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domingo, 11 de septiembre de 2011

La educación homérica.


El estudio de instituciones, normativas y formas de organización de la educación, es decir, de cómo cada sociedad o Estado ha abordado la instrucción de los súbditos para fines concretos, es ilustrativo acerca de las estrechas relaciones que guardan una moral más o menos promovida oficialmente, un régimen político y un modo de plantearse la educación. Así, ética o moral, política y educación son tres elementos que se relacionan y definen un contenido histórico determinado, una época o período. La historia, en lo que se refiere a los contenidos que la constituyen, a las formas concretas que va adoptando, muestra que la educación posee innegables elementos políticos y morales. A cada estructuración concreta corresponde morales y pedagogía concretas. Es más, incluso el hecho de ver o no la necesidad de un saber pedagógico diferenciado ya es histórico y constatamos que no siempre ha ocurrido así. En teóricos como Platón, la educación forma parte de la política en la obra República y en el caso de Aristóteles, por ejemplo, tampoco se escinde claramente lo educativo de la política, ambos tratados en su obra Política

Hay vestigios de lo que podríamos considerar escuelas en la antigua Mesopotamia, pero responden, lógicamente, al carácter fuertemente aristocrático y estamental de las primeras civilizaciones de ciudades estado entre el Tigris y el Éufrates. En realidad, son lugares donde un escriba-maestro y sus ayudantes transmitían el arte de la escritura fundamentalmente a alumnos que se formaban para pertenecer a una élite vinculada a la realeza, la de los escribas, que constituían, ya digo, un grupo de gran influencia y prestigio en aquellas sociedades, como en el antiguo Egipto. Estas primitivas escuelas impartían a grupos de alumnos jóvenes sentados en grandes bancos, por tanto, la enseñanza de la escritura. Además, había lecciones que dictaba el maestro y parece que se debatía sobre los temas tratados. La disciplina era durísima e incluía, como fue normal en toda la antigüedad, el castigo físico. Se conservan hoy restos de tablillas de cerámica de ejercicios escolares que eran grabados en la arcilla fresca. La escritura fue un enorme y singular avance tecnológico y cultural, que resultaba costoso de aprender y al que tenían acceso en las primeras civilizaciones tan sólo unos pocos. Parece que su utilidad era grande en la administración y necesidades organizativas y económicas de los antiguos reinos-ciudades. Fundamentalmente, la escritura era un instrumento del poder que era controlado por y para el poder. Pronto se grabaron las leyes y regulaciones, así como acuerdos comerciales o tratados de paz. Demostró una utilísima eficacia y seguramente contribuyó a afianzar a los distintos gobernantes o regímenes políticos, siempre de corte aristocrático, guerrero y autoritario. Así, enseñar a escribir era una actividad estrechamente vinculada con la política oficial y se organizó primitivamente para ello.  

Este viejo tipo de instrucción basado en el escriba y la escritura no llegó a Grecia hasta muy tarde. Las primeras sociedades de la Grecia arcaica eran reinos con un rey rodeado de una aristocracia de guerreros que será la que marque el carácter de la cultura y los ideales perseguidos en la educación. La figura mitológica del centauro Quirón representaba un saber enciclopédico volcado a una sabiduría práctica, del saber manejarse bien en la vida. En la Ilíada aparecen ya personajes más realistas como Fénix, maestro de Aquiles. Es el modelo del viejo preceptor que ha criado y asistido al niño noble desde pequeño, cuidándolo y proporcionándole el saber necesario para destacar en las asambleas y en la guerra, donde el hombre noble buscaba la fama. El ideal era ser un buen orador y un realizador de hazañas, o sea, “un orador y guerrero, capaz de corresponder a su soberano tanto en el terreno político como en el militar” (p. 25). En la Odisea esto aparece de forma parecida con Atenea instruyendo a Telémaco bajo la apariencia de Mentes o de Mentor. “Advertimos así, en los orígenes mismos de la civilización griega, un tipo de educación claramente definido: en el que el joven noble recibía consejos y ejemplos de un adulto al que había sido confiado para su formación” (p. 25). 

En la educación homérica, señala el historiador Marrou en su excelente obra sobre la educación en la Antigüedad que estamos siguiendo, que había un doble factor. Por un lado se inculcaba una técnica, entendiendo esto como iniciación en un estilo de vida. Y por otro lado, se inculcaba un ideal o una moral que apuntaba a algo por realizar, a un cierto ideal de existencia. En este segundo aspecto, Marrou desarrolla el ideal caballeresco homérico que, en la medida en que Homero siempre estuve presente en la educación antigua como textos canónicos en la enseñanza, pervivió todo el tiempo. Homero fue, según Platón, el educador de toda Grecia, cosa que ya había hecho notar Jenófanes en el siglo VI a. C. Aunque el predominio de la obra de Homero pudo justificarse en algunos momentos por su valor estético, en realidad había más motivos subyacentes. “la epopeya no fue estudiada primordialmente como obra maestra de la literatura, sino porque su contenido la convertía en un manual de ética, en un tratado del ideal. (…) el contenido técnico de la educación griega evolucionó profundamente, reflejando las transformaciones radicales del conjunto total de la civilización: sólo la ética de Homero pudo conservar, además de su valor estético imperecedero, un alcance permanente” (p. 27). De todos modos, como todavía ocurre con cualquier texto canónico o clásico, se puede utilizar y usar de muchas maneras. Hay un modo típicamente conservador o incluso reaccionario (según las circunstancias del momento) que consiste en promover valores y una cultura arcaicos que no responden totalmente al presente, o en todo caso, responde a un presente que va al pasado para justificar la eternidad de lo que es en realidad contingente. Se trata del impulso por hallar “valores eternos” en viejas obras que ya en su estilo, imitado con pedantería, suponen una regresión que se ofrece como respuesta a un presente cuyo dinamismo tira hacia lo nuevo. Es el ideal, creo, de una pureza, de un conocimiento impoluto, etéreo o ultramundano que se eleva y finge regir o querer regir el presente desde los altos cielos. Pero el arcaísmo a menudo obedece a una aspiración de mantener valores y estructuras en la sociedad propias de, en el caso de Grecia, una antigua cultura aristocrática. Esta es una fuerza que parece estar dándose casi siempre en la historia entre modelos elitistas o aristocráticos de sociedad, defendidos por las instancias conservadoras (Esparta, oligarquía ateniense), y modelos más democráticos, como el que acabó gobernando Atenas en el siglo V a. C. El caso es que estos ideales y conjuntos axiológicos son, en realidad, apuestas por formas de existencia y de configuración social y política. Creo que en todo estudio de las ideas debe mantenerse una cierta vigilancia acerca de este hecho, lejos de toda especulación meramente abstracta.  
La ética homérica, pues, responde a una sociedad o grupo social concreto. Se compone de sabiduría práctica del tipo oriental (la misma de los libros sapienciales del Antiguo Testamento), una moral heroica del honor que se basa en el amor a la gloria. Resulta interesante la observación del historiador que estoy siguiendo de que hay un pesimismo griego en torno a la fugacidad de la vida y la carencia de valor de la otra vida, que lleva precisamente a buscar lo bueno en la vida real. Así lo expresa, con su estilo un tanto idealista: “Esta vida tan breve, que su destino de combatientes vuelve todavía más precaria, nuestros héroes la aman fervientemente, con ese espíritu tan terrenal, con ese amor tan franco y súbito, que a nuestros ojos sirve para definir una evidente actitud del alma pagana. Y no obstante, esta vida terrenal tan preciosa, no representa a la luz de sus ojos el valor supremo. Siempre dispuestos -¡y con qué decisión!- a sacrificarla en aras de algo superior a su propia vida; y es en este sentido en el que la ética homérica se convierte en una ética del honor” (p. 29). Este valor superior al que se sacrifica la vida es la areté, que a veces se traduce por “virtud”. En la moral homérica, la areté es lo que hace a un hombre valiente, un héroe. La gloria a la que se aspira será, entonces, el reconocimiento público de los valientes. Subyace, por tanto, un ideal agonístico de la vida, como combate o competición deportiva. El hombre “homérico” aspira a destacar entre los demás, a ser el primero y superior dentro de su categoría. Los grandes héroes de los poemas homéricos serán como modelos o paradigmas que ha de seguir el griego noble y libre y que precisamente se vinculan con la permanencia de este grupo y estructuración social. Es el modelo de un heroísmo que justifica un tipo de sociedad aristocrática y fuertemente jerarquizada, que viene en el fondo a sancionar al aristócrata como bueno y admirable. Así, un viejo modelo social determina y configura una mirada que pare una cierta axiología concreta. La educación, en este sentido, sirve a la consagración y perpetuación de este viejo modelo propio de la Grecia arcaica de los guerreros individuales que pronto serán sustituidos (léase Esparta) por un tipo de ejército organizado en el que el ideal ya es ser un buen soldado en un conjunto disciplinado y no tanto un noble combatiente solitario. En el próximo post dedicado a la educación antigua nos ocuparemos de este caso representado sobre todo por Esparta. Sí quiero señalar la distinta forma de entender la educación que son, por un lado, la cultura del escriba de carácter literario que a Grecia llegará muy tarde, y, por otro lado, la cultura heroica del guerrero singular que persistirá como cultivo del deporte cuya presencia en la primitiva educación griega, veremos, era predominante, hasta que se impuso un modelo de escriba literario en la Grecia clásica que fue desalojando al deporte y la cultura física de la educación.