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jueves, 16 de junio de 2011

Sobre la paz combativa.

Que no nos llamen violentos. Que no nos difamen. Es precisamente por un impulso de repugnancia contra la violencia cotidiana que nos azota, contra la dañina violencia del mal gobierno dejado en manos de mercados financieros y de hombres sin alma, que necesitan negar el pan y la sal a millones de personas inocentes, aniquilando sus vidas y su dignidad para perpetuar una monstruosa sed, una abominable bacanal de números asesinos, de números que nos arrancan el porvenir y la esperanza a generaciones enteras, que nos animalizan, que nos alejan a unos de otros y nos dividen, que paren guerras y hambrunas y la atroz indigencia de familias enteras, es por todo esto, que salimos a la calle el próximo 19 de junio, domingo, en toda Europa. Porque nos oponemos precisamente a la violencia. Porque sabemos que no hay ley ni derecho respetados en este entramado maligno que nos arroja a la calle. Porque quienes apelan a la ley condenando una desobediencia civil ilegal acaso, pero legítima, delinquen al negar el acceso del pueblo a la vivienda, que es un derecho humano y constitucional en España; delinquen o son cómplices del delito al permitir la estafa y la extorsión de las compañías telefónicas y bancos; delinquen cuando ponen en riesgo los ahorros de los pequeños inversores; delinquen cuando especulan caiga quien caiga o permiten que se especule sin una adecuada política fiscal; delinquen cuando permiten los paraísos fiscales, lo cual les convierte en ladrones a todos y enemigos de la gente honrada; matan y delinquen cuando destruyen los derechos básicos reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la Constitución Española, como son la salud, la vivienda y la alimentación, derechos a los que apelan con sus bocas corruptas y renegridas. También atentan contra la ley que ordena respetar la libertad de cátedra y la universalidad de la educación y de la cultura quienes quieren hacer de la educación o de la cultura un lucrativo negocio. Todos ellos son implacables en la apelación a la ley y al orden, y al uso de la fuerza armada, ¡ellos!, los que se han saltado no ya muchas leyes sino el más mínimo sentido común y la más básica vergüenza. A mí me daría vergüenza apelar al orden en las ciudades siendo cómplice de un grave desorden moral, político, humano e histórico sin precedentes, de un totalitarismo por el que el verdugo acusa a la víctima haciendo que ésta se sienta culpable, que cumpla su condena y le duela su voluntad de bien, para poder entrometer los sucios tentáculos en la voluntad de bien y de justicia.

Hoy vamos a ver quiénes mienten. En este tiempo urgente se van a delatar. Ya lo hicieron con el desalojo de la Plaça de Catalunya en Barcelona, en Valencia. De manera grotesca muchos de los que corrían delante de los grises, de los que ejercieron actos de desobediencia civil contra la dictadura de Franco, de los que hicieron huelgas y cometieron motines, en una lucha con actos violentos, ahora, nos llaman violentos a nosotros, a quienes oponemos paz a la violencia. Ellos saben que en varias ocasiones el Derecho ha reconocido la objeción de conciencia e incluso la desobediencia civil como algo legítimo cuando se ponen en peligro valores fundamentales para la democracia o la protección de la vida, como es el derecho a la vivienda. Hace dos días el pleno del Congreso de los Diputados, con los votos de PSOE, PP, CIU y PNV volvió a rechazar la dación en pago para saldar una deuda hipotecaria. Otra vez. Porque el mal es terco. Ante esta flagrante vulneración del derecho a la vida digna y libre, algunos pueden pensar, y no estarán quizás exentos de razón, que hay que realizar acciones pacíficas de desobediencia civil. Porque la ley no nos protege. La ley nos humilla y viola nuestra dignidad y nuestras vidas. Es instrumento de quienes nos manipulan y oprimen. Esto fue, de hecho, lo que se hizo, en un ambiente de absoluta tranquilidad y civismo, el día antes de las elecciones, en un masivo acto de desobediencia civil sin precedente en más de treinta años en España, al concentrarse miles de ciudadanos para denunciar la corrupción y los abusos de un poder que sólo sirve a sí mismo. Nada de esto se ha comentado o resaltado en los mismos medios de comunicación que ahora repiten cansinamente las pocas escenas de violencia acaecidas ayer en Barcelona frente al Parlament. Este tratamiento informativo forma parte de un eje del mal. Un eje de complicidad entre banqueros, los políticos más poderosos y los medios de comunicación más influyentes. En este tiempo de urgencia hay que definirse. Hay que tomar partido. Es un deber moral. Hay que echar mano de una ética de urgencia que se dibuja, sabiamente, por parte del 15M como el deber de oponer paz a la violencia, bien al mal, fraternidad a la atomización insolidaria de la sociedad brutal que tantos años llevamos aguantando. Porque han sido ya demasiados años callados. Ahora ya es urgente e irreversible. Respondemos a la urgencia moral de oponer a la tenacidad de los embusteros la verdad, la paz, el amor, la responsabilidad, la madurez; de oponer a quienes asesinan en el mundo, la vida.

Quien a los golpes responde, refrenando acaso el natural impulso primario de devolver violencia por violencia, con una razón madura que dirija las pasiones a un objetivo claro y bueno, de justicia para todos, de libertad y de democracia, está por encima de la sociedad de la violencia, en una elevación filosófica capaz de llamar a las cosas por su nombre, de agarrar al toro por los cuernos, de empaparse de la sufriente y conmovedora realidad humana con una dignidad que nadie puede arrebatar. Con la conciencia limpia, seguros, tenaces, soportemos los golpes que vengan, en las manifestaciones, en los medios de comunicación, en boca de quienes matan, engañan o roban, para que precisamente se vea con claridad dónde se halla la violencia, el crimen, la mentira y el robo en nuestra sociedad. Que se vea a las claras. Opongamos a la brutalidad nuestra paz, nuestra firmeza, nuestra dignidad, aunque nos arrastren por el suelo y carguen contra nosotros con acusaciones y golpes, aunque nos arrojen su veneno, aunque nos difamen, aunque con voces engoladas nos acusen de enemigos del orden y de la ley. Sabemos que es así como tenemos que defender el orden y la ley. Aguantando sus golpes. Y a cada golpe que nos den, una batalla más será ganada por nosotros, una victoria para los hombres y mujeres honrados, buenos, que pueblan el mundo. Nos quieren arrebatar todo. Hasta la dignidad y el honor. Pero nunca seremos más dignos y honorables que cuando nos arrastren y golpeen con sus armas legales y con su violencia legal. Soportemos los golpes como hombres y mujeres. Encarnemos algo ciertamente nuevo. Hagamos que queden en evidencia los auténticos violentos por primera vez en la historia. Con inteligencia, con astucia, con sabiduría. No a la violencia en las manifestaciones. Somos mejores que ellos y si oponemos nuestra paz a su violencia, no podrán nunca con nosotros. Por eso, van a intentar desacreditarnos y producir una falsa imagen a la que no debemos contribuir. Hasta ahora el movimiento 15M ha mostrado una madurez admirable. Es tiempo de no flaquear y de persistir en este noble impulso que nos une a todos.