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miércoles, 5 de enero de 2011

Hacia una concepción materialista

Con altas expectativas e ilusión he emprendido la lectura sistemática de Zubiri, concretamente, de uno de sus libros principales que en su momento completaré con la famosa trilogía sobre la inteligencia. El libro que ahora me ocupa es Sobre la esencia, en su nueva edición. Zubiri forma parte de la opción “materialista” que uno puede adoptar en las cuestiones filosóficas y que se nos antoja plena de implicaciones (políticas, históricas, pedagógicas) como demuestra el libro de su más cercano discípulo Ignacio Ellacuría. De hecho, a la luz de ambos y con el eco de mis recientes lecturas de Pierre Bourdieu, estoy también leyendo, de manera paralela, un texto de Heidegger al que dedicaré sus respectivos posts más adelante. Así, sin que ahora piense demostrar esto a fondo, en Heidegger percibo un evidente proceso de “desmaterialización” del hombre, al que considera como, más básicamente, Dasein, y contrario a todo humanismo. Además, la animadversión heideggeriana contra la ciencia colabora no poco a que su planteamiento tienda a lo que, no sé si adecuadamente, denominaría como un cierto “espiritualismo”. He detectado, como en Jaspers, un fuerte componente gnóstico que se identifica como un gran hilo conductor a lo largo del pensamiento (filosófico y teológico) occidental y que, como he señalado otras veces, consiste en una espiritualización que niega de uno u otro modo lo material en el hombre (llámese historia, biología, sociedad, etc.). Es desde aquí que algunos, como Bourdieu, han interpretado a Heidegger, en su pathos de intelectual.
Más adelante desarrollaré, según vaya leyendo todavía más a todos estos autores, la idea de que la pregunta por el Ser no puede emprenderse saliéndose de la historia y de la sociedad, sino dentro, hasta las cejas, de ella (aunque esto es reconocido y desarrollado también por Heidegger a su manera). Sé que aquí hay muchísimo que matizar y que Heidegger es un duro oponente, pero ya la reciente lectura de la evolución de la propia tradición de la mundanización del sentido podría ir hacia esa línea, aunque, veíamos, permanezca el hiato con la tradición del conocimiento representativo propia de la filosofía analítica. Se trataría de estudiar qué resulta convincente y salvable en la tradición fenomenológica continental para que podamos retornar a esta pregunta por el Ser y a las viejas cuestiones metafísicas o incluso antropológicas con mayor soltura.
Respecto a la pedagogía, hay evidentes implicaciones de toda esta discusión. En realidad, cualquier docente ha tomado partido en ella sin saberlo, que diría Heidegger, cuya concepción de la Paideia no es, por cierto, equivalente a la educación, proceso (el de conversión de la Paideia griega en educación) en el que él encuentra una degeneración que incide en el olvido del Ser al que tanto se refiere.