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miércoles, 2 de febrero de 2011

El marxismo como instrumento de análisis: la violencia estructural.


¿Tiene sentido hoy día estudiar a los autores marxistas? Creo que sí. Bien es cierto que no resulta ni moral ni intelectualmente aceptable pensar en términos marxistas sin tener en cuenta el sonado fracaso del denominado socialismo real y, sobre todo, el totalitarismo, inhumanidad y falta de libertad de un régimen que degeneró en una casta de mandatarios ejerciendo una tiranía cuyo fin era ella misma. Confieso que a duras penas soportaría el clima de control intelectual y político de la Rusia estalinista suponiendo que lograra sobrevivir. Lo sé bien y nunca pretendería una vuelta a algo semejante. También sé que me gustaría seguir teniendo las condiciones materiales para realizarme y que el hambre no me dejaría hacerlo. Pero volviendo a la pregunta acerca de si merece la pena estudiar o incluso asumir elementos extraídos del marxismo, sí creo que a pesar de lo dicho puede admitirse la existencia de elementos provechosos en el modo de análisis y crítica social y económica del marxismo. Quizás la tarea sea repensar a fondo el marxismo, actualizarlo y rectificar algunos elementos. Es decir, no creo que sea necesario hacer una enmienda a la totalidad de algo que si es asumido críticamente y sin dogmatismos puede ser útil como instrumento de análisis social, económico y político. Quizás esos marxistas marginales, que fueron exiliados o silenciados en el momento de esplendor del socialismo real, sí tengan bastante que aportar hoy en día.
Pero todavía más, analizar nuestro mundo desde elementos propios del marxismo puede también entenderse como una apremiante necesidad si constatamos el colosal fracaso de un sistema económico y político cuyos efectos en el mundo son devastadores. 4/5 de la humanidad se muere de hambre, la vida se ha convertido para muchos en una mera supervivencia, en los países del Tercer Mundo, y para la gran mayoría de la población en los países del Primer Mundo, también vivir es, paradójicamente, una tarea ingrata, incierta, llena de ansiedad, dura, hostil, que requiere cada vez más sacrificios de otras esferas de la vida… Una familia normal en España, hoy día no puede disponer de vivienda en condiciones dignas y además los padres deben dedicar tanto tiempo a su trabajo para pagar hipotecas o bienes imprescindibles que no tienen tiempo de educar a sus hijos y gozar de ellos. Esto, sangrantemente, en un mundo en el que la tecnología podría asegurar el bienestar para todos. Al mismo tiempo, la brecha social, en España, se hace cada vez mayor. Hace unos días el presidente del gobierno Zapatero esgrimía con orgullo el argumento falaz de que teníamos un PIB superior, en un año reciente, al de Alemania. Pero callaba que precisamente ese clamoroso dato, si es cierto, está expresando que, ante la cruda evidencia de que los españolitos de a pie cada vez vivimos peor y con más dificultades, hay unos poquísimos que, en medio de la crisis, hacen cada vez más dinero. Eso es lo que quiere decir esa subida del PIB de la que alardea Zapatero. O sea: aumenta la producción y la riqueza, pero disminuye la capacidad adquisitiva de casi toda la población española menos esa privilegiada minoría de banqueros, herederos de grandes fortunas y grandes empresarios gracias a los cuales sube el PIB que sólo ellos detentan y disfrutan. Justo la minoría que clama por reducir salarios y aumentar la jornada laboral. Estamos asistiendo en España al final de los viejos logros sociales: sanidad pública, pensiones, indemnizaciones por despidos, final de la paga para los parados y volvemos a ser país de emigrantes (ahora Alemania invita a titulados españoles a que vayan a trabajar para ellos). Sin embargo, recordando los regímenes terribles de falta de libertad del comunismo alguien puede pensar que, por lo menos, tenemos libertad.
Precisamente, al análisis marxista vale para descubrir la falacia que hay detrás de esta creencia. Tampoco nosotros tenemos libertad. Concretamente, la concepción materialista que relaciona las creencias con la estructura económica-social, que entiende la consciencia como un reflejo de los dinamismos estructurales, resulta de probada eficacia a la hora de hacer lo que todo análisis filosófico hace desde siempre: sospechar. Sospechar de los limpios cielos que aun en su cristalina nitidez nublan la consciencia y la ciegan. Se trata del conocimiento de que lo que ocurre en el ámbito de las ideas puede responder a una falsa visión de lo que ocurre en la realidad, de que la realidad de las ideas sea tapar la realidad de la que proceden. Creo que el pensamiento y lo que en términos genéricos podemos denominar “consciencia” funciona así. Hay una visión del mundo que se impone porque se repite y reproduce de mil maneras: investigaciones pagadas por entidades privadas o públicas interesadas en perpetuarse o aumentar la producción, por ejemplo. Aquí vemos cómo una estructura social, su cristalización en una gran empresa o gobierno burgués, genera, desde razones económicas y de pura supervivencia, desde la inercia que la mantiene en movimiento, su esfera particular de ideas y de conocimiento a su servicio. Habría que estudiar cómo la estructura funciona así, cosa que ha hecho con sabiduría científica el sociólogo Bourdieu, con un planteamiento mucho más amplio y flexible que el clásico mecanicismo causal marxista. Bourdieu nos acerca mejor al carácter estructural de la sociedad. De todos modos, la idea marxista de que se produce un conocimiento que refleja, como en un espejo, su lugar de procedencia, nos sirve de clave para emprender nuestras indagaciones críticas en los campos más variados: arte, religión, educación, etc. Aquí es donde una concepción marxista puede ayudar a bucear en las apariencias. Desde esta clave, podemos retornar, y dejando por ahora a Bourdieu en el margen, al enfoque marxista. Concretamente, acudo a Lukacs, a quien intento leer críticamente también y sin dogmatismos, por lo cual, precisamente, debo darle la razón donde honestamente creo que la tiene.
Dice Lukacs: “La separación conceptual tajante y mecánica entre violencia y economía se debe pura y simplemente a que la apariencia fetichista de pura objetividad de las relaciones económicas disimula su carácter de relaciones entre hombres y las transforma en una segunda naturaleza que rodearía al hombre con leyes fatales, y también se debe al hecho de que la forma jurídica –también fetichista- de la violencia organizada oculta su presencia latente, potencial, en y detrás de toda relación económica: distinciones como la que se establece entre derecho y violencia, entre orden y subversión, entre poder violencia legal y violencia ilegal, ocultan el fundamento violento común de todas las instituciones de las sociedades de clases” (p. 187). Aquí, la clave la da el fetichismo por el que una estructura o sistema dentro de la mayor estructura en que consiste la sociedad es capaz de autonomizarse en la consciencia de los hombres, de manera que parezca impermeabilizarse, en la consciencia, de la violencia. Es decir, la violencia va quedando marginada a un campo, donde interesa estructuralmente su visibilidad, para que al mismo tiempo deje de visualizarse en la esfera económica. Así, se da la paradoja de que una persona pacífica y de nobles intenciones sea capaz de no ver la violencia que significa aprovecharse del hambre heredada por un niño para, saltándose el propio discurso de los Derechos Humanos, ser capaz de contribuir a la explotación infantil en el Tercer Mundo (en la consciencia de dicho sujeto podría aparecer la idea, consecuente con la fetichización de la economía en el capitalismo, de que se le está dando trabajo a un niño que de otro modo se moriría de hambre). Sin embargo, este ciudadano bienpensante puede esgrimir el discurso de los Derechos Humanos para justificar la libertad de circulación de capitales o el dumping social (que una empresa se mude a donde las condiciones laborales son peores para aumentar su beneficio). Así, lo que el análisis de la fría razón halla como violencia en la economía, no aparece como tal en la consciencia falsa e ideológica de nuestro bienpensante ciudadano que escinde economía y moralidad.
Los Derechos Humanos, encomiables en cuanto ideales abstractos, se convierten en el mundo capitalista en un modo de legitimar aquello que paradójicamente atenta contra los propios Derechos Humanos, de modo que se esgriman para invadir países con la aviesa finalidad verdadera de robar su petróleo. O tenemos la reciente firma de acuerdos económicos con China (ejemplo de que la economía no entiende de moralidad en el mundo capitalista), o los pactos con tiranos como el dictador de Guinea Ecuatorial para obtener petróleo. El marxismo sirve aquí para visualizar la violencia estructural que es precisada por nuestra economía capitalista, una violencia que como acertadamente señala Lukacs, se encuentra ya no en la opresión procedente de una naturaleza hostil que impone al hombre sus duras condiciones y límites, sino en el propio hombre. En el capitalismo, y en esto sigue siendo válido el marxismo como concientización (correcta percepción, mediante un método de análisis adecuado, de la verdad tras los hechos fetichizados en los que se queda atrapada la mirada miope de la burguesía), la violencia es del hombre contra el hombre, y me refiero a la violencia que genera pobreza y escasez de medios de subsistencia. En otras economías (un marxista diría otros “modos de producción”) la pobreza era causada por los cataclismos naturales principalmente: enfermedades, sequías, plagas, inundaciones, etc. Hoy, la pobreza del hombre es causada por el propio hombre. En esto consiste, precisamente, la maldad de nuestro mundo, su pecado original o estructural. En él se puede ser malo sin conciencia de ello, o mejor dicho, se puede hacer el mal sin ser malo. Para descubrir esta amarga verdad sigue siendo válido un análisis que maneje algunos conceptos y claves marxistas. Sobre todo, y para relacionar esto con los posts que en los últimos días hemos subido, la concepción materialista compartida por el marxismo que entiende la consciencia como un constructo ideológico a partir de una estructura social-económica. De todos modos, habrá que estudiar si es posible cierto grado de autonomización en la consciencia, yo creo que sí.
Además, continúa Lukacs, cuando la estructura adquiere su dinamismo inercial, automático, deja de requerir violencia física (represión, fuerza bruta) para su funcionamiento, con lo que la violencia que sigue ahí presente va dejando de ser tan visible. Es una violencia, si todo está bien engrasado, cuya forma de matar son pobreza, epidemias, paro, infancias destrozadas, desastres ecológicos, generados por una industria farmacéutica o alimentaria que cree no hacer el mal, cuya conciencia (falsa) es que sólo busca un beneficio económico en términos moralmente neutros, pero que de hecho mata. Algo así como cuando metemos dinero en una cuenta bancaria de un banco que ha desahuciado a miles de familias sin condonarles la deuda, lo que actualmente ocurre masivamente en España y que la consciencia estadounidense sí ve, al menos su sistema jurídico, como delito, por lo que en las leyes de EEUU está prohibido que un banco que se queda tu casa hipotecada pueda seguir reclamándote la deuda. Esta injusticia, repito, sí ocurre en España al amparo de la ley y del gobierno.
El mal, continúa el análisis marxista de Lukacs, adquiere en el capitalismo el carácter de fatalidad, de destino trágico, de ley de bronce irremisible. Se da una naturalización de lo que es en realidad social. Hacerse consciente de ello no es posible si permanecemos atrapados en la terminología de la economía política (economía clásica, liberal, capitalista, burguesa). Su discurso atrapa eficazmente a la realidad y le da consistencia de naturaleza, casi mineral. En ella, de hecho, el hombre es reducido a animal o a mineral, para lo cual se establecen cálculos que presuponen la cosificación de los hombres. Ver en esta maniobra intelectual una reducción del hombre a bestia de carga es mérito, también, de una mirada desde presupuestos marxistas. Se podría acusar a algunos economistas de los que actualmente hablan de flexibilizar el mercado laboral de estar pretendiendo, en su manera de estudiar la economía, que la realidad se ajuste a modelos matemáticos, y no al revés como debería hacerse cuando uno plantea un modelo matemático para captar la realidad. Quizás harían bien en aprender de otros economistas una cierta humildad intelectual y una consideración de tipo cualitativo como alternativa para los análisis económicos. Esto se lo he escuchado decir a un prestigioso economista el pasado verano en El Salvador.
No obstante, hemos dicho al principio que también hay que ser crítico con el marxismo. Así que, aplicándonos el cuento, y como esto ya se ha extendido demasiado, en un próximo post abordaremos esta necesidad de no dogmatizar el método de análisis marxista y su cosmovisión. Es decir, debemos honestamente explicitar las deficiencias que también ostenta el marxismo y para ello, continuar nuestro diálogo con otras corrientes (posmodernidad, filosofía de la liberación dusseliana o ellacuriana, etc.). Se puede achacar al marxismo también el ostentar un modelo de análisis cerrado, con verdades sustantivadas, que habría, en efecto, que airear. Como principal punto de partida tendríamos la vieja cuestión que ya nos trae a colación el Lukacs de Historia y consciencia de clase de la relación entre la infraestructura económica en un sentido de mayor o menor determinismo respecto a la superestructura ideológica. Cierto marxismo descree del combate en el mundo de las ideas, a lo cual tacha de contribuir a la dicotomía burguesa entre la teoría y la praxis, pero pienso que es un tema que habría que estudiar muy a fondo, aunque mantengamos ciertamente precaución en relación con lo que nos advierte el marxismo de la desconexión del ámbito de la praxis. Pero me gustaría pensar que todos seguimos esta regla de honestidad intelectual y nos aplicamos la autocrítica que demanda toda búsqueda de conocimiento. También quienes mezclan economía con naturaleza.