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lunes, 27 de junio de 2011

"El dios crucificado", de Jürgen Moltmann

He terminado de leer El dios crucificado del teólogo protestante Jürgen Moltmann. El libro representa un esfuerzo por ubicar realmente en la historia la presencia, que se ha pensado usualmente como más o menos externa a ella, de Dios. Moltmann apunta, frente al monoteísmo puro, a una esencia auténticamente cristiana que parte de la idea trinitaria de Dios que él interpreta de un modo llamativamente hegeliano, por el que Dios tendría también su proceso. No tanto por despojamiento (kenosis) que supondría la voluntaria retirada de la divinidad omnipotente del mundo, sino por alienación. Es decir, en el Dios hecho Jesús estaría totalmente Dios, Jesús (el Hijo) sería todo Dios, pero en una suerte de autoalienación. El Hijo pertenece siempre a la esencia divina, durante su encarnación o fuera de ella. Dios se haría hombre y experimentaría la lejanía de sí mismo de un modo extremo en el famoso grito en la cruz antes de morir que relata el evangelio de Marcos y que según apunta la crítica textual y la investigación fue proferido casi con total seguridad. Es el famoso “Señor, señor, ¿por qué me has abandonado?”. Su muerte no fue la de un mártir, sino mucho más terrible y solitaria, más desconcertante. Así, la historia y su vida humana es una continuación o proyección de lo que ocurre intratrinitariamente en la divinidad (si lo he entendido bien). La Trinidad se realiza también en la historia y en el mundo. Este hegeliano salir de sí implica un momento de total escisión que se experimenta con el desgarro y el sentimiento de abandono de Jesús en la cruz. La cruz ciertamente fue y debe seguir siendo un escándalo. Significa el punto del máximo fracaso, de la impugnación que contra todo lo esperado niega lo que parece que iba bien encaminado. Se trata de un terrible silencio de Dios experimentado por Dios mismo que se hace hombre con todas las consecuencias, frente a los docetismos más o menos difusos que perduran en la cristiandad. Así, el hacerse hombre del Dios cristiano no es tanto como dice la teoría niceana la coexistencia de una doble naturaleza divina y humana de Jesús, en la que perduraría un abismo en la figura de Jesús igual al supuestamente existente entre el mundo y Dios en el monoteísmo puro (Islam), sino que ambas “naturalezas” serían, en la visión de Moltmann, una misma, pues es totalmente Dios el que fracasa, sufre y muere abandonado en la cruz. No se trata de un paso por la existencia humana de quien sigue siendo el Dios omnipotente, sino de un cuestionamiento trágico de la omnipotencia de Dios por el propio Dios. Esto, al margen de que parezca una simple especulación teológica intelectual, casi una suerte de juego mental, tiene una enorme importancia para los seres humanos, ya que, según explica Moltmann, si es Dios quien experimenta el abandono, quiere decir que podemos sentirnos abandonados y fracasados, pero en ese fracaso está Dios que no obstante, sigue siendo y sigue estando ahí. Es una consecuencia no sé si para el consuelo de quienes sufren en el mundo. Significa saber que en el mundo hay junto al dolor inexplicable e injustificable, una presencia, a pesar de todo, que puede hasta cierto punto acompañar, de Dios. Un saber que es propio de la historia humana y del mundo el pasar por horribles abandonos y sufrimientos, pero que existe al mismo tiempo un misterioso aval para quien no obstante opte por hacer como Jesús (el seguimiento de Jesús). Seguir a Jesús, en este sentido, implicaría jugársela, experimentar en ocasiones el abandono y el fracaso, bien sea por persecuciones de tipo político o por la inevitable presencia de la muerte y la enfermedad, apostar por la vida a pesar de todo, y (y aquí está la fe) saber que Dios permanece misteriosamente en todo ello. Así, la historia y la existencia humana sería una continuación de un proceso vivido por el mismo Dios, el proceso intratrinitario.

Así, el problema práctico que subyace al libro de Moltmann es el de la teodicea, es decir, el de si es posible justificar el mal de algún modo, excusar que tengamos que sufrir, que fracasar y que morir. Le respuesta de Moltmann no es en absoluto una teodicea, pues no quita ni un ápice de irracionalidad e injusticia al dolor y al sufrimiento. Los considera injustificables. Pero, y aquí estaría la respuesta cristiana, habría un cierto consuelo en la idea de que, a pesar de todo, Dios existe y está ahí, aunque calle.

El libro de Moltmann entiende la cruz como una negatividad constante que impugna cualquier lectura triunfalista de la historia. La historia para los hombres está llena de cruces. Esto significa un desafío que en realidad muy pocos hombres, ni siquiera los que se consideren cristianos, aguantan y saben encajar. Porque es como si el cristianismo fuera, contra lo que se ha entendido que era por ejemplo por Marx (opio del pueblo) todo lo contrario, al menos el cristianismo bien comprendido. A todo proyecto y a todo avatar histórico, a todo sueño, a toda ilusión, la cruz se opone como una suerte de pesado lastre que nos dota de realismo, es decir, que nos recuerda siempre lo mucho que queda por hacer, lo inacabado que está todo, lo imperfecto… y es una suerte que sea así, porque es precisamente el único modo de vencer a los fundamentalismos y a las dinámicas inquisitoriales (religiosas o ateas) que ha producido el propio cristianismo de la gloria y la excesiva confianza en lo logrado o el ateísmo malo (porque hay, a mi juicio, un ateísmo encomiable pero muy difícil de llevar con coherencia que yo hasta la fecha no he encontrado en casi nadie) que pone al hombre en el lugar quitado a Dios (autodivinización del hombre como forma de idolatría). Esto conecta muy bien con autores que a mí me encantan, como es Walter Benjamin (y por tanto habría que ver este elemento impugnador también cómo se presenta en el judaísmo, aunque Moltmann creo recordar que apunta a la judaica prohibición bíblica de representar imágenes de Dios). La relación es grande, hasta cierto punto, con la Teología de la Liberación. Este tipo de lecturas del cristianismo coinciden en una perspectiva materialista (presente ya en el Génesis) que enfatiza el papel de la historia humana y la implicación de Dios en ella aunque fuera puntualmente con su humanización en Jesús y constantemente con su estar ahí en silencio y en aparente ignorancia de lo que sucede. La búsqueda por tanto de Dios ha de hacerse en la historia, ahí es, como ocurrió con Jesús, donde se manifiesta, pero siempre en términos históricos, desde lo material, mundanamente. Moltmann se esfuerza en superar concepciones gnostizantes o dualistas que opongan al mundo lo ultramundano. Para él lo ultramundano en el mundo es siempre, aunque suene paradójico, mundano. Nada de lo que ocurre en la Tierra ocurre fuera de la Tierra. Esto no implica, por otro lado, que no haya un Dios trascendente, sino que el lugar donde se desarrolla la presencia de ese Dios y su relación con nosotros, al tiempo que la búsqueda que podamos emprender del mismo, es en la Tierra y por tanto de un modo terrenal.

Como anécdota que ya conté una vez en este blog, me gustaría señalar que en el museo de los mártires de la UCA de El Salvador, donde hay recuerdos de los jesuitas asesinados en 1989 por el ejército salvadoreño en el contexto de la guerra civil vivida en ese país, en una vitrina se muestra un ejemplar de la primera edición en castellano de la editorial Sígueme del libro El dios crucificado. Los bordes del mismo están manchados por la sangre de uno de los mártires.