StatCounter







domingo, 6 de febrero de 2011

La escuela ¿sueño o realidad?

La crítica a la escuela emprendida por varias perspectivas que van desde el marxismo hasta las teorías de la desescolarización (Iván Illich) parten de un fenómeno que ha acompañado a la escuela desde el período ilustrado. Todos los intentos de o bien suprimirla o bien rectificar algunos aspectos (Escuela Nueva, Dewey, etc.), como metodologías didácticas nuevas o nuevos órganos de gobierno (consejo escolar) corroboran la importancia de este fenómeno que como una patología endémica y crónica acompaña a la escuela ilustrada nacida con la aspiración explícita de cultivar al pueblo. Es algo que siempre me ha sorprendido y en lo que he intuido un necesario ámbito de reflexión para estudiosos de la educación y que sólo tras varios años de lecturas y observación puedo aspirar a comprender en sus detalles y fundamentos más ocultos. Se trata este fenómeno de la escisión de lo escolar en relación con el resto de lugares y campos sociales, su inconfesada e inconsciente colaboración con el status quo al tiempo que puede permitirse de viva voz discursos, leyes y pedagogías que hablan como de otro mundo. Así, en la escuela se vive y manifiesta con suma claridad la miseria de nuestro mundo que es la miseria de lo que en otro post hace casi un año denominaba hybris pedagógica de la mano de Bernfeld. La soledad e impotencia de la escuela para conseguir lo que pretende se debe entender de modo paralelo con la soledad e impotencia de una filosofía y una teoría educativa tan escindidas del mundo como la propia institución a la que sirven. En el aislamiento y el fracaso de la escuela se constata, una vez más, el fracaso del proyecto idealista consistente en la transformación del mundo a golpe de leyes, bellos discursos y educación.

La educación ya de por sí puede evocar un ámbito de tintes espiritualizantes en muchas personas que no hace sino recalcar el distanciamiento de aquello de donde procede toda teoría pedagógica (la realidad). Así, la educación se eleva y en sus elementos conscientes (recordemos la falsedad de gran parte de los fenómenos conscientes, según Freud) se alza como una tarea omnipotente, casi como la de un Dios que crea mundo desde la nada. La educación, de hecho, es campo abonado para que crezcan pseudodioses y pseudoprofetas, como actualmente tanto sufrimos en España. La tentación de tener la transformación del mundo a golpe de voz y decreto, de diseñar el mundo en un despacho, es demasiado grande para quienes fuera de la escuela viven el mundo como una fatalidad; quienes en absoluto están verdaderamente interesados en cambiarlo. Ésa es la raíz de nuestro mal: querer cambiar el mundo en un despacho. Profetas de despacho, pues, que sirven a la fatalidad de una estructura inercial sobre la que sueñan elevarse. Así, en la escuela, se finge partir de cero y se desarrolla el ritual de un hipotético nuevo y supuestamente apolítico comienzo de la humanidad. Esta aspiración ha sido concretada por antiguos proyectos utopistas (Fourier, Tolstoi) que, como Summerhill en la actualidad, y a pesar de la inclusión de elementos materiales en la praxis educativa desarrollada en la escuela que fundara A. S. Neill, no deja de ser un experimento aislado, una suerte de burbuja dentro de la cual revive la Arcadia quizás en un remedo inconsciente del prurito rousseauniano idealista de dividir lo natural y lo social. Ante una sociedad fea, contraria a la felicidad del hombre (la sociedad del mercado), la opción rousseauniana es buscar dicha felicidad en un ámbito de lo humano escindido de la cultura y la sociedad, como si las meras facultades del hombre ya por sí mismas garantizaran su bondad moral. Este fue el consuelo rousseauniano que era otro de los clásicos utopismos con los que el alma desconsolada se consuela, pero también escapa del mundo. Summerhill y su bienintencionado utopismo (que a pesar de todo, como saben mis alumnos, siempre he admirado por lo que tiene de momento de verdad, de lucidez crítica) no es más que la exageración de la tendencia del mundo moderno a desdoblarse y… a no cambiar. Así, la inercia de nuestro mundo que por un lado está férreamente estructurado para seguir como es pero por otro lado ha inventado el sucedáneo de una interioridad en la que realizar los afanes frustrados, se ve en Summerhill, pero también, dolorosamente, en la escuela convencional. La escuela, por mucho que incluya y promueva la educación física o las artes, la danza y el teatro, por ejemplo, nace hija de una mutilación y siempre estará mutilada, producto de una violencia por la que el hombre se arranca la posibilidad de transformar realmente el mundo y vivir mejor.

Quizás, me recordaba un amigo este verano en El Salvador, como pregunta formulada al planteamiento de Iván Illich, si también Illich pecaba de este utopismo, o al menos, mi pretensión personal de hablar de Illich igualmente en todas partes. Tenía razón. Illich viene después de la escuela. Porque para impugnar la escuela hay que pasar por la escuela, porque precisamente la corrupción que originó a la escuela es percibida en la misma escuela que nos abre los ojos. En la escuela uno siente que por más que piense, trabaje, interaccione con otras personas, el mundo seguirá igual. Esta es la cruda enseñanza del sistema escolar. Por eso, tras algunos siglos desde que existiera como mera imaginación en algunos soñadores ilustrados y revolucionarios burgueses, se puede decir que ha fracasado. En la escuela no sólo no se concilia el mundo, sino que se divide aun más. La escuela atomiza a los hombres (Illich) y naturaliza lo social (Bourdieu). No sólo no nos enseña a hacernos con el mundo, sino que se aprende que el mundo (social) pesa sobre el hombre como una losa. Así, la ingenuidad ilustrada de que el mundo se podía transformar educando a los hombres mostró ser falsa en el momento que se quiso hacer esto escolarmente. La escuela es la institucionalización de un sueño. Quizás el error estuviera previamente en la idea de educación que se materializó en la escuela, una idea que nacía con el pecado original de no ser más que eso, una simple idea volátil como el mismo éter. Los sueños ilustrados se realizaban en ese éter mientras se hacía una revolución consistente en dar la vuelta a una tortilla que seguía siendo la misma tortilla, o el mismo perro con distinto collar. La clave es aquí comprender bien esa tortilla. Es cierto que no es lo mismo un dominio que otro, y que al dominio feudal sucede el dominio burgués que es en el que estamos. Pero como ya señalara Marx en el Manifiesto Comunista, el burgués se quedó a medias, pues sólo supo realizar la felicidad en sus ensoñaciones.

En la escuela, para ser precisos, habría que distinguir todo el aparato del dominio moderno, de la razón instrumental, de las redes del poder de muchos matices (fuerza proteica donde las haya). Mi hipótesis es que dicho dominio encarnado en espacios y formalidades no desaparecerá nunca. Es algo endémico al sistema escolar y toda corrección lo fortalece. Contrastar esto con los discursos, el escandaloso contraste entre dichos discursos y la realidad del dominio omnipresente en la escuela (y la universidad) causaría risa si no fuera algo tan grave en lo que nos jugamos tanto. Tenemos en cada colegio reproducido el mismo dualismo gnostizante entre un mundo terrible para cosificar y producir mercancías y un universo de limpios valores sacrosantos de la igualdad, la democracia y la libertad. Se permite una realidad sucia y horrible porque al mismo tiempo se permite la imaginación (mera imaginación) de un mundo mejor. Es en este universo etéreo de valores abstractos e ideas platónicas en las que nuestro mundo se realiza falsamente. La verdad de la escuela es ésta desdoblada en ámbito de pensamiento y cultura, por una parte, y en cuanto ámbito de relaciones humanas de dominio. Así, la escuela forma parte de un mundo escindido entre ideales y realidad que la produjo y, podemos lanzar la hipótesis que antes han lanzado las muchas críticas a la escuela a las que me refería en el comienzo de este post: que sirve a la perpetuación de dicho mundo. Mientras haya escuela se justificará la corrupción. Por eso, la escuela por mucho que trate de cambiarse es siempre intelectualista a costa de reprimir la carne o, si escapa a este dinamismo, cae en lo contrario, en el horror de una carne cosificada y el mundo de la guerra de todos contra todos (justo la actual situación en muchos institutos de ESO). Cuando aparece el mundo en ella es para generar violencia, bullying, malostratos, etc. Son las dos alternativas entre las que oscila, cándida e ingenuamente, aislada como átomo en un mundo atomizado, la escuela. En ella mueren los sueños burgueses perdiéndose en el cielo o estrellándose contra el suelo. Mientras haya escuela, habrá políticos, ricos y pobres, y banqueros. La escuela siempre será, en este sentido, real en su irrealidad. Nos cabe sin embargo la esperanza de que a veces sus sueños se tornen pesadillas al emerger en la realidad.