domingo, 12 de septiembre de 2010

Razón y prejuicios

 Desde la perspectiva iluminista, un discurso racional era el que expresaba un orden y conexión de las ideas idéntico al orden y la conexión entre las cosas. La ciencia, dada su  capacidad de prever y explicar los fenómenos físicos, parecía cumplir con tal requisito. La pregunta que se planteaba era, además, por qué es capaz la ciencia de eso, cuál era la explicación de la racionalidad del discurso científico. De esta pregunta surge la moderna epistemología, o discurso acerca del saber, que ocupara entre otros a Kant y a Frege, por ejemplo. Se trataba de justificar racionalmente la racionalidad de la ciencia, lo que ha quedado como una de las principales tareas de la filosofía. Pero al mismo tiempo, las perspectivas filosóficas más críticas con la modernidad, insistían en la desconexión entre el discurso racional o científico y el mundo con el que deberían corresponderse. Así, y siguiendo la exposición de esta perspectiva anti-moderna, tenemos también la corriente hermenéutica, para la cual nunca conocemos la cosa tal cual es fuera de los discursos que hablan de ella, o sea, manejamos las cosas como construcciones elaboradas por los discursos que se ocupan de ellas. Este es también el enfoque nietzscheano al que nos referíamos y que reconoce nada más que interpretaciones ligadas unas a otras y que componen nuestro mundo. Incluso en la Edad Media, Duns Scoto decía algo parecido. Y en la filosofía más reciente, es Rorty el que se ha hecho eco de esta sensibilidad. Es decir, la filosofía ha llegado a un tipo de nihilismo consistente en negar que haya algo fuera de las interpretaciones. Un nihilismo procedente de la muerte de Dios que a su vez ha supuesto la muerte del hombre.
Los hechos en sí mismos nada dicen. Nosotros nos valemos de interpretaciones en torno a los hechos, que permanecen tenazmente mudos. Pero si el apoyo en la realidad falla, y sólo ostentamos la seguridad de nuestras interpretaciones, entonces la filosofía (o la ciencia) pierden el límite que las separaba de la retórica o la poesía. Como expusimos a partir de El discurso filosófico de la modernidad, de Habermas, autores como Derrida  o Rorty leen un discurso filosófico como si fuera un texto literario (vimos, por cierto, cómo esto es impugnado por Habermas, aquí). Pero el denominado giro lingüístico de la filosofía parte de una certeza que puede suscribirse fácilmente: para definir algo, tenemos que partir de una cierta idea previa de ese algo. Pero esto conlleva, según Dardo Scavino, que “Pensar no tendría entonces sentido: o bien ya sabemos desde siempre lo que una cosa es, o bien no lo sabemos y no lo sabremos jamás” (p. 40). Precisamente, el mundo de la vida heideggeriano es el conjunto de preconcepciones, valoraciones, prejuicios, gustos, certezas, saberes (“pre-comprensiones”), que subyacen a toda supuesta objetividad o juicio sobre el mundo o verdades. Es esto lo que la corriente hermenéutica de Gadamer ha desarrollado, la idea de que la verdad como conformidad entre un enunciado y un estado de cosas (noción ilustrada de verdad) depende de ese entramado subyacente, de la apertura de todo lenguaje al mundo de la vida, del que procede y se nutre. En Verdad y Método, el logos es la racionalidad compartida que existe en la lengua natural de una comunidad, propia de cada comunidad, con lo que se introduce un elemento relativista (p. 42). Por eso, Vattimo habla de un “pensamiento débil”, es decir, el pensamiento que ha perdido los fundamentos fuertes que fueron Dios o la conciencia, que garantizaban la perfecta adecuación entre los enunciados y los estados de cosas (pp. 42-43). En la hermenéutica, esta correspondencia es subordinada a algo previo en lo que se habita, a una pre-interpretación o presupuestos en los que se apoya la vida y la comunicación en una comunidad humana. Desde esta perspectiva, “La verdad, o el enunciado ‘válido’, es la correspondencia entre una proposición y una pre-interpretación más originaria del hecho” (p. 43). Pero con agudeza, Dardo Scavino concluye en torno a esto que “Habría que preguntarse entonces si la verdad no se confunde con lo verídico o lo verosímil, y si esta conformidad con las pre-interpretaciones comunitarias no nos proporciona una visión demasiado conformista de la verdad, demasiado acorde, como hubiera dicho Leibniz, con los ‘sentimientos establecidos’” (43).
Lo que viene a destacar la hermenéutica es la finitud humana, en cuanto somos, según ella, incapaces de sustraernos a nuestra cultura, historia, comunidad, para ver las cosas con pura objetividad (a-cultural y a-históricamente). Así, el dogma moderno de la autonomía del sujeto que juzga cae por los suelos, anteponiéndose al mismo el marco sobre todo lingüístico en que se ubica, como algo inseparable del mismo. Contra la autonomía del sujeto que se da sus propias normas de pensamiento o comportamiento, “El sujeto está sometido al nomos –norma, hábito o costumbre- del otro, es decir, del logos (44). Así, ya no hay un solo mundo, sino tantos mundos como tradiciones (Gadamer), en las que los muertos hablan por boca de los vivos (respecto a las limitaciones de esta idea en Gadamer, desde la perspectiva de Benjamin, leer aquí). El iluminismo, sin embargo, pecaría de la desmesura de un hombre ilimitado, que por eso mismo puede ocupar el lugar de Dios, como ocurre en la modernidad (giro antropocéntrico). Desde esta corriente hermenéutica, la metafísica se basa en un prejuicio, que es el de la posibilidad de un saber sin prejuicios (un contacto in-finito con las cosas) (48). Los prejuicios no sólo no son obstáculos para el encuentro con la verdad, sino que son su condición (se llegaría a la verdad a partir de prejuicios, a una verdad ciertamente débil y relativa). Por eso, investigar la verdad es acudir a su origen en el lenguaje (Heidegger). Esta ruptura postmoderna por la que los juicios o las interpretaciones están siempre “antes” que las cosas o las posibilitan, implica la caída del viejo ideal de ciencia y racionalidad, lo que a su vez conlleva la sustitución de la metafísica por la experiencia artística y la poesía (Nietzsche, Heidegger, Derrida).  Pensar sería, en este sentido, igual a poetizar.