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jueves, 6 de enero de 2011

Crítica de Zubiri a Husserl


Para Husserl, afirma Zubiri, los hechos pertenecen a lo contingente, así que lo esencial, que el alemán entiende como lo sometido a una necesidad absoluta, no puede fundarse en lo fáctico, sino ser independiente de ello. El objeto sobre el que se fundan las leyes esenciales (no contingentes) son las esencias. Las esencias tienen un ser absoluto y son término de un saber absoluto. Para que pueda haber un saber absoluto, en consecuencia, tiene que darse como aprehensión de esencias, como algo que requiere precisamente eliminar el impacto de lo fáctico (epojé), atendiendo estrictamente a la unión del objeto y la conciencia, que se dan en mutua correspondencia. Lo aprehendido tiene un origen externo a la conciencia pero no puede darse fuera de ella. La conciencia se caracteriza por la intencionalidad, lo cual es su estar volcada hacia los objetos percibidos, el ser conciencia-de. Así, se origina en la conciencia que se dirige al objeto empírico un sentido que es como un nuevo objeto al modo de eidos y que es lo que verdaderamente se conoce. Éste segundo objeto sería, propiamente, la esencia. En todo ello, la conciencia sería el propio acto en sí de dar sentido y lo que salva de su contingencia a lo empírico tornándolo en saber absoluto y tornando al hecho en esencia. “La esencia es, pues, unidad eidética de sentido” (p. 26), diferente de la realidad. “Esencia y realidad son dos orbes distintos y separados” (p. 26). Y además, la esencia funda la realidad, y no al revés, como ocurriría con una priorización del hecho y de lo fáctico similar al enfoque representacionista del mundo y del conocimiento que veíamos propio, según enfatiza el libro de Luis Sáez, de la filosofía analítica. Del mismo modo, recordemos, en este libro se unifica toda la tradición continental (menos el estructuralismo) como heredera de la fenomenología.

Así pues, conocer es captar esencias que son lo único absoluto en cuanto a su ser, y que posibilita lo real. “En definitiva, la esencia sería para Husserl una unidad eidética de sentido, y como tal reposaría sobre sí misma en un orbe de ser absoluto, distinto, independiente y separado del orbe de la realidad de hecho” (p. 27). Pero esto es drásticamente rechazado por Zubiri, a partir de la crítica a la contraposición implícita en Husserl entre saber absoluto y saber empírico, la cual sobre todo obedecería a un sometimiento de la realidad al modo de saber de ella. El sujeto que aprehende las esencias y el modo concreto del aprehender en esencias constituye un modo de saber que no debe confundirse con un modo de ser de la realidad. Zubiri pone el origen en las cosas, en la realidad, frente a la prevalencia de la conciencia en Husserl. Así se puede lograr, a juicio del filósofo vasco, un pensar esencial, pero jamás la esencia de las cosas.

Pero además, Zubiri no reconoce algo así como la conciencia, de índole cartesiana, de la que afirma que carece de todo ser sustantivo (p. 28). “Conciencia no es sino un carácter o propiedad que poseen algunos –no todos- de los actos que el hombre ejecuta; hay actos conscientes, pero no hay ‘conciencia’. Por esto el problema radical no está en el momento de la conciencia, sino en la índole ‘física’ de aquellos actos” (pp. 28-29). Pero aun aceptando algo así como la conciencia de tipo husserliano-cartesiano, Zubiri afirma la necesidad de no confundir su funcionamiento intencional (ser intención de) y el acto de la aprehensión del mundo. “La conciencia no consiste formalmente en ‘ser-intención-de’, sino en ser ‘actualización’ de su objeto” (p. 29). Así, para Zubiri el objeto existe antes del acto y ha de depositarse su ser en dicho estado previo de realidad. En la conciencia, el objeto sólo se actualiza, no se constituye, presuponiéndose su realidad y consistencia ontológica exterior a la conciencia. Es ahí donde Zubiri se va a situar como filósofo, en una apuesta que podemos calificar de realista. “En su virtud, el ser objeto intencional de la conciencia no sólo no excluye el ser realidad –lo cual es obvio-, sino que además ‘consiste’ en remitir formalmente a lo que el objeto es independientemente de la conciencia y de su sentido” (p. 29). Hay una remisión física al objeto que no se agota en la consideración de éste como mero sentido. Por eso, la esencia, para Zubiri, no es mero sentido. “Ser sentido es, en la esencia, un carácter que ésta posee tan sólo para el momento intencional de la conciencia, pero no el carácter en que la esencia consiste formalmente” (p. 29). La esencia es poseída por las cosas, es algo físico, real, y no un sentido al que remiten las cosas en la conciencia del sujeto. Esto ya nos conduce, también frente a Husserl, a un estatuto fuerte ontológico del mundo de las cosas y de las cosas mismas al que puede asociársele una necesidad esencial y no la mera contingencia que lo fáctico ostenta en Husserl. “(…) la realidad de hecho y la esencia no se contraponen en la forma que Husserl pretende. En la medida en que la esencia está realizada ‘en’ la cosa, es ‘de’ ella. Toda esencia es, por su propio ser, esencia ‘de’ la cosa, un momento de ella. El ‘de’ pertenece a la estructura formal de la esencia misma. La esencia es forzosamente ‘esencia-de’; no es esencia a secas como Husserl pretende. En su virtud, en primer lugar, la esencia no es algo independiente de la realidad de hecho” (pp. 30-31). Tampoco es como un eidos platónico o polo hacia el que se dirige la cosa, sino que está realizada en ella. Además, “La esencia no es ente, sino sólo momento del ente único que es la cosa real. Por tanto, la esencia no reposa sobre sí misma; reposa sobre la cosa real (…)” (p. 32). Así pues, frente a Husserl, la esencia estaría, precisamente, en lo fáctico y no sería como un algo ideal, absoluto o inmutable. Según Zubiri, esencialidad y facticidad no son dos universos aparte, sino dos momentos de una misma cosa: la realidad. Lo que Husserl ha hecho, según él, es descoyuntar la realidad dotando a esos momentos de consistencia propia y contraponiéndolos, lo que, a juicio de Zubiri, le ha hecho perder por tanto para siempre la realidad (p. 32).