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viernes, 16 de septiembre de 2011

Organización de la educación en el siglo XVIII


De manera paralela al estudio de la educación antigua, según se desprende de las fuentes existentes, y excelentemente expuesto en el libro mencionado en nuestro post anterior, estoy leyendo sobre el origen y desarrollo del moderno sistema educativo español. Para ello me valgo por ahora del libro Educación e ideología en la España contemporánea de Manuel de Puelles (Tecnos, Madrid, 2010). Se trata de una obra sintética que expone los cambios en la política educativa basándose sobre todo en los textos legales y manifiestos de algún intelectual o político relevante. Sobre todo, el autor se basa tanto en proyectos de leyes o reglamentos que no llegaron a entrar en vigor como en aquellas normativas que tuvieron vigencia durante un tiempo. El moderno sistema educativo debe entenderse como una manifestación íntimamente ligada a la historia de la España y Europa de fines del siglo XVIII en adelante. En las polémicas y batallas desatadas en torno al mismo se reflejan las pugnas ideológicas para cuya comprensión habría de echarse mano de obras de pensamiento político e historia de las ideas, así como, por supuesto, estudios sociales y económicos del periodo señalado. El libro de Puelles se limita, sobre todo, a exponer distintas políticas educativas trazadas por los diferentes gobiernos, como digo, a partir de las normativas, aunque alude puntual y someramente a las guerras sociales e ideológicas que subyacen a dichas normativas. Sí resulta claro en su exposición que el sistema educativo contemporáneo responde al surgimiento de una nueva sociedad que a su vez responde al progresivo predominio de la burguesía que busca su lugar restando poder a la nobleza y las instituciones en las que ésta se apoyaba (la Iglesia, por ejemplo). Esto fue la Ilustración, aunque como señala Puelles, en el corto periodo que tuvo influencia en los gobiernos monárquicos (sobre todo con Carlos III) no supuso una alternativa política, un cambio de régimen que desafiara abiertamente el modelo despótico de las monarquías ilustradas. Esto sí llegó a ser un rasgo propio del movimiento político liberal, el liberalismo, cuyo germen en España que constituye el momento al que siempre habrá que mirar para entender el liberalismo, son las Cortes de Cádiz. El liberalismo no dejará de ser, a juicio de Puelles, un movimiento típicamente burgués al que pronto se le achacará desde la izquierda marxista o anarquista su ideal de la reforma política desde arriba (aunque ello irá suavizándose en el liberalismo republicano de la segunda mitad del XIX y otras facciones democráticas de la izquierda liberal) y la no suficiente consideración de los cambios necesarios en la economía para que la libertad y la igualdad en la sociedad sean verdaderamente efectivas. Así, el siglo XIX, si atendemos a los distintos gobiernos, es el siglo del liberalismo que se irá desmembrando en distintas facciones a izquierda y derecha y que producirán todas ellas diferentes formas en el sistema educativo. En el XIX, creo, ya parecen definirse las famosas dos Españas al hilo del surgimiento del liberalismo que desafía al viejo modelo de la España del absolutismo en la que la educación era monopolio de la Iglesia Católica. Ya se ven entonces algunas tendencias y problemas endémicos de la historia española reciente, como es la adscripción de la Iglesia más jerárquica con las fuerzas conservadoras y antiprogresistas, en una defensa de su ancestral papel en la sociedad, la política y la educación española. En la alianza de esta parte de la Iglesia con dichos poderes sociales y económicos, su muy tardía asunción de las ideas liberales y aún peor, de los movimientos de liberación obreros, salvo honrosas excepciones puntuales, puede estar la raíz de su enfrentamiento con los gobiernos más progresistas y que se tiñó tristemente de sangre en el periodo de la II República, ya en el siglo XX. La pugna con el liberalismo será grande y conducirá, a nivel internacional, a su condena por parte de Pío IX. Pero veamos con más detenimiento, y siguiendo la mencionada obra de Puelles, cómo se va perfilando esta lucha que caracteriza a la España contemporánea. Empecemos por un exbozo de la situación en el siglo XVIII de los Borbones.

En el siglo XVIII la sociedad española es claramente estamental. Por eso no tenía lógica plantear un sistema nacional educativo en la enseñanza primaria y secundaria (p. 31). Es la Iglesia la que se ocupa de enseñar a los súbditos y no tanto la monarquía. Sin embargo había un cierto ordenamiento de hecho. La nobleza utiliza preceptores o leccionistas para iniciar a sus hijos en las primeras letras. También “Los ayuntamientos sostienen escasas escuelas primarias, a cargo de maestros ignorantes y mal pagados” (p. 31). La Iglesia mantiene escuelas monásticas anejas a conventos y sin control regio, para los niños de campesinos que pretendan iniciar la carrera eclesiástica. Los pocos maestros existentes se inscriben es un gremio (Hermandad de San Casiano) que es quien verdaderamente controla su labor y los faculta para ejercer. No obstante, un maestro de la época debía dedicarse a varios empleos para subsistir, pues la enseñanza estaba muy mal pagada. 

La enseñanza secundaria como entidad con un fin en sí misma no existe aún. Se trata de una enseñanza puente ofertada por las propias facultades universitarias y que prepara para el acceso a la universidad. Son las llamadas Facultades Menores de Filosofía o Artes que permiten el paso a las Facultades Mayores. Aquí se enseñan profesiones. De manera paralela y sin un fin profesional, existen poderosos colegios religiosos sobre todo de jesuitas y escolapios que imparten una cultura general para jóvenes de familias pudientes y nobles. Hay una red de lo que hoy llamaríamos enseñanza privada de este tipo. 

Así pues, la única institución en el siglo XVIII que imparte una enseñanza más o menos reglamentada es la universidad, pero una universidad propia de la época que iría también transformándose profundamente a lo largo del siguiente siglo XIX. La “guerra” por el control de la educación ha tenido desde entonces, tras el advenimiento de los liberales, un punto álgido en la universidad que se manifestaría en distintas tensiones: centralización, secularización, libertad de enseñanza (de cátedra, de ciencia, de fundar centros aparte de la red estatal una vez que el Estado se ha hecho con el control de la educación oficial). Esta pugna parte de una inicial universidad totalmente bajo el control de la Iglesia en el siglo XVIII, siguiendo la tradición de su origen eclesiástico medieval. Yo he visto, por ejemplo, en una excelente exposición de documentos hace años en Granada, la carta con la que el emperador Carlos V encomienda al obispo competente la fundación y organización de la actual Universidad de Granada. Se trata de la misma institución en la que yo trabajo, pero desde luego ha habido desde entonces cambios tan básicos que uno duda que apenas quede sino el nombre como resto de lo que la institución fue en su origen. Al hilo de las tensiones que vamos a estudiar que suceden en torno a la enseñanza universitaria en el siglo XIX no podremos sino aludir a la peculiar y actualísima “propuesta” que ahora mismo significa el Plan Bolonia.

Así pues, “Desde su nacimiento, las universidades aparecen unidas a la Iglesia, es decir, fundadas y sostenidas por Roma. Las universidades pontificias son, incluso durante la Casa de Austria, autónomas respecto del poder regio. El rey apenas interviene en su creación, regulación o mantenimiento. A lo sumo, envía visitadores para conocer el funcionamiento de estas instituciones” (p. 32). El modelo es el de la universidad pontificia, cuyo paradigma es la de Salamanca. Doctores, profesores y alumnos la componen, bajo la autoridad del Papa. El representante de éste es el canciller, siendo frecuente que el obispo de la diócesis delegue para esto en el maestrescuela de la catedral respectiva. “El canciller concede los grados académicos, preside el claustro y ejerce la jurisdicción universitaria sobre escolares y profesores. Junto al canciller, el rector, segunda autoridad en la universidad y, como tal, encargado de la vigilancia académica” (p. 32). Todavía el cargo de rector no representa la máxima autoridad universitaria, hasta las primeras reformas en una línea ilustrada-liberal.
Junto al modelo de la universidad pontificia (Salamanca), están los poderosos (por su gran influencia) colegios mayores. Son fundaciones de prelados importantes que desarrollan la enseñanza propia de una universidad. Aquí sí es el rector la máxima autoridad. La pugna ideológica y política de los ilustrados se encaminará a un enfrentamiento con estas instituciones de enorme influencia en la universidad y que a su vez mantienen el equivalente a universidades propias (Alcalá de Henares).

Además hay otro tipo de universidades dependientes de municipios (Valencia). Aquí financia la ciudad, aunque su fundación sea del tipo de la universidad pontificia. Hay también un canciller representante del papado, pero “el verdadero dominio corresponde a los representantes municipales” (p. 33). “El Ayuntamiento nombra al rector, a quien paulatinamente irá pasando la jurisdicción académica. El Ayuntamiento provee las cátedras, suministra y controla los fondos, salvo algunas rentas propias de la universidad. Gozan, pues, estas universidades de autonomía respecto del poder regio y eclesiástico, pero dependen del municipio” (p. 33).

La función de la universidad del XVIII será la misma que en la Baja Edad Media: suministrar a partir de las facultades de Teología, Jurisprudencia y Medicina, teólogos, juristas y médicos. Pero esta función a fines del XVIII ya se quedaba corta, pues hacían falta otros estudios que no supusieran el fortalecimiento del poder regio (juristas) o de la Iglesia Católica (teólogos). “Así lo expondrá la real cédula de 1768, iniciando su reforma” (p. 33). Puelles señala el libro conocido como el Barbadiño, del padre Verney, como la obra en la que ya puede leerse esta preocupación por modernizar los planes de estudio. Dice Puelles: “El Barbadiño traza un verdadero plan de estudio de gran calidad pedagógica, recomendando las clases poco numerosas, los métodos activos, la disciplina fundada en la amistad entre profesores y alumnos, proscribiendo, finalmente, los castigos corporales. El libro será objeto de fuertes críticas, especialmente de los jesuitas” (p. 34).

En cuanto a la organización de la carrera, los alumnos ingresan a los doce o catorce años en las Facultades Menores de Arte o de Filosofía. En tres o cuatro años acceden a las Facultades Mayores de Teología, Leyes o Cánones y Medicina. Los graduados en Filosofía lo harán como “maestro en Artes” y los otros como “bachiller” en la disciplina que sea. Ello habilitaba para el ejercicio profesional. Los que continúan estudiando es para impartir docencia en las universidades y obtienen la “licencia” que les faculta para ello. Este último período equivale a una suerte de prácticas docentes. 

“Finalmente, la consecución de los grados académicos no se realiza a través de exámenes por curso, sino escuchando las lecciones, participando en las ‘disputas’ y demás actos académicos, realizándose al final el ejercicio de grado, ejercicio de gran dureza en sus orígenes, pero que desembocó en pura formalidad con la decadencia de las universidades” (p. 34).

Será este modelo educativo expuesto el que va a ser profundamente reformado con los nuevos tiempos. Primero, en un próximo post, estudiaremos brevemente lo que la Ilustración española pensaba al respecto e iniciaremos el periodo de sucesivas reformas que enlazan la ideología ilustrada con el liberalismo del XIX, que acabará pariendo un sistema educativo tal como hoy lo conocemos, es decir, con la pretensión de estar bien reglamentado, de ser universal y gratuito para toda la población, haciendo hincapié, al principio, en la enseñanza primaria.     

       

domingo, 11 de septiembre de 2011

La educación homérica.


El estudio de instituciones, normativas y formas de organización de la educación, es decir, de cómo cada sociedad o Estado ha abordado la instrucción de los súbditos para fines concretos, es ilustrativo acerca de las estrechas relaciones que guardan una moral más o menos promovida oficialmente, un régimen político y un modo de plantearse la educación. Así, ética o moral, política y educación son tres elementos que se relacionan y definen un contenido histórico determinado, una época o período. La historia, en lo que se refiere a los contenidos que la constituyen, a las formas concretas que va adoptando, muestra que la educación posee innegables elementos políticos y morales. A cada estructuración concreta corresponde morales y pedagogía concretas. Es más, incluso el hecho de ver o no la necesidad de un saber pedagógico diferenciado ya es histórico y constatamos que no siempre ha ocurrido así. En teóricos como Platón, la educación forma parte de la política en la obra República y en el caso de Aristóteles, por ejemplo, tampoco se escinde claramente lo educativo de la política, ambos tratados en su obra Política

Hay vestigios de lo que podríamos considerar escuelas en la antigua Mesopotamia, pero responden, lógicamente, al carácter fuertemente aristocrático y estamental de las primeras civilizaciones de ciudades estado entre el Tigris y el Éufrates. En realidad, son lugares donde un escriba-maestro y sus ayudantes transmitían el arte de la escritura fundamentalmente a alumnos que se formaban para pertenecer a una élite vinculada a la realeza, la de los escribas, que constituían, ya digo, un grupo de gran influencia y prestigio en aquellas sociedades, como en el antiguo Egipto. Estas primitivas escuelas impartían a grupos de alumnos jóvenes sentados en grandes bancos, por tanto, la enseñanza de la escritura. Además, había lecciones que dictaba el maestro y parece que se debatía sobre los temas tratados. La disciplina era durísima e incluía, como fue normal en toda la antigüedad, el castigo físico. Se conservan hoy restos de tablillas de cerámica de ejercicios escolares que eran grabados en la arcilla fresca. La escritura fue un enorme y singular avance tecnológico y cultural, que resultaba costoso de aprender y al que tenían acceso en las primeras civilizaciones tan sólo unos pocos. Parece que su utilidad era grande en la administración y necesidades organizativas y económicas de los antiguos reinos-ciudades. Fundamentalmente, la escritura era un instrumento del poder que era controlado por y para el poder. Pronto se grabaron las leyes y regulaciones, así como acuerdos comerciales o tratados de paz. Demostró una utilísima eficacia y seguramente contribuyó a afianzar a los distintos gobernantes o regímenes políticos, siempre de corte aristocrático, guerrero y autoritario. Así, enseñar a escribir era una actividad estrechamente vinculada con la política oficial y se organizó primitivamente para ello.  

Este viejo tipo de instrucción basado en el escriba y la escritura no llegó a Grecia hasta muy tarde. Las primeras sociedades de la Grecia arcaica eran reinos con un rey rodeado de una aristocracia de guerreros que será la que marque el carácter de la cultura y los ideales perseguidos en la educación. La figura mitológica del centauro Quirón representaba un saber enciclopédico volcado a una sabiduría práctica, del saber manejarse bien en la vida. En la Ilíada aparecen ya personajes más realistas como Fénix, maestro de Aquiles. Es el modelo del viejo preceptor que ha criado y asistido al niño noble desde pequeño, cuidándolo y proporcionándole el saber necesario para destacar en las asambleas y en la guerra, donde el hombre noble buscaba la fama. El ideal era ser un buen orador y un realizador de hazañas, o sea, “un orador y guerrero, capaz de corresponder a su soberano tanto en el terreno político como en el militar” (p. 25). En la Odisea esto aparece de forma parecida con Atenea instruyendo a Telémaco bajo la apariencia de Mentes o de Mentor. “Advertimos así, en los orígenes mismos de la civilización griega, un tipo de educación claramente definido: en el que el joven noble recibía consejos y ejemplos de un adulto al que había sido confiado para su formación” (p. 25). 

En la educación homérica, señala el historiador Marrou en su excelente obra sobre la educación en la Antigüedad que estamos siguiendo, que había un doble factor. Por un lado se inculcaba una técnica, entendiendo esto como iniciación en un estilo de vida. Y por otro lado, se inculcaba un ideal o una moral que apuntaba a algo por realizar, a un cierto ideal de existencia. En este segundo aspecto, Marrou desarrolla el ideal caballeresco homérico que, en la medida en que Homero siempre estuve presente en la educación antigua como textos canónicos en la enseñanza, pervivió todo el tiempo. Homero fue, según Platón, el educador de toda Grecia, cosa que ya había hecho notar Jenófanes en el siglo VI a. C. Aunque el predominio de la obra de Homero pudo justificarse en algunos momentos por su valor estético, en realidad había más motivos subyacentes. “la epopeya no fue estudiada primordialmente como obra maestra de la literatura, sino porque su contenido la convertía en un manual de ética, en un tratado del ideal. (…) el contenido técnico de la educación griega evolucionó profundamente, reflejando las transformaciones radicales del conjunto total de la civilización: sólo la ética de Homero pudo conservar, además de su valor estético imperecedero, un alcance permanente” (p. 27). De todos modos, como todavía ocurre con cualquier texto canónico o clásico, se puede utilizar y usar de muchas maneras. Hay un modo típicamente conservador o incluso reaccionario (según las circunstancias del momento) que consiste en promover valores y una cultura arcaicos que no responden totalmente al presente, o en todo caso, responde a un presente que va al pasado para justificar la eternidad de lo que es en realidad contingente. Se trata del impulso por hallar “valores eternos” en viejas obras que ya en su estilo, imitado con pedantería, suponen una regresión que se ofrece como respuesta a un presente cuyo dinamismo tira hacia lo nuevo. Es el ideal, creo, de una pureza, de un conocimiento impoluto, etéreo o ultramundano que se eleva y finge regir o querer regir el presente desde los altos cielos. Pero el arcaísmo a menudo obedece a una aspiración de mantener valores y estructuras en la sociedad propias de, en el caso de Grecia, una antigua cultura aristocrática. Esta es una fuerza que parece estar dándose casi siempre en la historia entre modelos elitistas o aristocráticos de sociedad, defendidos por las instancias conservadoras (Esparta, oligarquía ateniense), y modelos más democráticos, como el que acabó gobernando Atenas en el siglo V a. C. El caso es que estos ideales y conjuntos axiológicos son, en realidad, apuestas por formas de existencia y de configuración social y política. Creo que en todo estudio de las ideas debe mantenerse una cierta vigilancia acerca de este hecho, lejos de toda especulación meramente abstracta.  
La ética homérica, pues, responde a una sociedad o grupo social concreto. Se compone de sabiduría práctica del tipo oriental (la misma de los libros sapienciales del Antiguo Testamento), una moral heroica del honor que se basa en el amor a la gloria. Resulta interesante la observación del historiador que estoy siguiendo de que hay un pesimismo griego en torno a la fugacidad de la vida y la carencia de valor de la otra vida, que lleva precisamente a buscar lo bueno en la vida real. Así lo expresa, con su estilo un tanto idealista: “Esta vida tan breve, que su destino de combatientes vuelve todavía más precaria, nuestros héroes la aman fervientemente, con ese espíritu tan terrenal, con ese amor tan franco y súbito, que a nuestros ojos sirve para definir una evidente actitud del alma pagana. Y no obstante, esta vida terrenal tan preciosa, no representa a la luz de sus ojos el valor supremo. Siempre dispuestos -¡y con qué decisión!- a sacrificarla en aras de algo superior a su propia vida; y es en este sentido en el que la ética homérica se convierte en una ética del honor” (p. 29). Este valor superior al que se sacrifica la vida es la areté, que a veces se traduce por “virtud”. En la moral homérica, la areté es lo que hace a un hombre valiente, un héroe. La gloria a la que se aspira será, entonces, el reconocimiento público de los valientes. Subyace, por tanto, un ideal agonístico de la vida, como combate o competición deportiva. El hombre “homérico” aspira a destacar entre los demás, a ser el primero y superior dentro de su categoría. Los grandes héroes de los poemas homéricos serán como modelos o paradigmas que ha de seguir el griego noble y libre y que precisamente se vinculan con la permanencia de este grupo y estructuración social. Es el modelo de un heroísmo que justifica un tipo de sociedad aristocrática y fuertemente jerarquizada, que viene en el fondo a sancionar al aristócrata como bueno y admirable. Así, un viejo modelo social determina y configura una mirada que pare una cierta axiología concreta. La educación, en este sentido, sirve a la consagración y perpetuación de este viejo modelo propio de la Grecia arcaica de los guerreros individuales que pronto serán sustituidos (léase Esparta) por un tipo de ejército organizado en el que el ideal ya es ser un buen soldado en un conjunto disciplinado y no tanto un noble combatiente solitario. En el próximo post dedicado a la educación antigua nos ocuparemos de este caso representado sobre todo por Esparta. Sí quiero señalar la distinta forma de entender la educación que son, por un lado, la cultura del escriba de carácter literario que a Grecia llegará muy tarde, y, por otro lado, la cultura heroica del guerrero singular que persistirá como cultivo del deporte cuya presencia en la primitiva educación griega, veremos, era predominante, hasta que se impuso un modelo de escriba literario en la Grecia clásica que fue desalojando al deporte y la cultura física de la educación.