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viernes, 20 de mayo de 2011

Crónica de un nacimiento (primera parte)

“Ríanse, pues, cuanto quieran, de las cosas humanas los satíricos y detéstenlas los teólogos, y alaben los melancólicos, cuanto puedan, la vida inculta y agreste, y desprecien a los hombres y admiren a los animales. Experimentarán, sin embargo, que con la ayuda mutua los hombres pueden procurarse mucho más fácilmente las cosas que necesitan y que sólo uniendo sus fuerzas pueden evitar los peligros que por todas las partes les acechan.”                                                                                                                                             
Spinoza


Asistiendo ayer a la asamblea de las organizadas a raíz del movimiento 15-M en Granada, entre el asombro y la satisfacción, percibí cómo lo político aflora, como una especie de germen latente de ayuda mutua, lo político como voluntad de vincularse con los demás, de hacer efectivo y consciente el vínculo primordial que nos une, pero que responde a una racionalidad que está dada antes que los discursos. Había en la asamblea este rasgo fundamental: una naciente voluntad de regir la vida en el marco de una comunidad de personas, un intenso deseo de vivir en paz entre todos, una positiva voluntad de vivir juntos, de decidir lo que juntos puede hacerse. A esto lo podemos llamar embrión democrático y ayer quedé literal, visceralmente, emocionado de verlo. Pero la dificultad de organizar dicha tarea colectiva, una tarea de felicidad colectiva, también era visible. A veces las inercias, que lo son de todo tipo y direcciones, se imponen, quizás a favor o en contra de tan amable viento. Pero me dio la gozosa sensación de que a pesar de todo, algo que ha sido asfixiado mucho tiempo, algo nuevo, se insinuaba ante mis ojos admirados.

Muchas personas (incluido, claro está, el balbuciente autor de esta brevísima y temblorosa memoria), necesitábamos probarnos, crecer, caminar en una auténtica adolescencia colectiva, en busca de redefinirnos o redefinir nuestra convivencia. Eso fue lo mejor de ayer (de las sombras en todo ello, cuya percepción forma también parte del proceso hacia la madurez, quizás hablemos otro día). Un intento de emprender camino juntos, o mejor, un incipiente y divertido, fruitivo, gatear. Gatear es admirable. Es un impulso bueno, luminoso. Y más cuando este impulso brota, paradójicamente, de la pura asfixia, del haber sido machacado con acritud (esta palabra me la enseñó un decadente Felipe González que la repetía con pedantería en los últimos tiempos de su mandato). Era el desesperado ahogado que emerge para tomar aire y revivir ante tanta, tanta muerte.

Se habían organizado bien muchas cosas, con ingenio y espíritu. Me encantó el buen clima de la gente, el talante respetuoso. “Talante”, por cierto, es otra palabra que me metió en la cabeza otro presidente del gobierno que ahora apura su presidencia. Porque los presidentes de gobierno tienen la virtud de incrustarnos palabras. Aunque el juego de incrustar palabras se ha vuelto contra quienes hacen de ello un deporte profesional. Así, sin centro, de un modo postmoderno, se ha colado un poquito de Ilustración, a través de redes sociales y de Internet. La realidad se les ha ido un ápice de las manos, y los sms que llevaron a uno a la presidencia, ahora lo van a echar de ella casi seguro. Ya veremos. Pero esta ineficacia del poder, a pesar del fortísimo, más que nunca, aparato ideológico, ahora se asombra y apela a una Transición que felizmente quienes no la vivieron saben comprender con mayor realismo, captando el mito y la mentira que había en ella. El mito de la Transición, esa historia que a todos nos cuentan, como un evangelio que ha de representar la alfombra de nuestro caminar. Esta evangélica mentira se ha repetido durante más de treinta años. Pero ahora resulta, de pronto, que se descubre que ya no surte tanto efecto. El gigante tenía los pies de barro. Y la gente sale a la calle por eso, para en un movimiento que tiene algo del rupturismo anarquista, comenzar de cero tras la airada y justísima negación de lo que hay. Sin necesidad de libros, taxistas, camareros, estudiantes, barrenderos, maestros, médicos, universitarios, se han percatado de la trampa que se hallaba en una bonita baraja de cartas trucadas. Y así, siempre ganaban los mismos.

La lucha no violenta es el modo que tienen los cuerpos de decir que la violencia viene de fuera, de indicar que el incivilizado, el asesino y el violento es el otro que nos llama violentos o incívicos. Así, hay una ética de la resistencia, estoica y spinozista. Eso era un poco también lo de ayer. La unánime y explícitamente expresada voluntad de no hacer daño, de no responder jamás, bajo ninguna circunstancia, violentamente a la policía, de cumplir las leyes, de respetar a quien nos pega, fue todo un ejemplo de civilizada ciudadanía que debería incorporarse a los libros y cursos de Educación para la Ciudadanía que tanto gustan al gobierno. La asamblea, en medio de sus torpezas y balbuceos que eran, también, los míos, me enseñó que la persona está antes que el ciudadano. Porque se requiere de buenas personas para construir una convivencia que no sea la de la mentira a la que ahora recurren los cínicos devotos de la Transición. Aquello, la susodicha Transición, no nació, y hoy es más evidente que nunca, de un buen germen, como la semilla cuyo humilde y generoso brotar pude contemplar ayer estupefacto. Era, dejémoslo así, otro germen. Un germen que hoy ha dado lo que ha dado, condenando a 500.000 familias a perder sus casas y a vivir eternamente endeudadas. El poder tiene, en este sentido, mucho de condenar al otro al infierno de una vida desgraciada y truncada, de esa cruda violencia, de la más infame carencia de escrúpulos; porque si alguien presionó a Zapatero hace un año para que emprendiera su reforma laboral, él debería haber dimitido y haber contado lo que pasa en el mundo. Pero no lo hizo. Ahora debe atenerse a las consecuencias. El velo se ha rasgado y se descubre el fondo farisaico que había dentro del templo de la sacrosanta y sagrada Transición.