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sábado, 18 de junio de 2011

Palpitante parábola del 15-M

Algo poderoso ha cambiado cosas. Algo que como un brazo que ha germinado de la realidad está tirando de ella hacia arriba, algo ya imparable, irreversible, como un eco infatigable que resuena mientras escribo estas líneas, que nos acompaña, que nos va a acompañar siempre, un incesante eco, surgido de manera providencial, en el momento justo, como el Barón de Munchhaussen tirando de su coleta para escapar de la ciénaga, salvándose a sí mismo desde sí mismo, acaso cuando ya daba su último suspiro en la honda, tenebrosa ciénaga. Hay algo nuevo sobre el mundo. Algo engendrado en la noche silenciosa y cuyo nacimiento homenajeamos ahora uniendo nuestras copas, brindando con vino recién descorchado, multiplicando los platos sobre la mesa, hablando hasta la saciedad, de madrugada en madrugada, saciándonos de palabra, de palabra viva. Una felicidad de vieja infancia, un lúcido volver a ser niños, pero niños sabios. Este algo inasible piensa. Este algo inasible somos todos. Se multiplica sobre la vieja tierra. Por fin. Inasible. Irá adquiriendo formas distintas, proteicamente, tentativamente, como un monstruo transfigurado para sorpresa de todos en un ángel, en un torbellino de ángeles frenéticos.

Las muchas lenguas han vuelto a edificar juntas. Brota un fuego que somos todos y ninguno, que quema, que nos quema dulcemente, en la negra noche. Hasta ahora vencían, pero con esto no van a poder. Este cauce sinuoso que ellos mismos pusieron en el mundo los va a arrojar del mundo al lugar de donde nunca debieron haber salido. Al Hades horrible al que sirven. Porque hasta ahora era un laberinto poblado de hombres, con un helado corazón en el centro, con una insaciable mandíbula en su centro. El Minotauro decidía, reclamaba su tributo de jóvenes doncellas y a él era sacrificada la triste humanidad. Cada nuevo día, cada nueva ilusión y cada nuevo héroe morían cansinamente entre sus fauces. Pero Teseo, el último hombre, superviviente de mil batallas, el que es todos los hombres y ninguno, invisible, anónimo, de múltiples rostros, llega danzando la danza inusitada, inesperada e imprevisible. El Minotauro intenta arrojarle duros manotazos a la cara. Pero Teseo no tiene cara, o mejor dicho, es como la hidra, por cada cabeza que rueda sobre el suelo ensangrentada, brotan dos nuevas cabezas. Hasta ahora el Minotauro podía hacer añicos cualquier cristal, cualquier blanca rosa. Durante mil años ha vencido. Porque los anteriores hombres quisieron ser como él: uno, homogéneo, de una dureza mineral, férreos. Porque hay un mal visible, un mal que hasta ahora podía vencer. Las duras pezuñas del Minotauro eran peores siempre, siempre más duras, más crueles. El Minotauro ávido en su bacanal de sangre seguía matando a cuanto le desafiaba, a cuanto apuntaba a su final, lo que le señalaba su cadalso. El Minotauro era astuto y cruel, despiadado, sin alma.

Pero en estos días se sella una sentencia y se cumple un tiempo. Porque había ese lastre lúgubre en el mundo, ese mal enquistado, como un polo maligno, como un centro de energía nuclear irradiante que hacía mutar toda esperanza en su contrario. Pero ya no hay materia que se pueda irradiar. Ahora ha surgido algo que puede pensar como nunca hemos pensado, que puede luchar como nunca hemos luchado, que puede iniciar una larga estrategia, no importa cuántos siglos falten, algo que conoce, que aprende tentativamente, tenazmente, más raudo en el zarpazo que la torpe maquinaria. Cada fallo es una victoria. A la peor de las violencias, la violencia organizada, reglamentada, legitimada la va a vencer una paz que desconcierta, una mansa ira, una caricia, un néctar, un sosiego paciente, firme, duro para aguantar los golpes, que resurgirá de sus cenizas mil veces, que persistirá con una memoria que somos todos y ninguno, una memoria de todos y de nadie, que esta dispersa por el mundo, que incendia el mundo. Porque ese mal, ese mal milenario que a tantos hombres buenos se ha tragado, no resiste su propio reflejo. Millones de brazos, que siendo cercenados vuelven a emerger doblemente, sostienen firmes un espejo para que ese mal se vea nítidamente la cara, para que quede expuesto al escarnio, desnudo, humillado. Ya no nos engañará más con su voz engolada, con su discurso solemne, con su falsa ley y su falso derecho, con su habilidad para las dobleces, con su odio a los pobres e inocentes hijos del tiempo. El espejo en el que Medusa verá su fin, en el que no soportará contemplar sus propias tinieblas, su escoria, sus entrañas ponzoñosas, su mirada inhumana. Ese espejo serán todas las lenguas, todos los cuerpos inocentes de los hombres, constructores de un Moloch que no quieren, del que se arrepienten, y al que enseñan que ya no tiene consigo nada humano. Entonces Moloch, Medusa, reventarán, porque no pueden con esa sabiduría nueva y vieja al mismo tiempo, con esa astucia y con esa hoguera que somos todos y ninguno. Era el único modo posible de derrotarlo. El modo en que cada derrota sea una victoria, que cada trampa nos haga más sabios. El del fugaz Proteo, el de ráfagas de viento. Cada uno de los crueles zarpazos que nos den hará resurgir nuevos héroes, invisibles, inasibles, tenaces, una infinita legión cuya memoria se halla asegurada, sin centro, como una red que se extiende por el orbe, que al peor de los males conocidos opondrá siempre algo nuevo, a cada truco una nueva carta imprevisible, como salida de la nada, como emergida de manos de un prestidigitador. Sólo así son posibles, hoy, los milagros. El milagro que muda las balas en besos. A cada maltratada mejilla siempre se pondrá una nueva mejilla. Sonriente, feliz, tranquilo, viene Teseo. Ya sabe cómo hay que hacerlo. Dispuesto a una lucha de paz, de larga espera y de luz con la que vencer a los lúgubres artífices y genios tenebrosos de la violencia. Maldita sea la violencia, la violencia hoy refinada, que parecía colmar el mundo. Ya no tendrá más lugar sobre la Tierra.