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martes, 24 de mayo de 2011

¿Vais a echarnos también de la calle?

Todos los que aún tenemos fe en la capacidad de los seres humanos para decidir un proyecto común de felicidad y de mutua ayuda, quienes aún creemos en la democracia a pesar de lo mancillada y maltratada que la tienen, estamos acampados en todas las ciudades del España y del mundo. Aquí, en la España y la Andalucía que, confieso, creí muertas sin remedio cuando en plena subida del IVA sus pobladores sólo supieron echarse a la calle para aupar a la selección de fútbol, la savia vuelve a circular en la primavera más hermosa que recuerdo en mis casi cuarenta años de vida y más de quince de profesor universitario. Ayer, en la Asamblea de Granada, simbólica y acertadamente situada en la Plaza del Carmen, justo a la entrada del Ayuntamiento, se volvía a debatir con escrupuloso orden, con admirable respeto a quienes intervenían, con esforzada atención a los argumentos y razones que cada cual afirmaba, mientras yo, que no puedo dejar de ser profesor incluso cuando las máscaras caen, reconocía a mí mismo estar aprendiendo más que en años de tenaces lecturas. Frente a mi inercia a dejarlo todo y correr a leer mis libros, supe que donde debía estar era allí. Ningún ciudadano puede perderse esta ocasión. Aquello es luminoso. Es lo mismo que saben los muchos estudiantes que llenan la plaza felices pero vacían nuestras aulas, y que, sabiamente, nos empujan a los que somos sus profesores. Sí, somos sus profesores los que, impactados, apenas podemos sino balbucear y mirar con asombro, con unas ganas inmensas de abrazar a quienes nos están dando la mayor lección de nuestra vida. Los estudiantes escuchan con una atención que ya quisiera uno para sus clases y resulta notorio en ellos el esfuerzo consciente por pensar, por debatir, por organizarse, por no repetir errores, por vivir la política de un modo, como acertadamente indican, “apartidista”. Estoy muy orgulloso de ellos y creo que la Universidad de Granada, a la que pertenezco, debe también estarlo. Por fin, nuestros alumnos participan y se implican.

Ahora surge en la Asamblea, no sólo en los estudiantes, la necesidad de instruirse, de aprender economía y otras ciencias y artes que nos arrebataron, ciencias que nos liberen del pensamiento único que se ha apoderado del conocimiento y, lamentablemente, de la universidad española, tristemente consagrada al mercado y a los mismos poderes financieros que están maltratando sistemáticamente a millones de personas para obtener sus ganancias. Esto debe saberse y hablarse. Creo en la calidad en el conocimiento y en la universidad, y es, también, por lo que acudo a la Plaza con la misma puntualidad que a mis clases en la facultad. Veo que en la plaza hacen falta clases de economía, por ejemplo, ciencia que es fundamental conocer para que dejen de tomarnos el pelo.

Así, la necesidad de alfabetización, como en los círculos de lectura de Paulo Freire, surge en medio de las ansias democráticas de esta inolvidable primavera. En la Asamblea hay voces que ya lo ven y lo piden. Cultura y educación participativas, redefinirnos, recrearnos, fuera de los lugares en los que no hay cabida para ello. El brutal capitalismo neoliberal que se empezó a forjar como supuesta salida a la crisis de los setenta, crisis que ha culminado en la actual recesión económica, está en estos días mostrando su verdadero rostro. El sistema económico hace aguas pero quieren seguir aplicando sus medidas. Si de esto no se habla en los ayuntamientos, el parlamento o las universidades, hablaremos de ello en la calle.

Otra cuestión asombrosa es la sabiduría con la que se ha optado por una resistencia ética, pacífica. No he visto el menor atisbo de violencia, lo cual es otra lección para quienes sí son violentos, los que matan moviendo cantidades en cuentas bancarias, generando paro, miseria y hambrunas, jugando con los precios y elevándolos para hacer negocio, sin crear puestos de trabajo, sin producir, despojando a las familias de sus hogares, del pan y hasta del agua. La violencia de quienes violentamente nos han echado a la calle quedará aún más patente si nuestros cuerpos felices y en paz son apaleados por ellos. Todos estamos en la calle, desahuciados por los bancos, expulsados por la clase política, reducidos a número por las grandes empresas. Todos, asalariados, parados y pymes hemos sido y estamos siendo desahuciados. Son ellos, los violentos, quienes nos han puesto en la calle y nos han obligado a objetar a sus leyes trucadas que no obstante respetamos acaso mejor que quienes las apoyan, a la falsedad de una democracia de papel dominada por un mercado que no es democrático y que dicta a los políticos su reforma laboral. No se escucha nada más que un pensamiento. La censura, sutil y más eficaz todavía que la del franquismo, impregna las instituciones, disfrazada de palabras bonitas, como “calidad”, “progreso”, “prudencia” y se tacha de trasnochado, descaradamente, a quienes descubrimos lo oculto tras estos velos. Hay que denunciar que ellos nos han puesto en la calle, que ellos nos han arrancado el mundo y que nos cortaron las alas, que hemos sido mutilados, pero en cada Asamblea, los polluelos alzan el vuelo, todavía con torpeza, aunque un día serán grandes, felices y fuertes. Estamos en la plaza porque nos han expulsado de nuestros hogares. ¿Van ahora, también, a expulsarnos de la Plaza? ¿Qué quieren que hagamos? Somos personas de paz que iluminamos juntos la noche emprendiendo ese viejo esfuerzo llamado historia y humanidad que ellos se empeñan en cercenar. Por el amor de Dios, dejadnos en paz.