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domingo, 13 de febrero de 2011

Lukacs, mercancía y conciencia.


Para Lukacs resulta clave el análisis del “enigma de la estructura de la mercancía” (p. 7). Es dicho enigma el que, lejos de constituir una parcela del universo social, está presente en todo el universo social, como problema estructural central que trasciende lo meramente económico. Apunta la mercancía tanto a las relaciones objetivas entre los hombres como a sus correspondientes formas de subjetividad. Respecto a la esencia de la estructura de la mercancía escribe el filósofo húngaro: “se basa en que una relación entre personas cobra el carácter de una sociedad y, de este modo, una ‘objetividad fantasmal’ que con sus leyes propias rígidas, aparentemente conclusas del todo y racionales, esconde toda huella de su naturaleza esencial, el ser una relación entre hombres” (p. 8). Esto presupone, lógicamente, el análisis económico de Marx. Lo destacable de Lukacs es cómo describe y relaciona con la economía capitalista muchos fenómenos de la conciencia, una conciencia oprimida que al no mantener el movimiento dialéctico de la realidad y limitarse al reflejo aparencial de la misma, no puede explicar el carácter fetichista de la mercancía y sólo puede pensar superficialmente. Es decir, la mercancía y el tráfico de mercancías influyen en la vida interna de las personas.

Para salir del hechizo de la mercancía, el pensamiento debería superar su forma cuantitativista de proceder y adquirir una forma cualitativa capaz de captar los matices y los contenidos de la realidad, en lugar de su abstracción numérica. Es en el modo de producción capitalista cuando la mercancía invade todas las esferas del hombre y la sociedad, en mucho mayor grado que en épocas anteriores (p. 9). Esto produce lo que describe Lukacs de este modo: “(…) el hombre se enfrenta con su propia actividad, con su propio trabajo, como con algo objetivo, independiente de él, como con algo que lo domina a él mismo por obra de leyes ajenas a lo humano. Y eso ocurre tanto desde el punto de vista objetivo cuanto desde el subjetivo. Ocurre objetivamente en el sentido de que surge un mundo de cosas y de relaciones cósicas cristalizado (el mundo de las mercancías y de su movimiento en el mercado), cuyas leyes, aunque paulatinamente van siendo conocidas por los hombres, se les contraponen siempre como poderes invencibles, autónomos en su actuación” (p. 11). La clave de esta cosificación generalizada es, según Marx, cuando es la fuerza de trabajo la que se convierte también en mercancía, lo que ocurre específicamente en el modo de producción capitalista. Sobre las consecuencias de esto, incide Lukacs: “La universalidad de la forma mercancía condiciona, pues, tanto subjetiva cuanto objetivamente, una abstracción del trabajo humano, el cual se hace cosa en las mercancías” (p. 12). El trabajo se hace algo abstracto, es decir, algo medible en cantidades equiparables, comparables. Se descompone y fragmenta en operaciones abstractamente racionales que desvincula al trabajador del todo de su producto y lo reduce a una función mecánicamente repetida. Se impone la calculabilidad del esfuerzo humano y la especialización que descompone la conexión con un resultado final completo del producto del trabajo, el cual se aleja del hombre que ha intervenido en su producción. Sobre esto, señala algo muy de notar el filósofo marxista: “(…) esa descomposición del objeto de la producción significa al mismo tiempo y necesariamente el desgarro de su sujeto. A consecuencia de la racionalización del proceso del trabajo, las propiedades y las peculiaridades humanas del trabajador se presentan cada vez más como meras fuentes de error respecto del funcionamiento racional y previamente calculado de esas leyes parciales abstractas. Ni objetivamente ni en su comportamiento respecto del proceso del trabajo aparece ya el hombre como verdadero portador de éste, sino que queda inserto, como parte mecanizada, en un sistema mecánico con el que se encuentra como con algo ya completo y que funciona con plena independencia de él, y a cuyas leyes tiene que someterse sin voluntad” (pp. 14-15). Esta formalización cuantitativa del hombre tiene su paralelo en el tiempo, que pierde también su carácter cualitativo (mutable, fluyente) y cristaliza en unidades homogéneas acumulables, como cosas. Es una sustantivación del tiempo que implica, si relacionamos esto con la consideración de Ellacuría y Zubiri sobre el tiempo, una reducción del tiempo al nivel de realidad material más básico que podría relacionarse con una reducción de lo humano (vida, sociedad y realidad histórica) a mineral. Ambas filosofías, zubiriana y marxista, coinciden en señalar esta reducción de lo humano cuando se impone en la sociedad un funcionamiento calcado del legalismo mecanicista del mundo natural. Para el marxismo, el trabajo no cosificador tiene como misión “humanizar” a la naturaleza, digerirla para hacerla asimilable para el hombre. En el caso de la filosofía de Ellacuría, lo natural, vimos por extenso hace algún tiempo en este blog, permanece integrado como ingrediente de una realidad realizada en formas superiores, de manera que no se reprime lo natural como tal, pero tampoco se reduce el hombre o la sociedad a lo mismo, como pretende el darwinismo social (falacia naturalista). Esto supera, también podemos matizar, una visión de lo natural que en el marxismo quizás se halla alejado, ajeno de lo social.

El trabajo y la actividad humana, en principio positivos, son, en la lectura marxista, convertidos en una actitud contemplativa con lo que se aleja del carácter de actividad. El hombre, en cuanto adopta esta actitud contemplativa tanto en el conocimiento como en su relación con el mundo, asume el fatalismo de un mundo que le impone externamente sus reglas (res extensa cartesiana) y contrapuesto a una interioridad en la que lo humano se realiza como sujeto de conocimiento pasivo, legaliforme y cuantificador (res cogitans cartesiana). Además, este proceso descompone la sociedad atomizándola, como señala Lukacs: “(…) la descomposición mecánica del proceso de producción desgarra también los vínculos que en la producción ‘orgánica’ unían a los sujetos singulares del trabajo en una comunidad. La mecanización de la producción hace de ellos, también desde este punto de vista, átomos aislados abstractos, los cuales no son ya copartícipes de un modo orgánico inmediato, por sus rendimientos y actos de trabajo, sino que su cohesión depende cada vez más exclusivamente de las leyes abstractas del mecanismo en el que están insertos y que media sus relaciones” (p. 16).

Lukacs relaciona esta degradación con la universalización de la mercancía como forma de relaciones humanas en la que la fuerza de trabajo también es convertida en mercancía vendible (trabajador asalariado). “Condición necesaria del proceso de cosificación es que toda la satisfacción de las necesidades se cumpla en la sociedad en la forma del tráfico de mercancías” (p. 17), frente al modelo feudal o esclavista, por ejemplo. No se trata de que anteriormente no haya habido mercado, sino de que el mercado llegue a erigirse en norma social (lo que me atrevería a denominar también en moral social). Así, lo espontáneo cede su lugar a lo reglamentado y calculable en todas las manifestaciones de la vida humana. Los objetos pierden su carácter vital y reflejan su carácter abstracto, de ser productos de una abstracción y de formas racionalizantes de relaciones humanas. Por primera vez en la historia, todo se rige por las leyes que regulan el intercambio de mercancías (relación mercantil). Este paso de lo cualitativo a lo cuantitativo es señalado por la transformación de los valores de uso en valores de cambio. Esto pudo manifestarse, por ejemplo, en la extrañeza de ciertos indígenas norteamericanos ante la relación con la tierra por parte de los colonos como algo vendible y convertible en renta. Esta abstracción se ve sobre todo en el ciclo capitalista consistente en la reproducción del dinero como tal. Se invierte un dinero para que éste crezca, teniendo a los bienes como medios. El dinero es, de hecho, la mercancía de mercancías.
Todo esto que alude sobre todo al mundo de la economía tiene su importancia en que, y he aquí una importante clave para estudiar lo que sucede cuando educamos, incide en la conciencia, reflejándose en formas concretas de pensar e interpretar la realidad. Esto es, precisamente, lo que Lukacs desarrolla certeramente en su Historia y consciencia de clase, que en algunos capítulos relevantes para la pedagogía estamos comentando. “Del mismo modo que el sistema capitalista se produce y se reproduce constantemente en lo económico a niveles cada vez más altos, así también penetra en el curso del desarrollo del capitalismo la estructura cosificadora, cada vez más profundamente, fatal y constitutivamente, en la consciencia de los hombres” (p. 20). Un ejemplo sería atribuir al hombre de negocios que extrae abundantes ganancias de sus inversiones dicho hecho a su genialidad, olfato o buena suerte (o incluso al favor de Dios, como señalara Weber), ignorando el proceso concreto real del que ello ha resultado. Las interpretaciones que aluden por ejemplo a la buena suerte del hombre de negocios son mistificaciones que olvidan entre otras cosas el expolio que subyace a toda acumulación de dinero, que vienen parejas a la impotencia para captar y dominar la realidad, a la que se atribuye un funcionamiento tan legalista y racional como mágico. “Y del mismo modo que la economía del capitalismo se detiene en esa inmediatez por ella misma producida, así también les ocurre a los intentos burgueses de tomar consciencia del fenómeno ideológico de la cosificación” (p. 21). Se trata de una mirada que se detiene (contemplativamente) en la inmediatez de lo que aparece. “(…) esos pensadores [los atrapados por las mistificaciones e idealismos de la sociedad burguesa] separan las formas vacías aparienciales de su suelo natural capitalista, las independizan y las eternizan como tipo atemporal de posibilidades de relaciones humanas en general” (p. 21). Más adelante: “(…) esos pensadores no van más allá de la mera descripción, y su ‘profundización’ del problema gira en torno de sí mismo y de las formas aparienciales externas de la cosificación” (21-22). Este pensamiento origina también, por ejemplo, la sistematización racional en que consiste el Derecho moderno, que es un intento de regular formalmente, de manera predecible, todas las posibilidades de la existencia humana (p. 23). Un reflejo más del carácter contemplativo del sujeto formalizado que ahora sólo debe calcular, eludiendo los elementos no calculables (incluido él mismo) de la realidad.