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viernes, 6 de enero de 2012

La Revolución Francesa II

De las numerosas facciones presentes en la Revolución Francesa, fue el jacobinismo, representado por el grupo de los montagnards en la Convención Nacional (parlamento de diputados electos que constituía el poder legislativo) y por Robespierre en el Comité de Salvación Pública (equivalente cada vez más a un gobierno que acabó determinando la promulgación de leyes por parte de la Convención) el que marcó la etapa del Terror. La Revolución Francesa se planteó como una toma de conciencia del nexo entre cultura y estructura en el Ancient Regime y, en consecuencia, como una transformación a la par en la estructura del poder público, la economía y la cultura. A la monarquía absolutista correspondía una forma de ser que se señalaba como “vicio” o “corrupción”. De hecho, lo que colmó el vaso produciendo la toma de la Bastilla fueron una serie de hambrunas y escasez de bienes que se atribuyeron a estrategias políticas por parte de sectores pudientes de la población, del gobierno o de aristócratas. 

Robespierre opuso a la corrupción que engendraba hambre en la sociedad una virtud personal por la que llegó a llamársele “el Incorruptible”. Su vida era frugal y sobria, todo el tiempo vivió modestamente como huésped que ocupaba una habitación dentro de una casa familiar y encarnó el ideal de una transformación social mediante la ingeniería social que llegara a todos los recovecos del alma y las costumbres de los citoyens. Esto es el elemento totalitario que han señalado algunos autores, o sea, el afán de no dejar rincón sin diseñar. Para esto fueron fundándose instituciones y figuras funcionariales (representants en mission, Tribunal Revolucionario, Ejército Revolucionario) que conformaron un Estado centralista que mantuvo auténticas guerras interiores y exteriores con los “realistas” o “contrarrevolucionarios”, para lo cual se reorganizó al ejército y se echó mano de levas masivas. 

Pero la velocidad a la que se pretendían los cambios obligaron a adoptar un terrible elemento que completara la labor pedagógica de las distintas reformas (símbolos, calendario) e instituciones revolucionarias: el Terror. En un documento oficial leemos: “Si la virtud constituyen el motor principal del Gobierno popular en tiempos de paz, en época de Revolución se hace necesario recurrir por igual a ésta y al terror. Éste resulta fatal sin la virtud, que a su vez se halla impotente sin él. El terror no es otra cosa que justicia expeditiva, severa e inflexible, y además, emana de la virtud” (p. 439). En general las instituciones del Terror (tribunales locales, Tribunal Revolucionario en París y representants en mission) operaron desde la fe en su carácter virtuoso como elemento propiciatoria para dictar sentencias justas. De hecho, como todos imaginamos, operaba la coacción y muchos otros elementos en los jurados y jueces. Pero todo se justificaba, incluso el Terror, como algo emanado de una voluntad de bien, de justicia, que impregnaba todos los actos como actos virtuosos. Frente a esto, los cargos, personajes e instituciones del Ancient Regime eran producto del vicio y la corrupción. El historiador David Andress señala en varias ocasiones el eco rousseauniano en muchas de las particularidades de la moral y la praxis revolucionaria. 

Hay que decir que ni mucho menos había una tecnología y medios para instaurar un Estado policial, pues aunque la sospecha y la vigilancia intentaban ser permanentes, no se podía llegar más allá de colocar espías en bares, tabernas y colas para comprar alimentos. No obstante, en la medida de lo posible, se intentaba vigilar a las personas para hallar elementos de sospecha de tipo contrarrevolucionario incluso en sus sentimientos (el buen revolucionario era un buen patriota que se sentía así y lo expresaba emocionalmente). Algunos represores actuaban como buenos funcionarios e intentaban ser rigurosos y metódicos, mientras que otros se jactaban de brutalidad y rudeza en las maneras.  

A partir de 1793 comenzó una era de purgas y lucha entre facciones que se acusaban mutuamente de contrarrevolucionarios o corruptos (las acusaciones solían ser escándalos de tipo económico). El relato de este periodo junto con los datos que aluden a las matanzas es espeluznante. Los jacobinos, mayores responsables del Terror, usaron a éste como instrumento para cambiar la sociedad mediante la eliminación sistemática de “enemigos”. Por ejemplo, tras sofocar una revuelta en Lyon, se cambió el nombre a la ciudad, se mataron a miles de habitantes de la misma y se derribaron todas las mansiones de los ricos o los aristócratas. La pretensión fue fundar un nuevo Lyon revolucionario sobre las ruinas del Lyon del Ancient Regime. En los focos de rebelión la represión llegó a ser atroz. Los represaliados eran tratados como “viciosos”, “corruptos”, “enemigos del Pueblo”, “contrarrevolucionarios”, “acaparadores” (especuladores con los bienes y los precios). 

A pesar de estarse buscando un mundo nuevo, las reformas en la economía fueron más titubeantes que las purgas. Se aprobó una ley de Máximo que regulaba el precio y la cantidad de las provisiones, así como un cierto reparto y distribución de los bienes. Se acometieron intentos de distribución de tierras entre los pobres. Se creía que las hambrunas surgidas en el periodo de la monarquía se debían a una mala fe de gobernantes y burgueses ricos, o de los grandes propietarios rurales (aristócratas) frente a la ciudad. París era muy difícil de abastecer, con su enorme población, y además es cierto que se especulaba con los precios. Así que la Revolución intentó fijar provisionalmente los mismos y regular en lo posible la producción y el tránsito y distribución de la riqueza. Esto no casaba con el liberalismo que era la principal creencia del racionalismo ilustrado de las grandes figuras de la Revolución. Frente a las trabas puestas a la economía por el Antiguo Régimen, había que permitir un orden racional en la economía que no era otro que el del libre mercado. Este orden acabaría erradicando las hambrunas achacadas al vicio y la corrupción de los viejos propietarios. Así que la regulación de la economía por parte del Estado Revolucionario se imaginaba como algo provisional, como un medio para llegar al verdadero orden racional de las cosas. Asimismo, el revolucionario no tenía una visión de clases sociales, sino que su individualismo determinó muchas de sus medidas redistributivas. Se hacían censo de personas que necesitaban bienes, pero, señala David Andress, nunca se concibió la distribución en función de clases como “campesinado pobre” por ejemplo. 

En la retórica y las actitudes se erigió el modelo del hombre basto y rudo representado por los sans-culottes. Ciertos cambios muy significativos, como la casi masiva irrupción de las mujeres  en la vida pública se acallaron sin embargo brutalmente. La moda era carecer de los exquisitos modales de la aristocracia, hasta el punto que se eliminó el tratamiento formal del Vous en los documentos públicos y en la vida normal entre los revolucionarios. Esto era visto por la mayoría de la población con incomprensión y temor. Seguramente, muchos franceses no entendían lo que estaba pasando e incluso añoraban el antiguo Régimen. En ciertos departamentos, ciudades o regiones hubo alzamientos de tipo guerrillero que originaron verdaderos baños de sangre. Uno de los cambios culturales más llamativos, no compartido por un Robespierre lleno de buen sentido estratégico, fue la “descristianización”, que llegó a arremeter incluso contra los clérigos constitucionalistas que se declaraban fieles a la Revolución. Se ponían nombres paganos a los niños, se cambiaron los nombres de fiestas o ciudades relacionados con el santoral, se profanaron iglesias y se instituyeron ritos y liturgias para una religión “cívica” y Estado laico. Se intentó una suerte de nueva liturgia de la Razón y el Ser Supremo, con ritos y ceremonias cada vez más aparatosas. Frente a esto, en la guerra de la Vendée los rebeldes vestían con prendas y faldones rojos representando el Sagrado Corazón de Jesús y se asumió una retórica religiosa de tintes tan fanáticos como los de la Revolución. La cruel guerra en esta región fue al parecer algo espantoso. Porque generalmente, el Ejército Revolucionario o la Guardia Nacional, con sus prendas de color azul, exterminaban a la población salvajemente. Había un odio mutuo por el que cada parte atribuía a la contraria el mal (anti-patriotismo), la corrupción y el vicio. 

Creo que aunque David Andress presenta un panorama que ciertamente fue terrible, no señala lo suficiente que en cualquier guerra se cometen las mismas atrocidades y que, por tanto, atribuir el ensañamiento a los revolucionarios franceses únicamente resulta algo parcial. Está claro que al historiador no le caen bien los revolucionarios hasta el punto de que veladamente justifica el régimen absolutista contra el que se habían levantado. En realidad, lo que ocurrió, creo, es que el orden de la monarquía era como ocurre en todos los Estados, un orden que se presentaba como dado, respaldado por una cultura a su servicio, que controlaba y monopolizaba la violencia. Así, toda contestación a la cobertura legal se vive como una afrenta terrible que pone en peligro el bienestar, ya que el bienestar es, para muchos hombres, vivir con una cierta previsión de lo que puede ocurrir y de su futuro. Esto era más o menos garantizado por la vieja monarquía que además jugaba, como dijimos en el post anterior, un papel de agente protector contra abusos. Con todo esto quiero decir que hay que enfatizar que el Ancient Regime era también una humanidad brutal, tan brutal como el régimen revolucionario, de una violencia menos visible, aunque muy efectiva. Frente al viejo orden, el nuevo orden se presenta como violencia, y a veces lo es, desgraciadamente, pero esto no debe ocultar que la sangre no mana solamente de la guillotina. 

Así, la Revolución francesa fue una suerte de aceleración de los tiempos, de insólito y consciente construir en pocos años lo que se habría hecho en décadas o incluso siglos. Esta aceleración implica un violentar la realidad tan abrupto que ni la educación ni las nuevas instituciones logran la deseada transformación. Y entonces llegó el Terror como lo que completaba la labor política y pedagógica. Esto es lo propio de un régimen totalitario en su versión “bruta” que pretende llegar al alma de sus ciudadanos, pero no olvidemos que también se da en una versión suave en la que la violencia es gestionada con disimulo. En este sentido, no creo que lo que pretendieran los revolucionarios fuera realmente una revolución, sino tan solo una prolongación de ciertas líneas totalitarias, y su aceleración, que se dan hoy por hoy en cualquier Estado, del mismo modo que para suprimir a la Iglesia crearon otra Iglesia.