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jueves, 29 de diciembre de 2011

Sobre tecnología y ciudades.


Gran parte de la humanidad ha desaparecido para siempre, al menos, en lo que se refiere a dejar huellas. Es una ingente humanidad tribal y paleolítica de la que, por mucho que se investigue, sigue sin saberse apenas nada. La humanidad de la que hemos de suponer que si poseía el mismo afán inquieto de todos los seres humanos no se estuvo quieta nunca. De su larguísimo tanteo, con la lentitud de siglos que requiere cualquier hallazgo tecnológico de lo que se ha llamado Neolítico, siguiendo etapas de las que nada sabemos, se hizo sedentaria entre el 9000 y el 7000 a. C. De las regiones donde esto se puede estudiar mejor es en Oriente Próximo, en la llamada Mesopotamia por los griegos, en torno a los ríos Tigris y Eúfrates, en el actual Irak. Sin embargo, nada en la geografía ni el clima de la región parece contribuir a lo que vino, a la insólita proliferación de gente y de aldeas. Así lo manifiesta el historiador Georges Roux en su obra Mesopotamia. Historia política, económica y cultural (Akal, Madrid, 2002).

Contra lo que a veces se dice, hay regiones mucho más propicias a la agricultura y que poseían mejores condiciones materiales para producir asentamientos grandes humanos y un uso intensivo de la agricultura. Según algunas investigaciones, incluso parece que algunos granos se importaron a la región por parte de emigrantes procedentes de otras zonas que hoy aún no han podido determinarse. Lo insólito es la explosión demográfica y la explotación agrícola y ganadera cuantiosa que se dan en distintas zonas de Mesopotamia. Si en efecto la región ni siquiera proporcionó los cereales de manera natural hasta que éstos fueron traídos de otras zonas desconocidas, si además había que sufrir calurosísimos veranos de 50 grados y el riesgo en invierno de tempestades y destructivas inundaciones, si la desembocadura de los ríos es un inmenso cañaveral pantanoso de casi estériles marismas, si la tierra requiere especiales cuidados para no salinizarse rápidamente y convertirse en estéril… repitámoslo: ¿Por qué aquello se llenó de aldeas que llegaron a constituir las primeras grandes ciudades de las que se tengan hoy día pruebas materiales? ¿Por qué se concentró tamaña población justo allí y no en las regiones más amables climatológicamente y más propensas a producir cereales o incluso árboles y bosques? La madera hubo de importarse, así como el marfil, la obsidiana e incluso el sílex. Esto evidencia al menos una cosa, que desde la más remota antigüedad, los asentamientos humanos, los primeros asentamientos, se hallaban en estrecha interrelación con otros pueblos hoy desconocidos, con los que sin duda se comerciaba para obtener estas materias indispensables. Las más antiguas civilizaciones pudieron darse porque había intensas relaciones comerciales a lo largo de distintas rutas con otros pueblos. 

Una evidencia que parece que nos acompaña desde los orígenes es el culto a los muertos y las distintas formas de religiosidad. Los pueblos más antiguos dan muestra y han dejado huellas evidentes de una profunda religiosidad asociada a la muerte y a la fertilidad. Como afirma Roux, en Oriente Medio la sensación de estar sujetos a las veleidades climatológicas produjo seguramente una rápida necesidad de controlar los cambios imprevistos que afectaran a las cosechas. Así, el hambre y la muerte, la inseguridad en relación con ello, dieron forma a los estilos más arcaicos de religiosidad. La sensación de aquellos hombres era tal vez la de ser llevados por algo, de estar sujetos a designios ajenos y superiores. Tengo que decir que esto no es más que ideas que me ha sugerido la lectura del mencionado libro y que la religiosidad más antigua merece un estudio serio histórico. Uno de los temas humanos más estudiados es, creo, el de la religión. Habría que ir a muchas buenas obras existentes para seguir “imaginando” las vivencias y sentimientos religiosos de aquella lejana gente. Atendiendo estrictamente a objetos materiales, sí hay fuertes indicios de una preocupación por aspectos venerables del universo, de los que los hombres se sentían, además, dependientes. Este impulso religioso propio del hombre podía no haberse dado. Cabe elucubrar con una humanidad más “presentista”, más satisfecha con lo dado, que no hubiera necesitado mitos ni religión. Pero esa humanidad no es la nuestra. El hombre se ha sentido de algún modo imperfecto y ha apuntado a un cierto plus, a algo añadido a la realidad más inmediata, bien sea un plus mundano (animismo, panteísmo) o ultramundano (dualismos “sobrenaturalistas”). Esto ha venido dado quizás por el ciclo de las estaciones, por la muerte y por las tan esperadas como inciertas cosechas cuyo fracaso significaba la muerte de miles de individuos. En fin, pospongo este asunto fundamental para cuando emprenda las necesarias lecturas que se reflejarán es sus respectivos posts en este blog.

La importancia de la religión en las culturas paleolíticas y neolíticas produjo en los primeros centros de población considerados ya propiamente ciudades la erección de templos muy rústicos primero y cada vez más complejos. Parece que en torno a los templos de adobe y a una antiquísima casta sacerdotal se organizó la economía agrícola de las muy primeras civilizaciones en Oriente Medio. El poder social y político emergió del poder o carisma religiosos. Así fue en los pequeños núcleos, pero cuando aparecen las primeras ciudades, siendo Uruk la primera “gran” ciudad en Sumer (antes hubo tres más pequeñas con una conocida industria de la alfarería y ya importantes desarrollos tecnológicos). En torno, pues, a lo religioso, se dio un cierto estilo de jefatura organizativa. Los templos se encargaban de guardar los excedentes y de distribuir el grano, así como de dirimir soluciones para conflictos con las lindes y organizar la construcción de canales y regadíos. Pero en Uruk ya hay un poder político distinto del religioso. Es la figura del rey que se legitima como investido por la divinidad (no como una divinidad, al estilo egipcio). En la creencia de aquella gente, era un hombre al que un dios otorgara la responsabilidad de velar por el bien y la justicia. Es así como durante milenios la humanidad justificó el poder de los reyes. En la Biblia, de hecho, en algunos salmos (escritos varios cientos de años más tarde), aparece la figura del rey como una figura protectora cuya misión es proteger al débil y evitar los abusos de los fuertes a los débiles. 

Es resaltable el halo sagrado con el que desde aquellos orígenes de la civilización se revistió el poder político. El magnetismo de lo considerado sagrado y del impulso religioso del hombre se canaliza hacia una institución concreta. Así, la relación de los hombres con los reyes era al modo paternalista infantilizante con el que se veía cualquier hombre frente a las tempestades o las hambrunas o fuerzas naturales. Se canaliza, pues, la dependencia a algo sagrado existente en la naturaleza hacia algo social sagrado. Es un aura que parece no desaparecer y que incluso hoy se podría uno atrever a identificar en el prestigio y la veneración admirativa irradiada por las actuales monarquías o por la clase política. Este tema ha de ser desarrollado y espero abordarlo pronto en algún post. Quizás el poderoso ha disfrutado siempre de esta erótica, aunque en lo que respecta a los discursos, hoy se esfuerza, en la versión “democrática” del actual mundo capitalista, por simular que es un nadie. Pero por mucho que se idealice la relación con el poderoso como relación con un igual, nunca lo es, y operan fuerzas en sentido contrario, en el sentido de la diferenciación y definición de una clase política con habitus y manejos particulares de la misma. El poder nunca es concreto. Si vamos a lo concreto entendiéndolo como plana desnudez del dato, un poderoso no es un poderoso. Su poder desaparece fulminado por la mirada pulverizadora del científico, que es el otro poder que hoy hace mella al político. De hecho, el poder es una cuestión abstracta que parece irradiar de una relación especial, de un halo que se coloca en un nadie en una situación, en un lugar donde todos miran y se admiran. Por el poder, un hombre deja de ser un hombre. Se le añade el plus con el que también juega la creencia religiosa, ese plus que todos parecemos buscar y pretender hallar en la realidad. Y esto ya se ve en las primeras ciudades de la antigua Mesopotamia. Creo que este encantamiento sigue muy presente en nuestras sociedades supuestamente desencantadas y que incluso a veces es la burocracia la que oficia esta liturgia. Mucho de lo que se ha secularizado en nuestro momento histórico es una extrapolación de lo sagrado de un ámbito a otro (por ejemplo, de la Iglesia al Estado laico). 

El poder se fue especializando en el culto, por un lado, y en la política, por otro. A cambio de la protección, los reyes cobraban impuestos y empezaron a organizar la economía. Esto ocurrió en el único lugar del mundo en aquella fecha en el que un hombre se cruzaba con desconocidos a diario, algo insólito para la gran mayoría de la humanidad. Estos hombres, los sumerios, hablaban una lengua de origen y familia desconocida (diferente de las lenguas indoeuropeas y semíticas que se hablaron posteriormente en Mesopotamia). Inventaron la escritura, que se fue estilizando desde primitivos ideogramas hasta la escritura cuneiforme en la que un signo expresa más o menos sílabas y a veces palabras o desinencias para las lenguas semíticas (acadios), que sirvió sobre todo para fines organizativos, para la compleja logística de una ciudad, para la recaudación, distribución y control oficial de los bienes. Escribían en tablillas de arcilla y el dominio de la escritura era propio de una casta de escribas que tenía escuelas situadas en templos, palacios o en calles como escuelas privadas. Se han excavado algunas, que aun tenían sus bancos de arcilla y tablillas con ejercicios escolares. Hay algún texto que habla, aunque con tono satírico, de una terrible disciplina e incluso de “tráfico de influencias” y favoritismos.
Pronto la escritura produjo también bellos textos literarios. La cultura sumeria y en general mesopotámica nos ha llegado en gran parte gracias a cientos de miles de tablillas que se guardan y que todavía deben descifrarse en su gran mayoría. Las epopeyas e historias sagradas y profanas de la vieja Mesopotamia están pulcramente traducidas y comentadas críticamente por dos grandes especialistas en una obra de la editorial Akal que he adquirido hace unos días, a partir de tablillas del primer periodo babilónico. Una joya que pienso leer despacio para proseguir mi intento de confrontar mi presente con aquel pasado, estudiando los mitos y narraciones que produjeron hacen tantos años los hombres que empezaron un camino de la humanidad que hoy seguimos andando aunque sin saber decir si fue algo afortunado o detestable. 

Alguien podría preguntarse por el sentido de ir a esta gente y no a nuestros “padres” griegos, mucho mejor conocidos y que alcanzaron finalmente logros mucho más altos. En realidad, de una civilización complejísima, con varias lenguas y periodos, finalmente sólo pasó a la tradición occidental griega que nos ha determinado algún texto de magia y de astrología, ambas muy desarrolladas en Mesopotamia. En efecto dieron gran importancia a la magia, elaborando complejos rituales y técnicas de adivinación que se guardaban celosamente en bibliotecas de tablillas de arcilla. Pero además llegaron a grandes logros en matemáticas, química, astronomía. Bien es cierto que, según Roux, no hicieron síntesis unificadoras del saber ni teorías básicas o búsqueda de principios, lo que dotó a su conocimiento “científico” de una cierta dispersión y una miopía pragmática incapaz de una comprensión global del mundo. Esta comprensión acaso se la pidieron a su religión claramente politeísta, con dioses nacionales, y muy enrevesada. No resisten la comparación con los griegos que tras las conquistas de Alejandro Magno acabaron helenizando rápidamente toda el área que permaneció como cultura griega o persa hasta la islamización. 

Todo lo dicho en este post podría verse, y más tras haber reseñado el fracaso final de una cultura que acabó olvidándose del todo hasta las primeras excavaciones en Irak a mediados del siglo XIX (Herodoto ya ignora incluso el nombre de muchas grandes ciudades otrora opulentas que él vio apenas como ruinas desconocidas). ¿A qué viene esta delectación erudita? ¿Tiene algún sentido más allá del placer de simular un viaje en el tiempo? Creo que sí. Allí pasó algo que nos explica y que también nos dio las bases para ser ahora lo que somos. Fue algo que sin duda también posibilitó que existiera Grecia. Mesopotamia existe del mismo modo que nuestros más misteriosos ascendientes personales de los que apenas conservamos algún objeto (¿una cuchara? ¿Algún mueble?), pero sin los cuales no existiríamos. A ellos debemos ser en el modo que somos y la existencia física, pero no sólo física. En Mesopotamia la humanidad se produjo en el modo que hoy existe. Hubo algo que más allá de avances tecnológicos configuró un modo de existir que en principio podemos llamar “civilización”. Yo creo que ellos están ahí, no tanto por un deseo o proyección romántica por mi parte, sino como algo que ciertamente me constituye sin saber ahora determinar cómo. Soy un eslabón de esa cadena que empezó allí por la que la especie dio un salto o cambio cualitativo sin el cual todo habría sido distinto. Fue un modo de vida y de organizar la vida que fue imitándose y heredándose hasta la actualidad y que nos sitúa ante un horizonte de posibilidades que en sus líneas más generales no ha cambiado desde entonces. Antes de aquello, en el Paleolítico, la humanidad era una cosa con unos límites y con una materialidad distinta de la que ahora existe. Nosotros somos, en cierto modo, otra cosa.