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domingo, 2 de enero de 2011

Reilustración alemana y Logos


La problemática del sentido a la que nos hemos referido en los últimos posts está, en el fondo, asociada a la Modernidad, como, según Luis Sáez, ya se evidencia en el giro copernicano kantiano, consistente, como es sabido, en la idea de que podemos comprender lo que construimos. Lo real, pues, orbita en torno del sujeto y se muestra de un modo concreto a éste, aunque en Kant el conocimiento acaba adquiriendo la forma de juicios que recomponen un orden legal en la experiencia. Así, el recurso kantiano a la explicación parece situarlo lejos de una historización de la razón que sí será llevada a cabo por las corrientes filosóficas continentales posidealistas. Este triunfo final de la explicación frente a la constitución de sentido caracterizará, desde luego, a la filosofía kantiana. Se trata de un Logos, el kantiano, en el que acaba venciendo la forma de juicio que se adecua y corresponde con lo real, por mucho que en Kant se apunte, como hemos dicho, a un algo previo puesto por el sujeto constituyente. Será esto previo, el sentido dado en una y por una subjetualidad constituyente, lo que será enfatizado por las críticas a la tendencia explicativa propia finalmente del racionalismo kantiano.
En el caso de la reilustración alemana, en principio desaparece una apertura de sentido previa al acto de conocer y supuestamente “inserta en un acontecer indisponible para el sujeto de la reflexión” (p. 85), en pro de la dimensión teórico-judicativa de la razón. Hay un Logos irrebasable, al que no puede cuestionarse so pena de incurrir en contradicción performativa, que es el que se halla implícito en el lenguaje, en el discurso que intenta dar razón de algo. Esto es situado por encima de cualquier pretensión a-racional o previa procedente de formas de vida y del contexto. Así, para Habermas o Apel este Logos será el señalado por un procedimiento que rige la confrontación dialógica de pareceres, que habrán de justificarse para adquirir validez y aceptación universal. No se trata de una racionalidad de los contenidos (de los mundos de la vida) sino de un procedimiento que se eleva sobre ellos para arbitrar el consenso. En realidad, esto es algo que cualquier hablante que pretenda llegar a un acuerdo implícitamente asume. Si no, no habría manera de establecer acuerdos ni consensos. Así, será la praxis comunicativa la que establece el Logos. Este Logos no es algo puesto por las categorías de un sujeto, sino que es lo que necesariamente integra y ordena el mundo de la vida para que sea posible la comunicación e incluso la común aprehensión de objetos. Es una legalidad “exterior” universal que ha de imponerse, en el contexto de la comunicación y del conocimiento, a lo “interior” de los hablantes (sentido o forma en que se muestra o acontece el Ser para el sujeto). Pero el hecho de que el Logos aparezca en contextos lingüísticos comunicativos lo asocia o centra en lo intramundano: “Se trata, –como señala Habermas- de un Logos intramundano o de una razón centrada que habita la ‘espesura del mundo de la vida’” (p. 86).
Así que hay por una parte un punto de conexión con el movimiento fenomenológico-hermenéutico, en cuanto a lo centrado de la razón en un mundo de la vida y en una praxis, pero finalmente, como ocurre en Kant, hay una apuesta por el modelo judicativo explicativo de conocimiento “externo”. Es conveniente llegados a este punto que citemos por extenso cómo especifica esto el profesor Sáez: “En realidad, en la comprensión intersubjetiva tiene lugar la mediación de dos procesos: uno de ‘apertura’ o ‘constitución del sentido’; otro de ‘justificación de la validez’. Todo acuerdo reposa sobre precomprensiones ya efectuadas en la comunidad histórica. Ahora bien, está sujeto, por otro lado, a una continua puesta en cuestión y, en esa medida, a una renovación que sólo puede seguir –si es racional- el cauce de una justificación argumentativa” (p. 87). Esta renovación de índole racional habrá de echar mano de un ideal contrafáctico que sin constituir contenido utópico alguno (es decir, de modo distinto a como obraría una utopía), vaya tirando de la realidad. Se trata de una dinámica de progreso regulada por la idea de una situación ideal de habla (Habermas) o de una comunidad ideal de comunicación (Apel). Esto tiene una importante implicación, que consiste en un carácter “externo” del Logos, como algo incluso potencialmente opuesto a lo fáctico. Es decir, hay una estructura paradójica en la comprensión humana del mundo, en la que facticidad e idealidad se confrontan. Esto da un carácter no cerrado a este progreso cuyos acuerdos son siempre finitos y revisables, lo que se aleja de concepciones mucho más fuertes de lo racional y lo que, por tanto y a juicio de Luis Sáez, sí se acerca a la mundanización del sentido propia de gran parte de la filosofía continental. Esta mundanización del sentido (des-abstracción, anti-idealismo) va pareja a la parcialidad inherente a toda comprensión del mundo. Se trata ya, por muy universal que pretenda ser, de una razón “manchada” por el mundo.