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sábado, 22 de enero de 2011

¿Por qué el conocimiento pedagógico necesita posicionarse con los oprimidos?

 Terminábamos el anterior post asumiendo que la Filosofía de la Educación debe adoptar un posicionamiento concreto a favor de lo que denominábamos “emancipación”, ideal que decíamos heredar, sin reparos, de cierta Modernidad ilustrada. Pero soy consciente de que esto puede malinterpretarse, en el sentido de que la opción por un posicionamiento de corte ético previo podría ser tachada, en la medida en que es fundamento previo a la investigación y a sus resultados, de irracionalista. No obstante, esto, si analizamos la filosofía de Zubiri y Ellacuría, así como los planteamientos de la primera generación de la Escuela de Frankfurt con los que se conecta fácilmente la Filosofía de la Liberación latinoamericana, tiene una respuesta que elude la acusación de irracionalismo a la hora de la toma de partido filosófica en la Filosofía de la Educación. Desde la perspectiva de Benjamin y Adorno, sobre todo, hemos estudiado esto en un artículo recientemente publicado en la Revista de Educación del MEC, que puede consultarse aquí. Lo que ahí se resalta, recogido por cierto también por la pedagogía freiriana, puede enriquecerse con una concepción realista de tipo zubiriano tal como la interpreta su discípulo Ignacio Ellacuría. Es este planteamiento filosófico, que pone el acento en la cosa y en la realidad primero, para pasar a su captación intelectiva-sentiente en un segundo momento, el que da la clave para dotar de fundamento racional la toma de partido por la emancipación y por la parte de la humanidad que sufre la “grieta” de que hablábamos.
En el orden del pensamiento, pues, primero iría la realidad, una realidad que, precisamente por ser previa a su intelección, no se define aristotélicamente en función de sustancias, sino de notas y sistema-estructura de notas (Zubiri). Así, será el orden de realidad propio del ser humano, la praxis histórica, donde se irán dando las cuestiones, problemas y situaciones que den lugar a la reflexión teórica (Ellacuría). Inteligir dicha realidad propiamente humana (la historia), ha de hacerse en respuesta a lo que sucede en la praxis, de manera que Zubiri y Ellacuría nos dan también la pista para superar la escisión entre teoría y praxis, entre pensamiento y realidad, propia de los distintos tipos de idealismo existentes en la filosofía y en la pedagogía o filosofía de la educación. Una filosofía de la educación que siga esta pista no sufrirá el desdoblamiento propio de un pensar que intenta ser apriorístico antecediendo a la realidad, que iría de la idea a la realidad. Esta situación que podemos denominar “idealista” es propia de una sociedad que se halla desdoblada entre sus ideales y su configuración estructural real. Esto es la fractura que denominábamos la “grieta” que ha de señalarse. Pero este señalar la grieta, que decía tiene su punto de partida en una opción ética, no es sólo el requerimiento ético o compasivo que puede emanar de la constatación de que dos tercios de la humanidad sufren a causa de una estructura cuyos “ideales” afirman otra cosa, sino que es un requerimiento epistemológico. Así, que un filósofo de la educación o, en general, toda la institución universitaria, mire a esta grieta en el corazón de la humanidad, es una condición para que se capte verdaderamente la realidad que es objeto de estudio por parte de la filosofía y de la universidad. Hay que estar, como decía Ellacuría, en el lugar adecuado para obtener un mayor acercamiento a la verdad.
Si partimos, desde nuestra perspectiva realista y materialista, de que el pensamiento va después de la realidad y las cosas, de manera que todo intento de invertir esta dirección epistemológica implicaría una falsa visión del mundo, toda ciencia y toda filosofía ha de situarse en dicha realidad que es lo previo. Es en ella donde se capta la verdad, entendiendo por verdad, la configuración real de las estructuras sociales-históricas. Se trata de ver, más allá del espejismo de las ideas defendidas por una sociedad, su previa realidad estructural (¿Hay condiciones efectivas de realización de los tan cacareados valores de la libertad, por ejemplo, o la igualdad?). Y esta realidad, se nos muestra a la primera ocasión que nos detengamos en analizarla fracturada de sus ideales (y aún más grave, también separada de lo que Ellacuría llamaba “altura de los tiempos”, es decir, de lo que la realidad histórica puede dar de sí pero que no hace efectivo, como sería el disfrute de la tecnología por parte de toda la humanidad hambrienta que debería no pasar hambre si atendemos al grado de desarrollo tecnológico actual). Es el constatar los efectos negativos para una mayoría de los seres humanos (más de dos tercios de la humanidad) que malviven cuando podrían vivir dignamente al modo retratado por la declaración de Derechos Humanos (piénsese en el caso de la vivienda en España, por ejemplo), lo que puede abrirnos epistemológicamente los ojos acerca de lo que hay, acerca de nuestra determinante configuración estructural socio-histórica actual. Así, situarnos como opción en dicha porción mayoritaria de seres humanos sufrientes es requerido por el conocimiento y la captación filosófica de lo real. No es una sola opción motivada por la compasión, sino que es una opción intelectual. Aunque, si de nuevo seguimos a Zubiri, tenemos que el optar ético es ya parte de la inteligencia de la realidad, con lo que la compasión también puede ser sabia.
Es situados en el lugar de los oprimidos, desde donde la fractura o grieta entre los ideales y la realidad puede atisbarse con mayor nitidez. Así, la miseria de nuestro mundo, su autoengaño, su falsedad, su irracionalidad, pueden aspirar a corregirse con esta mirada compasivo-racional desde la perspectiva del oprimido que tiene en cuenta la realidad existente y que piensa a partir de ella y sus dinamismos. Sobra decir, como siempre subrayamos al exponer estos planteamientos, que en la pedagogía resulta paradigmático en este sentido Paulo Freire, pero también muchos otros enfoques y autores actuales que desarrollan una filosofía de la educación y un pensamiento pedagógico del modo que estamos propugnando y describiendo.