sábado, 1 de enero de 2011

El desfondamiento del sujeto en la hermenéutica


La corriente hermenéutica en la filosofía contemporánea se caracteriza por enarbolar una idea de la comprensión que más allá de simple método (Dilthey) constituye un modo de ser del sujeto que tiene lugar como algo ubicado en una interpretación parcial dentro de ciertos límites históricos y culturales. Es decir, el comprender siempre se da en el tiempo (historia). El sentido o ser se da inmerso en un mundo de la vida, idea ya prefigurada en Heidegger, que ahora es una sucesión de interpretaciones, reinterpretaciones y símbolos. Esto puede entenderse como una eventualización histórica del mundo de la vida husserliano dentro de la dinámica de mundanización del sentido a la que aludíamos en post anteriores. “El ser de lo real se explicita ahora como sentido en devenir histórico” (p. 80). O sea, el ser se da en un flujo de mundos de sentido del que resulta un desfondamiento del antiguo sujeto cartesiano-husserliano. Además, la verdad aparece ahora como, en lo más básico y previamente al saber de tipo representativo, un proceso en el que hay una pre-comprensión de la tradición que condiciona la comprensión del presente y que se ve, a su vez, reinterpretada (círculo hermenéutico). Se trata de un subsuelo de prejuicios del que, contra la concepción ilustrada, es necesario partir para toda búsqueda y hallazgo de verdades (Gadamer). Como afirma Luis Sáez: “El agente de tal experiencia, pre-juicio que es base de todo juicio reflexivo, es un nosotros cuyo diálogo no es asimilable, por contingente, a ningún Logos eterno y cuya vida prerreflexiva funda los productos del Cogito” (p. 81). Lo que a esto añade el otro gran hermeneuta, P. Ricoeur, es la idea de que este proceso de comprensión interpretativa se da como producto de un sujeto que busca autocomprenderse. Pero esta autocomprensión se realiza mediante mediaciones simbólicas, es decir, símbolos que se suceden y reconfiguran, creados por el existente en la historia. Esto elimina, también, que el conocimiento por excelencia haya de ser del tipo reflexivo-lógico-explicativo. Así, la hermenéutica de los símbolos emprendida por Ricoeur es una hermenéutica, en realidad, del yo-soy, el cual, contra la visión cartesiana, no es representable en operaciones metódicas de la conciencia. Bajo los símbolos no hay un mundo objetivo, universal y fijo, sino que se trata en todo momento de un subsuelo siempre cambiante y distinto, fluido, proteico, dependiente de una comprensión específica que el intérprete proyecta. Pero esto no implica que no existan límites a la hora de interpretar, sino que el proceso interpretativo se da por parte de su sujeto pero a partir siempre del inmanente interpretandum, que llega a ser como una heraclítea “cosa misma” que configura a aquello que la configura.
Así pues, el sentido que obra en la fenomenología emerge ahora de la historia y no de una actividad teorética de un sujeto trascendental. Se produce, por tanto, el señalado desfondamiento del sujeto husserliano, pero el método fenomenológico continúa vigente, como indica Luis Sáez, en cuanto se sigue dando una epojé entendida como abandono de la ingenua actitud natural-explicativa para poner al descubierto el sentido que constituye al objeto de análisis. “Bajo la ‘actitud natural’, los entes aparecen como facticidades en un plexo de referencias objetivable designativamente o de modo legaliforme. En la epojé este tipo de ‘existencia objetiva’ es puesta entre paréntesis, de modo que el ente aparece en el como de un modo de ser, es decir, en cuanto sentido que se muestra” (p. 83).      

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