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jueves, 14 de julio de 2011

El Dr. House contra el padre Brown.

El relato policíaco es una de las seducciones literarias que persiste, a pesar de su aparente agotamiento, porque sin lugar a dudas toca algunas fibras características de nuestra época. Tiene una evidente relación con el combate humano por hallar luz en una realidad que se percibe como algo laberíntico o ambiguo, por el carácter de amalgama y confusión que ésta manifiesta. Hay en el relato policíaco una lectura y relectura constantes de los estereotipos que se realiza desde un planteamiento que tiene mucho también de comportamiento estereotípico. Así, el formato mismo de un cuento detectivesco es prácticamente dos o tres posibilidades que se repiten con pequeñas variaciones. El mundo se simplifica en grado extremo. Es el caso por ejemplo de esa incursión de lo policíaco en el universo de la medicina que vemos en la serie de televisión Dr. House. Con un clásico planteamiento de enigma por resolver, de hipótesis y tanteo experimental, la medicina moderna representada por House y su equipo hace sus descubrimientos a costa de también estereotiparse, tipificarse y clasificar la realidad, de hacer que ésta deje de ser misterio para convertirse en enigma. En el caso de House este comportamiento y método impregna como por un rebote a toda la personalidad de los médicos, que van poco a poco convirtiéndose en lo contrario de lo que deberían convertirse al iluminar la realidad: en seres lúgubres, aislados y escépticos, que no pueden relacionarse entre sí sin ironizar sarcástica y tristemente. A lo largo de la serie todos van cayendo víctimas de este hechizo moderno que repercute en sus vidas personales.

Para combatir los falsos estereotipos o líneas causales que siguen los médicos que yerran en sus diagnósticos, el equipo de House debe recurrir a estereotipos distintos y a hipótesis arriesgadas y descabelladas a juicios de los médicos que suelen fracasar con los casos asignados al equipo de House. Éstos intentar aplicar por un lado una observación más fina de lo normal de los síntomas guiada por hipótesis en ocasiones que hacen que destaquen algunos signos o síntomas aparentemente ocultos, por un lado. Por otro lado, a la colección de datos aplican distintas plantillas causales, en un juego como el de cambiar las causas por los efectos y viceversa. Así, en medio de un aparente caos de fracasos en los que la razón analítica parece no dar más de sí para descubrir al criminal (la enfermedad que causa los síntomas, la etiología, creo que es como llaman a esto los médicos, al agente que causa la enfermedad), en un último salto de saltimbanqui, House descubre la relación exacta entre los datos que conduce a la revelación del criminal. El hecho de que esto se dé en un hospital y en el mundo de la medicina quizás añade un factor más conmovedor y trágico a la empresa, aunque en el mundo de la novela policíaca, la muerte y la vida también se hallan muy presentes como el origen, precisamente, de donde provienen los enigmas que desafían a la razón. Todo se reduce a un juego con la muerte que eludiendo los grandes interrogantes que ésta plantea que no puedan resolverse por un uso analítico de la razón (House ironiza constantemente sobre la religión y se considera agresivamente ateo), la abordan reduciéndola a enigma o incluso acertijo o adivinanza, que ya sí puede ser resuelto de un modo analítico con la actitud de un triste y huraño jugador. Así, se combinan el escepticismo ante los puntos ciegos a los que no se llega pensando analíticamente o empíricamente, con una apuesta por un modo de abordaje analítico que sí funciona para unos fines más modestos: curar y diagnosticar a los pacientes. El método funciona bien con House porque precisamente él asume que debe eliminar de sí mismo y de su investigación todo lo no abordable analítica y empíricamente. Unas veces se trata de inducción a partir de datos empíricos pero que se combina estrechamente con una deducción cuya victoria es ser capaz de, al final del episodio, salvar a algunos pacientes aplicando tratamientos. Es por todo esto, y a pesar de su antipatía, que House seduce. Vemos en él algo que en el fondo todos somos, una cierta fe y una apuesta por un modo de existencia. Por eso, la desolación y el escepticismo que a muchos niveles aplican (el moral, el religioso) los miembros del equipo, quizás nos atraen por lo que su juego tiene de épico, de proeza heroica y de abnegado sacrificio. Un afán distanciado, cerebral, intelectual con el que el mundo es más gris, pero en el que la modernidad ha depositado las viejas esperanzas de la humanidad. Se sabe que el equipo de House es un poco la humanidad descarnada de nuestro mundo actual, con sus grandezas y miserias. House es una suerte de héroe antiguo que ha matado a los dioses y que manifiesta dolorosamente la carencia de los mismos. Su pierna enferma le recuerda esto constantemente. Esto puede hacer sospechar en algunos episodios si House es verdaderamente ateo, porque si el ateísmo paradigmático es el de Nietzsche, no debería echar de menos a los dioses. La verdad es que esto sólo se evidencia en breves y muy dispersos momentos de la serie. En general, los personajes viven inmersos en sus vidas laborales, en su trabajo, pero en la forma burguesa del trabajo hecho sin verdadera ilusión, un trabajo que se aborda con la misma frialdad con la que se aborda el misterio reducido a enigma racional o acertijo.

El método de House es el método del detective Sherlock Holmes, igual que su personalidad, que para que destaque, requiere del contrapunto de un ingenuo Watson (perdido en la admiración por un método analítico que sin embargo no logra dominar porque no es capaz de emprender el sacrificio personal que requiere) que en la serie de televisión es el Dr. Wilson, oncólogo. Es decir, es el método propio de la ciencia moderna y que todos admiramos porque sabemos que funciona. Admiramos a los médicos como se admiraba a la policía en el siglo XIX y parte del XX. De hecho, la novela negra del XX surge ante el fracaso del método analítico de los detectives decimonónicos, como una desesperada impugnación del padre (¿América frente a Europa?) y poniendo ya en total evidencia lo que en el XIX era una violencia sutilmente disimulaba y disfrazada de aristocratismo.

A Holmes o House podemos oponer un tipo de detective con otro método de tipo más intuitivo o imaginativo, que piense con imágenes, que empatice con las personas. Algo así como el psicoanálisis, que requiere de fina observación y que por supuesto plantea soluciones e hipótesis, pero que todo ello es propiciado por una mimesis camaleónica. Se trata de combinar el distanciamento analítico tipo House con una fusión con el otro (víctima, delincuente) que nos conduce de nuevo a una dinámica mitologizante, o sea, propia de la típica inmersión mítica en la realidad que viene bien para captar aspectos (no sé si decir “datos”) o elementos presentes en la realidad cuya captación requiere asumir un papel. En el fondo se trata de oponer a unos estereotipos otros estereotipos mediante un breve rodeo o incursión en lo psíquico. Este método, mucho más avanzado y quizás gratificante para quien lee el relato, es el método del padre Brown, el cura detective inventado por Chesterton. Brown no renuncia a la luz de la razón, sólo que aplica cierto escepticismo también a la forma analítica de razón que puede engañar por no ser capaz de captar bien la realidad en su complejidad. Para ello, el padre Brown tiene que simular que es la otra persona y pensar y sentir como ella, a fin de descubrir sus fines, valores, hábitos y emociones (¡ojo que en ocasiones hay algo de esto también en House!). Primero hay unos datos enigmáticos que inducen falsas causalidades y explicaciones. Entonces, Brown descubre que tiene que cambiar la plantilla, para hallar una nueva revelación, el verdadero vínculo entre los datos observados. Se sumerge camaleónicamente en el otro, en las demás personas, aplicando una norma que consiste en no fiarse de las normas, de las apariencias ni de los estereotipos convencionales. Brown entra en juego, podríamos decir, cuando falla el equipo del Dr. House, el seductor mundo simple y cristalino del Dr. House y de Sherlock Holmes. Entonces, es como si avanzara a un nivel distinto de realidad, para hacerse con la verdadera naturaleza de lo que observa. Es el mundo tan aborrecido por House de lo psíquico, de las motivaciones humanas que House desprecia y despacha con un escepticismo rápida y fácilmente estereotipante, pero que Brown valora (por algo es cristiano y sacerdote). Es en ese nivel de la realidad personal donde a Brown se le revela, también causalmente, una trama compleja que despista y que descubre la auténtica naturaleza de los datos que al principio confundían por no haber sido mirados desde lo psicológico. Esto no es, por supuesto, irracionalismo, aunque tenga algo de místico. Porque en Brown prevalece el análisis y en ello se manifiesta como un ser típico de la modernidad o, yendo más allá, de occidente, como House; lo que ocurre es que tiene que recurrir a un dibujo distinto de la realidad para descubrir las causalidades que la explican. De hecho, Brown es, como su inventor Chesterton, un tomista. Cree que el análisis racional da luz, que sirve realmente y que la realidad acaba plegándose al mismo, para alivio de los pobres seres humanos. De hecho, Brown es mucho más racional que quienes aplicando estereotipos simples se equivocan una vez tras otras e incluso acaban incurriendo en estereotipos propios de la magia. Brown representa el momento racional de cuestionamiento y crítica de aquello en lo que hasta ahora nos habíamos apoyados, que va desde las supersticiones y la magia hasta la propia razón analítica. Brown aplica a la razón analítica otro modo de análisis, pero porque cree en ella y quiere salvarla. Su apuesta, como tomista, es una apuesta a la vez (la una implica a la otra apuesta) por Dios y por la razón. Se trata de Pascal que de tanto admirar a Descartes encuentra sus fallos e intenta superarlo para salvarlo. Es en el fondo un querer salvar la razón siendo crítico con la propia razón descubriendo sus determinaciones (Pascal y más actualemente, Bourdieu). Así, lo que para House puede ser una vuelta al curanderismo, es en el fondo un salto en el vacío de la razón hacia sí misma. O un salto al vacío del que vuelve a sí misma como rebotada. Por eso, el placer literario de leer los relatos del padre Brown quizás es mayor, da la sensación de ser un juego intelectual más avanzado que el tosco empirismo de House o de Holmes. Pero no deja de ser descripción de la realidad mediante una red causal, por lo que tanto Brown como House son típicos personajes de nuestro mundo occidental y moderno.

Brown recela de las explicaciones novelescas, de los engaños propios de los artistas, aunque sabe que el mundo es en gran medida una actuación, un teatro en el que se mueven los seres humanos interpretando papeles. Es como si viera en el alma de House y descubriera su carácter de actor, su núcleo estereotípico. Y lo denunciara. De hecho, Brown (y creo que también su creador Chesterton) arremete contra, por ejemplo, los periodistas, maestros en precisamente los engaños y seducciones por los estereotipos que ciegan y nublan la realidad en una trama simplista. Son quienes juegan a ser cultos, librescos, iluminadores de los demás, quienes más confunden y se engañan, por vivir inmersos en una pseudo realidad plana y fácil. La racionalidad del periodista es una racionalidad de mal poeta, de falso escritor que se queda en los niveles más simples y engañosos de lo que observa. Así, transmite un engaño tras otro, a juicio del padre Brown y recae en una superstición tras otra por no ser capaz de sincerarse, de conocer lo que obra en su mirada y en sí mismo (el nivel que hemos llamado psicológico en el que el padre Brown se mueve como pez en el agua). El periodista o mal detective se pasa de listo. Cree en unas plantillas que aplica al mundo pero que apenas descubren lo que hay en el mundo. Pecan de pereza intelectual, de ligereza, de miopía, pero, y aquí llega el sarcasmo socrático, (como el del teniente Colombo que se halla entre Holmes y Brown), además resulta que el mal detective o detective-periodista, es arrogante. Brown ejerce un cierto papel moralista que consiste en rebajar a quien el propio ego oculta la visión correcta del mundo. Y aquí Brown es más listo que Nietzsche. Nietzsche vio con agudeza todo, pero cayó bajo la sombra de ese émulo del Dios que creyó superado: su propio Ego. No aplicó a sí mismo las consecuencias de su psicología, con lo que su psicología dejó en ciertos momentos mucho que desear. Precisamente porque Brown es capaz de ver a Dios donde hay que verlo, su observación y psicología es más fina. Aunque no nos engañemos, Brown era, como Chesterton, un conservador y casi un reaccionario, pues opone a los simulacros de la modernidad una vuelta a una estructura monárquica, de la rancia tradición europea que él opone a lo que a su juicio es la ligereza del norteamericano. El norteamericano que Brown ridiculiza es en realidad el paradigma de la sociedad burguesa urbana y capitalista que construye su democracia desde abajo para oponerse al mundo aristocrático. Esto, claro, deja mucho que desear para una mentalidad en el fondo aristocrática como es la de Brown. Así, este elemento monárquico tiñe también su fe y su imagen de Dios, del que destaca su distancia salvadora que le ayuda a ver los infiernos de la tierra. Dios es como la hipótesis monárquica que ilumina a Brown para entender el alma demoníaca y lo satánico, como su negativo. Y en los relatos funciona. La plantilla que aplica Brown es la de una primera causalidad buena de la que los hombres pueden optar separarse, desviarse hacia lo malo. Entonces, una vez que hay arrepentimiento, ya cabe el perdón. Es evidente que esto es una estructura tomista, de arriba abajo. La Norteamérica que critica Brown es más compleja de lo que él cree. Tiene evidentes miserias pero también encomiables momentos de grandeza. Hay una tradición de modestia en medio de la aparente arrogancia del norteamericano que critica la arrogancia europea (monárquica y aristocrática) de Brown. Brown critica, ciertamente, a los aristócratas, pero para decirles cómo deben ser, para que sean verdaderos aristócratas. Sin embargo, House permanece a pie de campo, y en su arrogancia es, también, más modesto y humilde que el bueno y agudo de Brown. Aquí estamos ya no tanto ante epistemologías (que en el fondo hemos visto que eran matices de una misma epistemología occidental explicativa y factual, aunque en Brown tienda a la hermenéutica, al saberse constituido por aquello que observa con mayor acierto que House) sino ante actitudes existenciales o formas de existencia, en evidente relación con estilos políticos y con morales concretas. House quiere permanecer en el fango y desde ahí iluminar su vida con un sarcasmo escéptico ante todo lo que motiva a los hombres más allá de su estómago, mientras que Brown puede distanciarse de ese sarcasmo proletario para sacar a relucir estómagos que House no ve ni en los otros ni en sí mismo que también funcionan.