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viernes, 1 de julio de 2011

In extremis

Vivimos en un tiempo urgente que requiere una moral de urgencia. ¿Qué quiere decir esto? Tendríamos que demostrar primero que vivimos en un tiempo urgente. Creo que responden a esto los precedentes post de este blog inspirados por la efervescencia ilustrada que constantemente se está dando en Internet aportando todos los datos y hechos en torno a políticos, CEOE y banca que ya conocemos, sobre la mentira de una reforma laboral emprendida con el fin de que la riqueza vaya a unos pocos que puedan hacer negocios con beneficios astronómicos sin parangón en la historia a costa de destruir el Estado de Bienestar e imponer de nuevo la esclavitud de masas enteras. Aunque para el tercer mundo por supuesto nada de esto es nuevo y la vida se viene desarrollando in extremis desde hace siglos. Nadie salvo en quien subyazgan inconfesables intereses o que tenga la mirada ideológicamente sesgada puede honestamente decir que vivimos en un mundo bien hecho. Nuestras democracias, y ahora hablo sobre todo teniendo a la vista la primermundista y hasta hace poco privilegiada realidad española, hacen aguas. Todo el entramado de discursos y mentiras con los que un poder muy claro y definido, el de banqueros y clase política, se ha mantenido haciendo lo que todos sabemos durante décadas.

Pero para sorpresa de ellos, surge el 15M. De pronto muchos jóvenes han demostrado, contra lo que las difamaciones de periódicos como El País intentan enturbiar, una madurez política y una capacidad organizativa que asombran a cualquier espectador sin prejuicios ideológicos. Muchos que hemos asistido a asambleas y a las acampadas, así como a manifestaciones, constatamos hechos que los periodistas parecen no ver. Hay varios evidentes. Por ejemplo, de manera insólita y sin precedentes en toda la historia española, casi un millón de personas nos manifestamos a pesar de una dura campaña de desprestigio al movimiento 15M, sin que hubiera un solo incidente. Esto ha hecho mella sin lugar a dudas en los políticos y en unos medios de comunicación que han quedado en entredicho. Porque, llevo diciéndolo varios días, estamos en el tiempo en el que muchos velos van a caer. Todo se va a descubrir. Es cuestión de tiempo. Por ejemplo, esos escritores y artistas de alfombra roja declarando que el 15M es una moda y que hay que renovar la izquierda, justo ahora. Desde que empezó la crisis y la horrible realidad de los desahucios, no han abierto la boca. Todos los que se agitaban contra el aznarismo (que buenas razones para agitarse había) ahora, cuando sigue gobernando de hecho una derecha que está masacrando a la gente honrada, ahora, digo, callan. Hasta hace unos días. Todo esto enseña e ilustra. Ilustra acerca de las muchas mezquindades del ser humano cuando se convierte en una máquina de engañar y de engañarse. Yo preguntaría, mirando a los ojos, a cada uno de los pseudoprogres que intentan destrozar un movimiento que les ha quitado el protagonismo, si persiguen el bien común (con sus hechos, ideas, declaraciones y militancia en partidos o sindicatos) o persiguen intereses particulares acaso corporativistas. ¿Hasta dónde llega su madurez moral? ¿Hasta dónde su honradez con los demás y consigo mismo? Habría que definir, por una cuestión filosófica, en este sentido, dónde se sitúa cada uno, qué persigue realmente, hacia dónde quiere ir y si verdaderamente empatiza con los millones de víctimas inocentes que impugnan cualquier optimismo pseudoleibniziano. Vivimos en el peor de los mundos posibles. Y no reconocer esto es pasar por alto el mal en una falta de honestidad racional y filosófica. Porque si atendemos a la dosis de sufrimiento gratuito (no me refiero al inevitable de la enfermedad y la muerte aunque éste también tenga un efecto en la moral que nos ayude a comprender todo sufrimiento y a asumir posiciones a favor de la vida humana y de la persona) que los seres humanos hemos logrado que anegue el mundo, nosotros solitos, entonces el mundo, Europa y España están ciertamente mal construidos en lo que supone responsabilidad humana. No puedo decir sin sentir vergüenza, mirando a mis jóvenes alumnos, a mis ancianos padres, a la gente humilde y honrada de mi barrio, que vivimos en una democracia. La democracia que vivimos es una farsa cuyo origen fue la Transición, que puso los cimientos para que ahora Emilio Botín y compañía estén haciendo lo que están haciendo. Aun más. Culpo a la actual democracia de justificar el mal, diabólicamente, pues consiste en un impecable discurso (y sólo eso) de buenas intenciones (seguramente aprendido de la Iglesia jerárquica y de la Inquisición) que legitima al poder insano, a la constante opresión de los inocentes, a la alianza inconfesable con los poderes satánicos e ídolos de este mundo (banca y CEOE), a la avidez de mandar y medrar a toda costa, a la dominación en suma, al más puro y duro abuso hacia el bueno y el débil. Nuestros laicos gobernantes, por cierto, han quitado a Dios del entramado mental monoteísta donde ellos o sus padres o sus vecinos lo tenía subido (sin que dicho entramado, por cierto, tenga que ver con el cristianismo) y se han situado ellos en lugar de la divinidad destronada. Así, pueden citar a Nietzsche para justificar su avidez de venganza, su resentimiento, un resentimiento del que tampoco se libraba el propio Nietzsche. Y no olvido la cara abiertamente eclesiástica de esta trama que representan en España Rouco Varela y la Conferencia Episcopal Española a la que dedicaremos también en su momento unas palabritas. Unos y otros son monoteístas, anticristianos y muy, pero que muy, soberbios. Y malos, por supuesto. Pero cubren su infamia con velos, bien sea el de un discurso rancio nacionalcatólico o un discurso de progresismo barato capaz de venderse por cuatro duros a la banca, porque claro, como ya no hay Dios entonces ponemos nosotros al Dios que nos conviene. Toma del frasco. ¡Qué duro es ser ateo, verdad, qué difícil y qué meritorio! No, estos laicos de fachada ni son ateos ni lo van a ser en toda su idolátrica vida. Porque ser ateo de verdad, librándose de los ídolos con todas sus consecuencias, requiere mucha filosofía y mucho valor. Que lean a Séneca, que lo lean.

Pues bien, este panorama moral de engaños y autoengaños es el que tiñe la democracia española. Insisto y espero estar explicándome con claridad. Se trata de un tinglado que consciente o inconscientemente justifica lo que de hecho es el dominio de los carentes de escrúpulo moral sobre una mayoría inocente. Es verdad y así parecía hasta la fecha en España que esta mayoría supuestamente inocente obedecía a los mismos ídolos, de manera que el pobre ha estado robando al pobre y dando el triste espectáculo de un país de pícaros donde todos vendíamos a nuestra madre por cuatro duros, como contaba en el post del pasado martes 28 de junio de 2011. Esto era para mí, decía, doloroso e incomprensible. Pero he ahí que, repito, surge como un relámpago el 15M. Una de las cosas que este movimiento representa es, he dicho, una ilustración que está demostrando un esfuerzo esencialmente filosófico por desentrañar lo que hay de ideológico en los discursos e instituciones de la “democracia”, el abismo entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se aparenta y lo que se es, por parte de banqueros, políticos e inquisitoriales sotanas de todo tipo, incluido y sobre todo, las sotanas laicas.
Así que desde una mente abierta y sin inconfesables intereses el 15M era y es para alegrarse. Se alegran de él la gente buena si es que no las ciegan los velos de la ideología y del miedo. Por eso el 15M es la prueba de fuego para que cada uno se reconozca cómo es verdaderamente. Gracias a él lo que antes funcionaba, los engaños de la prensa y los políticos, los autoengaños sutiles, ahora resuenan con estridencia y ya no pueden engañar a nadie. Así, quienes oponen sesudos discursos que vienen a cuestionar algo tan racional y luminoso como está siendo este movimiento de reflexión, pedagogía y filosofía en la calle, se delatan ellos y ellas, solitos. Su infamia choca y es visible ya a la legua sin que puedan disimularla. Es el caso, por decir un ejemplo conocido por todos, del periódico El País, empeñado en enterrar esta sana y democrática subversión. Seguramente porque quienes están detrás de El País jamás han creído en la democracia, sino que la han tomado como el instrumento para sus fines particulares por encima siempre del bien común. Es tiempo de probar la catadura moral que tenemos. Por desgracia tiene que venir el sufrimiento de una crisis económica que no es sino un robo descarado y masivo, un auténtico expolio a millones de personas, un latrocinio del futuro y del horizonte de generaciones enteras, para que aprendamos, con mirada ilustrada, a diferenciar los embaucadores de los sinceros y veraces. La novedad de todo esto es que ya los embaucadores no pueden engañar. Su impotencia en este sentido es cada vez más evidente. Ya sabemos que son monas vestidas de seda.

Así pues, el tiempo urgente es aquél en el que están cayendo estos velos, en el que el robo y la infamia son tan descarados que se están cavando su propia tumba. Se han pasado de rosca y nos han tomado por tontos. Ahora, los mentirosos comprueban que ya no pueden seguir mintiendo ni riéndose de nosotros. Es un tiempo en el que el dolor de los inocentes se ha propagado velozmente sobre el mundo. Pero ahora este dolor hace temblar al mundo. Los malos (sí, soy maniqueísta, no encuentro un mejor lenguaje para referirme a los culpables del expolio del que unos son cómplices y otros víctimas) intentarán aplicar lo mismo de siempre: un remedio (reforma laboral, fuerza bruta, manipulación mediática, ideología pseudemocrática) para mantenernos temblando, pero esta vez corremos peligro de muerte, y cuando eso ocurre, el enfermo se alza contra quien le administra un veneno diciendo que es la medicina. Así, nuestro cuerpo destrozado, lleno de malestar, dolorosamente sabio, en el límite de sus fuerzas, cuando parecía morir, resucita in extremis.

Este tiempo urgente de límite y desesperación, decía, requiere una moral de urgencia. Esta moral es la que se va a poner a prueba. Muchos querrán pactar con el diablo llamándolo sentido común. Pero serán sus mezquindades particulares las que hablarán por ellos. No hablará realmente la razón y el espíritu crítico aunque lo parezca, sino su burda adhesión al fango donde se revuelcan y hozan. Sus inteligentes y bellos discursos serán gruñidos. Gruñidos de cobardes y descastados colaboradores con aquello que mata de hambre y de dolor a la humanidad. Apelarán a una moral complaciente con el mal y la enfermedad. Pero esa apelación revelará al ojo ilustrado que sólo obedecen a sus intereses particulares, con lo que no es ética sino sofística moral lo que demuestran. Tampoco será, como es evidente, democracia, sino tiranía, lo que estarán defendiendo. Les falta el auténtico ingrediente de la moral: la empatía con el dolor de cualquier ser humano que hace que el dolor ajeno sea propio. Sólo este resorte ético es capaz de hacer que abramos los ojos al fuego que viene. Se trata de un tener presentes en la inteligencia y en el corazón a las víctimas. Pero no las víctimas glamourosas que dan nombre a algunas calles o santorales, sino a los olvidados, a las víctimas de verdad, a aquellos de quienes nadie se acuerda o que humildemente cuidan a nuestros enfermos y ancianos en nuestro propio barrio, los que a pesar de la marea maligna de una España que ha hecho durante diez años de la picaresca su ideal, han persistido calladamente en ofrecer la mano al que se cae. Las víctimas y los ángeles anónimos que la historia ignora y a espaldas de los cuales, sin atender a su combate humilde y pacífico, se habla de progreso. Aquellos con quienes se están cebando los bancos, la CEOE y los políticos de todos los parlamentos existentes en la España de la democracia representativa que demagógicamente defendía El País el martes pasado. Este pesado lastre de los sin nombre debe ser ahora la gasolina de toda moral, de toda reflexión ética y creo que incluso también de la política en las nuevas formas que vienen para ella. El 15M, a su manera, intenta incluir este elemento del olvidado dolor de los pobres en la democracia, pues sin él, toda democracia lo es sólo de boquilla. En el 15M se ha comprendido que no hay política sin ética. Pero esto requiere una ética especial, para este tiempo delicado y urgente. Una ética in extremis que eluda el peligro de la moral complaciente y connivente con el mal que nos mata. Para ello hay que recurrir de nuevo a un cierto heroísmo capaz de hacer peligrar, en nombre de la justicia y la libertad, la propia situación privilegiada. Puede parecer extremo pero tal como está de bien enredado todo por los nigromantes de la doble moral, hay que asumir este riesgo. España despierta de su miedo y de su sueño. La España que perdía toda dignidad cuando ganaba el Mundial de fútbol nuestra selección. Entonces, ante la sonriente mirada de los políticos y los banqueros, aclamábamos a aquello que nos convertía en parados y en pobres. Espero que ahora el 15M no ceda al miedo y a la pereza. Nuestros verdugos dicen palabras razonables en las que no creen. Sepamos percatarnos de esto. No se puede defender la justicia y permitir el robo, el asesinato y la mentira que inundan ahora mismo España y el mundo. Acudamos a los hechos y a las prácticas.

Hay que posicionarse con claridad, con arrojo, y estar dispuestos a una larga, tenaz y acaso dolorosa lucha cuyo símbolo e instrumento deber ser la no violencia. Es tiempo de que nos definamos y de mostrar lo que somos. Precisamente porque hemos callado mucho, ahora la palabra de paz debe inundar sosegada y soterradamente el mundo, para extenderse como se extiende el aceite sobre la mesa e impregna todo lo pétreo hasta su mismo núcleo mineral. Lenta pero penetrantemente. Acabará llenando el mundo. Hemos descubierto que para ello, para tener de nuevo vergüenza moral, se requiere una poderosa valentía. Como decía un escrito que circuló poco antes de la masiva y exitosa manifestación del 19J que dio una lección a periodistas, políticos y banqueros, a cada bofetada que nos den, pondremos la otra mejilla. Así, les venceremos.