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jueves, 26 de enero de 2012

La razón estratégica en la política

Lenin y la facción bolchevique que acabó tomando el poder en el antiguo Imperio Ruso encarnan un estilo, digamos “estratégico” de abordar la búsqueda de un mundo mejor organizado (es decir, más racional y más justo o equilibrado). Pero justo por ese mismo impulso “estratégico” que los vertebra, se puede decir que albergan la contradicción de todo pensamiento-praxis estratégicos, por la que paradójicamente el fin justifica unos medios que lo niegan. En el calor de los movimientos revolucionarios del recién nacido comunismo de la Rusia de 1917 (como aplicación económica y política de una lectura concreta más o menos definida que se hizo de Marx) la idea era, de manera clarísima, la de una guerra que debía ganarse y a cuyo servicio se puso, reconocidamente o no, el pensamiento. Todo, por supuesto también la razón, se pone al servicio de una causa asumida como un a priori. Tanto es así, que el historiador Service destaca que aunque Lenin aparentaba ser un pensador de tipo monolítico, de ideas bien definidas y firmemente establecidas y engarzadas en un sistema, fue modulando con sutileza estas ideas al tiempo que la praxis guerrera lo requería. Lo grave aquí no sería el hecho de que el pensamiento y los sistemas filosóficos se transformen o superen, sino que esta transformación obedezca a un fin estratégico, a un servicio en el orden más fáctico de los poderes.

Hay en esto que señalo una instrumentalización de la filosofía en la que hoy también incurren los neoliberales (con sus Chicago Boys) y cierto pensamiento que define lo políticamente correcto o aceptable con tintes moralistas entre nuestros políticos hijos de la Transición. Hay unos fines que apuntan al ejercicio del erótico poder en sí o al lucro, que dictan un discurso consistente en poner unos márgenes estrictos a la discusión política, para acabar tachando de antisistema a quien ejerce una sana crítica postulando ámbitos exteriores desde los que se ha de ejecutar necesariamente toda impugnación al orden nacido en la Transición. La Transición puede y debe verse desde fuera, para apreciar que tras su aparente reino formal se halla la materialidad más abominable. Se creó un miedo a lo exterior y un margen intocable, criminalizando lo exterior al mismo y tachando de desmesura fanática lo que se plantea desde fuera, para en realidad justificar el margen de discurso que sirve al orden dado. Esta miopía es cobarde e interesada. Que nadie pueda cuestionar la Transición en España sin ser acusado de intolerante o antidemocrático es una lacra que todo filósofo de bien debería plantearse muy en serio.

En el pensamiento hay que ser valiente y admitir márgenes más anchos desde los cuales la democracia en sí no sólo no es vituperada, sino que es al contrario loada y ensalzada, mucho mejor que con el estrecho puritanismo de lo políticamente correcto. La Transición no apunta a una verdad ni es un formalismo que apunta a la verdad, sino que es algo histórico y por tanto analizable como histórico. Con esta amplitud de miras y mirada honesta, vemos que la política, lejos de realizarse parlamentariamente en España, ha acabado fosilizándose parlamentariamente. Así que, ¡librémonos de una vez del Pepito Grillo de la Transición! La Transición actúa como coartada para reprimir todo discurso democrático que pretenda ir más lejos de ella. Se basa en un formalismo de tipo liberal que supuestamente garantiza los derechos… pero a la vez los cierra. Es preciso un orden jurídico y económico que sí sea cauce democrático, frente a lo que hay. El mero juego galante del poder entendido como un educado partido de fútbol esconde una matriz abominable cuyo rostro no es tan galante. La violencia puede darse en esa obligación de no pasarnos con las críticas, de proferir que no es cuestión de la formalidad política ocuparse de lo justo. Todo el pluralismo de nuestra democracia de partidos bipartidistas y ONGs acaba siendo reventado (y a ello asistimos en estos momentos) por el orden despiadado del poder financiero, el proteico e invencible Moloch.

Sigamos ahora con Lenin para entender y planificar el presente, para no cometer los mismos errores pero también para visualizar un tiempo en el que se llegó muy lejos en el replanteamiento revolucionario del orden político, aprendiendo de lo que entonces se hizo y destilando un sano, que no violento, furor revolucionario. Lenin estaba, sin lugar a dudas, convencido de que obraba bien y había sinceramente puesto al servicio de una causa toda su vida. Vivía exclusivamente para la revolución, pero aunque esto parece indicar una calurosa pasión que de hecho sabía irradiar (en los grandes discursos a las masas y camaradas), su fondo, a juicio del historiador de la Revolución rusa que sigo, era frío y calculador. Era de hecho, en toda su persona, un ejemplo de sacrificio a la idea, de predominio de la idea frente a consideraciones sentimentales. Le gustaba ser así. Y esta idea era la que justificaba una acción pragmática en el marco de una cultura del combate o la guerra. Service menciona anécdotas y ejemplos muy duros para ilustrar este aspecto de Lenin que había sido endulzado por los antiguos estudiosos soviéticos.

Parece que el bolchevismo tuvo ese rasgo de razón estratégica y jerarquización que ciertamente sirve para la supervivencia del propio grupo, su cohesión estructural como salvaguarda, una cohesión jerárquica similar a la manifestada por los ejércitos. Fue el rasgo que a muchos prisioneros comunistas españoles, antiguos republicanos, les sirvió para sobrellevar el duro cautiverio en campos de exterminio nazi, hechos una piña. De hecho, según Primo Levi, era muy ventajoso para sobrevivir en los lager mantener una ideología política muy fuerte y bien definida en la que se creyera a ciencia cierta, o una creencia firme de tipo religioso. Nos guste o no, dice Primo Levi (que por cierto fue siempre ateo y más aún, nos cuenta, tras su paso por Auschwitz) una estructura de tipo autoritario venía bien para sobrevivir al autoritarismo nazi. Pero en esta paradoja ya se adivina un evidente peligro; el de que quien lucha acabe siendo como su enemigo. La paradoja de la guerra contra la guerra, o de un medio brutal para un fin justo, se dio en el periodo del Terror entre los jacobinos. Cuando la supresión de un mundo dejó de darse en la economía, ideas o instituciones políticas, llegó a producirse los cuerpos físicos de las personas. Aquí, se debe afirmar que es malo moralmente arremeter contra una persona y procurar su supresión física. Pero, dicho esto, no puede aceptarse que esta coartada moral nos impida la sana indignación ante la injusticia de la que una persona concreta pudo ser cómplice.

Por ejemplo, pensemos la diferencia entre alegrarse por la muerte de Fraga (alegría no justificable en términos morales) y la decidida indignación ante el juego político que representó, como figura álgida de una Transición hecha por figurantes, como él, camaleónicos. Es posible que Fraga fuera un hombre culto, buen conversador, inteligente, bueno con la gente cercana, con amistades personales fieles, fiel a su familia… no conozco su biografía, pero es verdad que ha podido ser todas esas cosas encomiables… pero a la vez representar un tipo de juego político y de moral política o razón estratégica totalmente reprobables y que con razón nos indignan, indignación que humanamente puede expresarse en el mal deseo hacia el ejecutor de una odiosa inmoralidad. Es el mismo maquiavelismo profesado por Lenin. El maquiavelismo propio de la política en sus términos “normales” cuya tarea es la obtención y el ejercicio del poder por el poder mismo. Esto hay que saber verlo y reconocerlo. Porque la verdad puede requerir de la indignación y mostrarse en ella. Concedamos al menos esto a los terribles enragés de la Revolución francesa. El momento de verdad de una indignación cuyo impulso llega al deseo violento (reprobable) contra una persona. A veces, la razón se expresa con una queja, a veces con un ruego, y a veces, con el odio y el insulto. Sepamos ver la verdad latente aun cuando la cubran los insultos y expresiones violentas de la gente desesperada. Quien acusa al indignado por serlo es él el terrorista de la palabra políticamente correcta y del chantaje moral, o sea, el inquisidor que dulcemente torturaba por amor exigiendo de los torturados comprensión y dulzura. De nuevo, Dios como lo elevado a lo que se sacrifica el hombre que tenemos delante.

Ciertamente, los enragés acabaron anegando en sangre Francia y París, hasta ahogarse ellos mismos. No debemos olvidar ni uno solo de los muchos inocentes que cayeron víctimas de un remolino voraz. Por mucho que diferenciemos un terror de otro, ambos justificados en morales determinadas y razones de Estado particulares (las razones de Estado acaban siendo siempre razones particulares), y que Francia debiera superar un régimen injusto y contrario a las nuevas ideas ilustradas y economía burguesa, no puede uno honestamente sino horrorizarse ante la espantosa bacanal sangrienta del Terror revolucionario. Puede haber un fin muy justo, pero la estrategia de la guerra, el modo de operar propio de guerreros con sus dicotomías (amigo-enemigo, virtud-vicio, puro-impuro) nos arrastra peligrosamente a una situación indeseable. Ahora bien, dicho esto, advirtamos que pueda darse un furor pacífico.

Seguramente, Robespierre, el Incorruptible (que ciertamente lo fue, pues nunca se vendió y sirvió escrupulosa y sacrificadamente a la causa que en incendiarios discursos proclamara Saint-Just) perseguía sinceramente una sociedad mejor. Pero cuando tanto en Francia como en la Unión Soviética inauguraban el nuevo mundo, todo se iba de las manos, nada era fácilmente previsible y el día a día acarreaba un rosario de inciertas decisiones que había que tomar sobre la marcha. Caían justos por pecadores sin parar. Leyendo la biografía de Lenin esto se aprecia bien. Gobernar no fue fácil, una vez tomado el poder, y el sacrificio a la idea única demostró ser asesino.

Creo que estas consideraciones deben ser ahora, en tiempos en los que creo muy necesario volver a un pensamiento y praxis revolucionarios, tenidas muy en cuenta. Hay que aprender, en la medida de lo posible, de los errores del pasado… pero también obtener del pasado aliento y esperanza. Lo primero que esta gente tenía era la absoluta convicción de tener razón, de que su lucha era justa. Esta lumbre nos debe proporcionar una seguridad que hay que mantener contra viento y marea. La de que tenemos razón o, en su caso, la de que (y de esto sí estoy convencido) el orden político y económico actual es irracional e injusto. O dicho en términos morales, es malo. Es a esta certidumbre donde hay que aferrarse para sobrevivir a las tempestades retóricas de quienes nos van a desprestigiar y van a pretender quedar como ángeles siendo evidentes demonios (roban a los ángeles sus trajes para vestirse con ellos). Decir esto no es ser un endemoniado al estilo de la novela de Dostoyeski, poseído por una idea fatal y un macabro frenesí. Porque en todo caso, el monopolio del bien no lo tiene nadie… incluyendo a los artífices bushianos de la razón de estado que se nutre de los terrorismos que pare. La razón de Estado es siempre terrorismo. Basta ver las noticias y mantener un cierto atisbo de mirada compasiva. El poder dominante siempre se presenta como un ángel, como humilde y justo servidor de lo bueno (Derechos Humanos). Repito que el terrorismo no es monopolio de los Lenin y los Robespierre dados en la historia. Ellos fueron, simplemente, poco sutiles, como sí lo es hoy la maquinaria de muerte de los Estados Unidos y el poder financiero internacional.

Lenin o Robespierre lucharon contra la invasión del Estado en el alma de sus sufridos sirvientes (digamos que es algo contra lo que uno se da de bruces apenas comienza a andar titubeantemente por la revolución). Que ellos reprodujeran tal desmesura es otro tema, pero hasta que veamos el modo de no repetir sus errores, debe quedar claro que hay un dominio tenebroso que inunda de sangre el mundo. Es obvio y empírico. Un poder refinado porque domina la palabra, la moral, la ley, el orden, y que a muchos convence o seduce. De hecho, uno de los obstáculos más serios a toda revolución, que acabó originando más sangre pero ya cultivada por los verdugos revolucionarios, es que la mayoría no se sitúa en nuestra perspectiva y que por muy engañada o ideologizada que esté esa complaciente y cómplice mayoría, no podemos violentar sus mentes ni la burrada de suprimirlos físicamente como pretendió la hybris bolchevique o jacobina. Este problema es el originado por una clase que domina y mata y a la que sólo la violencia parece ser capaz de echar de sus hediondos nidos de víboras (siempre que se tenga un propio ejército como tuvieron los revolucionarios franceses y rusos, ya que muchos militares les apoyaron). Luchamos contra una potente ingeniería social que hace que todos seamos, en mayor o menos grado, fabricaciones de dicho poder ingeniero.

Igual que se hace cada vez más necesario este empezar de cero en política echando a los que están y poniendo a otros, se alza ante nosotros la interrogación acerca de cómo puede hacerse esto sin una violencia que yo por supuesto condeno. Las viejas revoluciones fueron cambios, entre otros, de personas concretas, una especie de limpieza de toda una clase dirigente (aunque hubo notables tránsfugas). Esto se hace necesario cuando el nivel de corrupción ha llegado a ser insuperable con simples medidas legales (medidas que por cierto debe tomar la propia clase política cuya corrupción se postula). No soy por supuesto tan ingenuo como para creer que todo es un mero problema de cambiar a una gente por otra, pero la prudencia más pragmática debe dictar esta norma por la que quien en un mundo podrido ha servido a dicho mundo (las viejas monarquías absolutistas en Francia o el Zar, por ejemplo) no está cualificado para seguir gobernando en un ámbito político nuevo que pretende superar la desmesura del régimen anterior. Seguramente, en lo que llamamos revolución, esto es lo que ocurre masivamente, frente a un mero reciclaje político o cambio de chaqueta como fue la Transición en España.

Se puede pensar, pues, una solución revolucionaria que, por muy simple que parezca la medida, en primer lugar debería aspirar a que no gobiernen nunca más los mismos, a arrojarlos del poder, pero sin los detestables medios de la violencia y una nueva tiranía autoritaria. No sé cómo pero urge. Lucharía el revolucionario contra una clase política que los ideólogos del poder vigente van a querer mostrar como pueblo (pueblo elegido por el pueblo para gobernar en un marco jurídico de derechos). Obviamente, detrás de esta ideología hay una burda mentira que además se nutre del miedo a una violencia desatada que hoy en cambio sí se da comedida y mesuradamente, pero de un modo efectivo, dentro del orden vigente: las hambrunas (Cuerno de África y hambruna endémica y crónica de 4/5 de la humanidad), la negación de la sanidad a los pobres (privatización de hospitales y sistema sanitario), la negación de educación a los pobres (privatización de la educación de élite y precariedad del sistema público basado en el maltrato a los maestros y los niños), guerras puntuales para hacer negocio (Libia, en breve Irán). Lo que quiero decir es que las razones para dar la vuelta a este mundo son, a fecha de hoy, cuantiosas. Porque los desmanes presentes no son ni puntuales ni coyunturales, sino que se han fraguado desde antaño. Tampoco creo que sean rectificables dentro del orden vigente, que incluye un tipo de economía desregulada (o regulada en un sentido favorecedor de oligarquías financieras) vigente. Sufrimos un mal endémico que se reproduce sociológicamente en lo que podría ser definido como “clase política” o, por lo menos, “facción bipartidista de la clase política”. Dichas clases o facciones actúan como un todo, con una moral, habitus y fines concretos, auto reproduciéndose y jugando a ser pueblo pero distanciándose del pueblo.

Ante todo esto, es preciso planificar bien una estrategia, plenamente justificada, pero que, lamentablemente, debe aplicarse para una meta que millones de personas no reconocen deseable, aunque sufran. Del pasado es obvio que los medios belicosos no valen y sabiamente, hoy se opta por una militancia pacifista que, no obstante, es machacada y difamada en medios de comunicación (salvo el diario Público, a punto de cerrar por no disponer de préstamos que les han denegado sistemáticamente todos los bancos). Un pacifismo encomiable y maduro que debe resistir constantes ninguneos, provocaciones verbales y medidas policiales (o sea, formas más o menos encubiertas de violencia de Estado) sin inmutarse. Es natural que se reaccione a la violencia con violencia, pero no es una reacción sabia cuando nos las vemos con quien monopoliza y controla el alma de los ciudadanos. Entonces, cabe planificar una estrategia de lucha, pero diferente. Esto no debe restar furor e ímpetu a la lucha, una necesaria firmeza y una tenacidad implacables. Es decir, que un movimiento que pretende ser un saneamiento de la clase política (dejemos ahora mismo el tema del verdadero gobierno, o sea, los banqueros y la CEOE) no debe renunciar ni un solo minuto a una lucha brava, rugiente, llameante y furiosa, porque el expolio y el mal refinado instalado en el poder lo merecen.

La rebelión (pacífica) está justificada y el incendio debería propagarse. Sé que va a teñir Europa porque viene mucho sufrimiento. Al español, para reaccionar, le hace falta sufrir todavía mucho. Pero como el expolio va a proseguir a ritmo de vértigo, reaccionaremos cada vez más organizados en un movimiento muy bien vertebrado y con la estrategia clara. Ante el descarado robo y oprobio, hace falta de nuevo la vieja inteligencia que dirigía los movimientos obreros en el pasado. Por la cuenta que nos trae. Ante la hybris del poder disfrazado de paternal mansedumbre que llama solidario a un modelo de contrato único para “dar empleo a los jóvenes parados”, como hoy he oído estupefacto de boca de un ministro, hay que organizarse y planificar una lucha dura y tenaz. El poder vigente es un enemigo astuto, un verdadero saltimbanqui de la palabra, de la buena presencia, del saber atacar sin mancharse, de llamarnos violentos mientras soportamos sus golpes. Son hipócritas pero llaman fanatismo al discurso que desvela su hipocresía, a la palabra valiente y veraz, parrehsiástica, que denuncia en medio del peligro, presta a recibir manotazos de zarpas invisibles. Llamarán demagogia al quejido del débil, ensañándose con la gente humilde y pobre, con quienes ven sus vidas arrebatadas y sus esperanzas. Por eso, echemos mano del optimismo y empecemos una lucha tan pacífica como decidida, tenaz y contundente. Constituyámonos en pacífico ejército. Hay que pararles los pies.