él, el mundo de la vida en el que el ente se presenta en su como (en cuanto fenómeno de sentido) es existencia finita y yecta. El Dasein es el sustituto heideggeriano del sujeto cartesiano, caracterizado ahora por su finitud y como agente de la vivencia. Es al ser de este sujeto al que Heidegger dirige su pregunta, cosa que no hizo Husserl y toda “filosofía de la conciencia” de índole cartesiana. No es un fundamento estable y firme, sino que, tal como lo presenta Heidegger, es un ser sin esencia determinada que resulta desconstruido por Heidegger. Este ser donde se da la vivencia se caracteriza básicamente por la interrogación acerca del sentido de propio ser y la entrega a un tener que hacerse. “existencia es proyecto de ser”. No hay para estas tareas ningún punto arquimédico a partir del cual determinarse, sino que se halla en un estado de yecto (arrojado). “Es actor en un escenario del cual él no es principio ni ‘telos’; ‘habita’, más bien, un mundo en el que se encuentra sumergido” (p. 72). Aunque se elige, no ha elegido estar sobre las posibilidades en que se encuentra y en sus elecciones no puede abandonar la condición finita en la que se halla situado. Es decir, pertenece, radicalmente, a una existencia mundana que la subjetividad no puede abarcar, indisponible para ella, y, sin embargo, “preñada de responsabilidad” (p. 73). A esto se refiere Heidegger con los términos de facticidad, estado de arrojamiento y Da-sein (ser-en-el-mundo; ser-ahí). El Dasein es cuestionamiento y pregunta por su ser, por el ser, y hace de su proyecto el elegir un modo de comprender el sentido del ser, de su ser y del ser de los entes. Así, el nervio fenomenológico-husserliano reaparece como perspectiva en que los entes son entendidos en cuanto mostrarse en el como de un modo de ser, pero ya no, a diferencia de Husserl, en una conciencia trascendental, sino en virtud de la estructura de la existencia del Dasein (“existenciarios”). Por eso, en Ser y Tiempo dedica el autor numerosas páginas a desgranar esta “analítica de la existencia” que no adopta la forma, desde luego, de una explicación, sino de una hermenéutica que pretende comprender fenómenos irrepresentables (hermenéutica del Dasein).
Luis Sáez resalta, llegado a este punto, “que la ontología fenomenológica queda conservada en estas inflexiones posidealistas, a la par que los polos de la constitución y de lo constituido se abisman en una instancia fáctico-existencial” (p. 74). En Heidegger la crítica husserliana a la filosofía representativa se dilata hacia una crítica a la filosofía del sujeto que se lleva más consecuentemente lejos que en Husserl, abandonando el idealismo de éste. El sujeto no puede reflexionar en torno a las coordenadas de sentido que impregnan su reflexión objetivante. Hay un mundo concreto y unas circunstancias que lo envuelven pero que, por eso mismo, resultan inabordables por el sujeto. A toda reflexión precede una pre-rreflexión inaprehensible. El mundo de la vida no puede ser presentado ni captado en un acto puro de noésis. El sujeto es fuente de lo posterior, pero no puede ser fuente de lo anterior al mismo. Esto es a lo que se refiere Luis Sáez como “desfondamiento del sujeto”. Este desfondamiento quiere decir que el sujeto ya no dispone de sí ni puede presentarse ante sí como ocurre en la filosofía reflexiva. El sujeto reposa en una pasividad que lo funda, silenciosa, de sentido, productiva, que antecede al orden objetivo y que, por tanto, resulta irreconstruible ni reductible a principios. Merleau-Ponty denomina a esto ser “sujeto sin fundamento”. Heidegger lo llama “apertura”, que es “existencia en la que son abiertas posibilidades de ser, modos de presentación del ente” (p. 75).
El Dasein no está reflexivamente en el mundo, sino que está ocupado por el mundo siendo en el mundo, habitándolo. Así, hay una inmersión hermenéutica en el mundo que contradice el modo reflexivo-representativo de estar en el mismo. Como expone Sáez: “existiendo, comprende el sentido del ser del ente en las coordenadas, no disponibles reflexivamente para él, de un mundo de sentido abierto en la facticidad de la vida temporal” (p. 76).       
Por otro lado, el desfondamiento del viejo Ego trascendental husserliano llevado a cabo por Heidegger, implica una ontología en términos de acontecimiento del sentido, y no ya de actos fundantes de un sujeto firme, sino de una eventualización de la ontología fenomenológica. La comprensión del mundo por parte del Dasein presupone una pre-comprensión previa, una apertura previa de horizontes diferente a la firmeza del Ego husserliano. La facticidad será siempre más rica que cualquier acotación que se intente hacer de la misma. El sentido se constituye desde un suelo indisponible para el sujeto, por ser el lugar donde habita e irreductible a su intencionalidad, ni psicológica ni trascendental. Por eso se dice que el sentido “acontece”. Ya no hay un origen universal, puro o ahistórico del sentido, sino que el sentido es contingente y varía en función de los contextos fácticos. Así, para Heidegger la verdad no es ya correspondencia estricta entre el juicio y una presunta realidad estable, sino que la verdad se abre como alethéia, se muestra, viene a presencia, se desvela. Este acontecer de la verdad, en especial tras la kehre, equivale a un acontecer del ser, que sustituye a la noción husserliana del fenómeno, siendo como éste de carácter dinámico, pero ahora es un movimiento de automostración del ser del ente. Este desvelamiento del ser ocurre desde el mundo de la vida fáctico-existencial, desde ese viejo fondo del sujeto (Dasein) ahora desfondado. Será la corriente hermenéutica, por tanto, la que en adelante se ocupe de este espacio de sentido desde el que se constituye lo real.