StatCounter







jueves, 19 de enero de 2012

Revolución y mesianismos

Estoy estudiando en profundidad a las revoluciones más importantes de la historia reciente, dedicando especial atención a la Revolución Rusa. De la extinta Unión Soviética, además, me interesa conocer a fondo sus estimulantes y riquísimas experiencias educativas, por lo que en breve leeré algún libro de Makarenko. Ya compuse en su momento un artículo sobre el pedagogo Suchodolsky al que dediqué varios posts, y ahora es tiempo de integrar lo que entonces aprendí en el contexto más global de la Unión soviética, del comunismo y de la revolución rusa. En realidad, la historia humana está llena de matices (de hecho, es esos matices) por lo que lo apropiado sería conocer los pasos que han dado los seres humanos año por año. Un interesante libro que desarrolla esta intuición de una historiografía transversal en lugar de la habitual de tipo longitudinal es la obra que compré recientemente 428 después de Cristo. Historia de un año, de Giusto Traina. Esta forma de historiografía representa como si se congelara un sector del gran segmento de la historia para aprehender lo histórico en su concreción más presentista, que es como, de hecho, todos vivimos y sentimos la historia. A veces esta concreción también se logra, además, con una biografía, en la cual apreciamos lo histórico tal como se ha encarnado en una personalidad determinada. Se trata de una historiografía de carne y hueso cuyo peligro es, sin embargo, plantear un relato de las cuestiones entre bastidores o incluso de alcoba, perdiéndose en ridículos intentos acusadores de psicoanálisis a la carta. Obviamente, en una persona se da toda la complejidad de su momento histórico (y de la psique, claro), dentro del margen social que ocupa, por lo que si acudimos a esta suerte de historiografía encarnada (relatos de vida, por ejemplo) no se nos debe presentar un todo armónico y homogéneo, sino una pura contradicción.

De este modo, al hilo del relato de la vida de Lenin intento comprender qué ha ocurrido en muchos momentos mesiánicos o revolucionarios de la historia humana, con sus sombras y sus luces. Definiría estos momentos como un intento consciente de redirigir la historia al modo de un metafórico nuevo nacimiento. Hay en ellos siempre un cierto adanismo que cuando prospera viene cargado de inmensa alegría pero también de problemas prácticos, pues las cosas nunca empiezan desde cero. Los momentos mesiánicos, no obstante, son momentos cargados de optimismo. En Lenin hallamos ese constante y tenaz optimismo en toda su vida, como una obsesiva constante de la que brota una energía inagotable de noches en vela, viajes, reuniones y escritura. La personalidad mesiánica como acaso era Lenin siente que puede darse una vuelta a la historia y retomar las riendas de ella. O por lo pronto, se elucubra con esta posibilidad.

Respecto al carácter religioso de esta aspiración mesiánica, hay que señalar que Lenin fue evidentemente ateo convencido toda su vida, aunque del relato de su biografía por Robert Service me parece muy destacable algo en lo que este historiador apenas se detiene. Se trata de la relación como compañeros de lucha que Lenin y el padre Gapon, un sacerdote de la Iglesia ortodoxa, establecieron temporalmente. Gapon encabezó en 1905 la famosa manifestación que se dirigió hacia el palacio de Invierno del Zar en San Petersburgo y que fue recibida a tiros en lo que se convirtió en una carnicería retratada por el cineasta soviético Eisenstein. Tristemente, Gapon fue ahorcado por unos pocos bolcheviques que lo acusaron, injustamente, de ser un agente secreto pagado por el Zar. Al parecer Gapon había sido elegido por el Zar como mediador entre su gobierno y un amplio sector del pueblo. En principio estaba más a favor del gobierno del Zar, pero tras un contacto cercano con muchos sectores pobres de Rusia, experimentó una “conversión” y se puso de parte en cuerpo y alma de las masas sufrientes. De hecho, como he señalado, encabezaba la famosa y tristemente reprimida manifestación en 1905. 

Durante un corto periodo Lenin y él hubieron de ocultarse en el mismo refugio y tuvieron tiempo para conocerse. Service se limita a referir la honda impresión que Gapon provocó en Lenin y el hecho de que éste siempre lo consideró con gran respeto. Tal voz Gapon tenía un cierto don electrizante pero Lenin sobre todo debió palpar su honda sinceridad y su compromiso con el pueblo y la justicia, independientemente de que ambos tuvieran opiniones muy diferentes sobre la religión. Desgraciadamente se sabe muy poco de estos encuentros y el historiador Service apenas lo menciona. Yo creo, sin embargo, que en el contacto entre ambos lo que se puso en conexión fue el mesianismo de los dos y el intenso deseo de un orden mundano por fin racional y justo.

El mesianismo parece en primer lugar una emoción que cuando se concretiza en prácticas puede divergir y adquirir matices muy distintos en cada persona, grupo humano o movimiento político. En el caso de Lenin esta emoción estaba plenamente secularizada, pues tenía un carácter total y estrictamente mundano. Todo lo que muchos creyentes intentan lograr rezando, el mesianismo laico o mundano, lo intenta resolver mediante una reconstrucción política consciente. Creo que el fin es, sin embargo, el mismo. Como dijimos, el político ruso profesaba un materialismo radical por el que todo el pathos mesiánico era en él un pathos inmanente. Creo que la pista que relaciona pathos mesiánico religioso con el mismo pathos laico o secular, empieza, al menos en la historia acaecida en el occidente de la Ilustración (frente a los “años oscuros” de la teocracia) en la religión (y teología) para acabar secularizado, transfigurado en carne y hueso. Lo que se expresaba anteriormente en términos dualistas acaso gnostizantes, la Ilustración y sus secuelas (Revolución Francesa) lo transforman en una suerte de religiosidad laica. Pero lo interesante es constatar que hay un nervio común cuyo primer momento es negativo (recuérdese el primer aforismo de las Tesis sobre el concepto de historia del muy mesiánico Walter Benjamin, en el cual la conciencia de la negatividad de lo real es precisamente la teología que mueve los hilos del materialismo histórico). Existe una corriente de fondo tanto en el mesianismo religioso (profetas bíblicos, relato del Éxodo, salmos, Macabeos y todo el Nuevo Testamento) como en el mesianismo laico o ateo que es la misma, y de la que los movimientos políticos revolucionarios no se han desprendido hasta la fecha. Tal vez sea esta suerte de telúrica energía común la que impulsa hasta el agotamiento e incluso hasta el martirio a muchas personas. En este sentido, Lenin se supo siempre abocado a una obsesiva tarea de líder de una revolución (aun cuando nadie podía imaginar que esta revolución se llevaría a cabo y que encima fundaría un Estado que duró siete décadas). Pero había en él un cierto aspecto intransigente y autoritario, de megalomanía que no es necesariamente compartida por muchas personalidades de tintes mesiánicos. Por ejemplo, San Francisco de Asís seguramente fue hondamente mesiánico, pero creo que jamás megalómano ni narcisista.

El mesianismo no es meramente una emoción o sentimiento de la negatividad en la historia. Pienso que hay un engarzamiento de intuición emotiva (sensibilidad empatizante, compasión) con racionalidad. En Lenin tal vez se exageraba el intento de control racional de las propias emociones y del entorno. Fue, de hecho, una persona muy calculadora e incluso algo fría. Era un típico líder político que cuando intuía que hacía falta, echaba mano del juego maquiavélico, de una razón estratégica que en general empleó eficazmente (como también hacen todos los políticos actuales en las “democracias” neoliberales”, por supuesto). En su caso, había también un pathos de muerte o venganza (su hermano mayor había sido ajusticiado por el Zar) que suele aparecer en muchos revolucionarios, como muestra el caso de Robespierre, Saint Just o Marat, por ejemplo. La muerte adquiere el tinte del Terror que Lenin apreciaba, más o menos en secreto, en los jacobinos franceses. Este pathos de muerte era racionalizado dentro de la frialdad de un sistema mecanicista y materialista de inspiración marxista, según indica Service. Afirma este historiador que Lenin albergaba la convicción más o menos explícita de que la guillotina haría falta. Esto no siempre lo expresaba y cuando compuso sus decretos tras la Revolución de Octubre, jugó un poco a suavizar sus ideas y a disimular sus intenciones. En esto era el perfecto líder político tradicional que sabe jugar varias cartas y convencer a la mayoría mediante la adulación. De todos modos, esta astucia política jamás supuso otro objetivo que el triunfo de una revolución siempre frágil y que muchos creían efímera. Condujo en los primeros momentos las riendas de algo para lo que se había preparado toda la vida. Seguramente sea muy difícil embarcarse en lo que él se embarcó sin un cierto toque obsesivo en la personalidad. La actividad política en tiempos revolucionarios es frenética y agotadora. La meta ocupa todo el tiempo. Hay que tener una fuerte dosis de seguridad optimista de que vale la pena el esfuerzo. La sensación de un nuevo nacimiento debe ser euforizante y así ocurrió a los bolcheviques cuando tomaron el poder en octubre de 1917. 

Cuando tomaron el poder los bolcheviques se fue viendo que un cambio a la vez político, social y cultural como pretendían era una meta muy difícil de alcanzar a corto plazo. Eso mismo pasó en la Francia revolucionaria, conduciendo a intentos, en muchas ocasiones cruentos, de acelerar la historia. Hay que tener en cuenta que el poder contra el que se alza la revolución ha contado con siglos para moldear los gustos y la cultura de la población con medios muy eficaces que introducen una fe “religiosa” dentro del alma de los ciudadanos. El revolucionario aspira, ansiosamente, a contrarrestar esta larguísima y efectiva educación. Por eso se diría que trabaja a contrapelo. Los regímenes revolucionarios cuando toman el poder introducen grandes reformas en la educación y fueron los que, desde la Revolución francesa, pasando por las revoluciones liberales del XIX (caso de España) a los grandes movimientos del siglo XX (comunistas) han tenido por evidente que todo el mundo debía ir a la escuela y ser educado de un modo homogéneo. Es lo que sin escuela pública el poder anterior absolutista había hecho gracias a distintas instituciones. También los movimientos contrarios a toda forma de Estado, como los anarquistas, han encarnado este espíritu pedagógico en consonancia con su carácter revolucionario con enorme fuerza (los anarquistas españoles de los años 30 eran personas ávidas de cultura y fundadores de numerosos periódicos, bibliotecas y escuelas-Ateneos). Asociado al espíritu revolucionario se halla el afán de releer la historia y plantearse de nuevo la pregunta por el pasado. Se puede decir que frente al autocomplaciente estar en el instante presente que hace de la historia pasada y futura una prolongación del mismo (en el pensamiento conservador), el revolucionario tiende a mirar al pasado para pensar el futuro. Va de uno a otro y los halla además en el presente. Esta viva inquietud que a duras penas se sume fácilmente en el sueño del mediodía, es la de un nervioso e incómodo saltar de uno a otro lado.

El mesianismo revolucionario, evidentemente, surge como respuesta política a una opresión, a un régimen vivido como algo falso y opresivo desde sus cimientos (es el momento de la negatividad experimentada). A esta opresión que se vive en todos los recovecos de la vida humana, se responde con el deseo de un nuevo orden que en primer lugar debe derrocar al orden anterior y sustituir a toda la clase política. Los movimientos revolucionarios implican una impugnación total de lo anterior, a menudo con buenas razones. Se ha desarrollado en muchas personas o grupos sociales la convicción de que el Estado no responde a sus intereses, de que el Estado vigente y sus cimientos legales e ideológicos, así como sus instituciones y formas materiales, no nos valen. Pero contrarrestar la fuerza de un orden que ha ostentado privilegios durante décadas o siglos como son el monopolio de la violencia o de la moral es a menudo una tarea descomunal. Hace falta, en efecto, mucho optimismo y un carácter más o menos obsesivo en quienes se involucran en tamaña empresa que debe luchar arriesgadamente contra la propaganda del Estado vigente consistente en llamar “pacífico” a quien da el golpe y “violento” a quien lo recibe.

Lenin significó un estilo autoritario de ver la transformación revolucionaria. Se apoyaba en férreas leyes de la historia (materialismo histórico en una versión mecanicista) y en su lenguaje solían hallarse imágenes de ruina, catástrofe y destrucción. “La ruina, la catástrofe y la destrucción recorrían como un hilo rojo su vocabulario” (p. 304). Sabía conectar con su público: “Cuando se subía a un estrado, el público se transfiguraba. Paseaba a un lado y a otro. Fijaba en la multitud una mirada penetrante. Metía los pulgares en el chaleco como un maestro de escuela, lo que reforzaba la impresión que causaba de transmitir conocimiento auténtico” (p. 304). Según Service, a su público no le atraía tanto los contenidos de su discurso como verle cual dirigente inflexible y militante entregado a la causa del pueblo. En realidad, para movilizar la enorme cantidad de energía tanto psíquica como de otros tipos requerida por la tarea revolucionaria, hay que estar muy convencido tanto intelectual como emocionalmente de que merece la pena.

El revolucionario siente lo dado como algo que tiene que ser cambiado o sustituido, a menudo con buenas razones para ello, pues aquel poder contra el que se levanta suele ser, en efecto, un régimen de opresión. Esto tiene el peligro y desventaja de tener que evadirse del orden legal existente (y la contradicción de utilizarlo también para defenderse), lo que por un lado puede ser usado por el poder reaccionario para descalificar al movimiento revolucionario, que queda, en efecto, en una especie de vacío yo diría que terrible. Así, se da la necesidad de una toma del poder en primer lugar. En segundo lugar, es preciso reintroducir un orden legal nuevo (como pasó en la Revolución americana durante la muy sangrienta guerra de independencia). Por esto, en las épocas revolucionarias se da una tensión entre la ley (que oprime pero que para muchos “garantiza” la seguridad y el bienestar, aunque no tengan ni siquiera para comer) y la llamada “desobediencia civil” que viene a impugnar la ley mediante prácticas desafiantes fundadas en la moral.

El revolucionario presupone una moralidad previa a la ley en nombre de la cual se erige peligrosamente, pues esto obliga a instantes de vértigo y vacío. Esta opción, sobra decirlo, se toma cuando gran parte de la población (que puede tener en contra a otra gran parte de la población) siente que el poder es injusto, independientemente del narcisismo atribuido a muchos líderes revolucionarios como tal vez fue el caso de Lenin. Desde la reacción conservadora se acusa de desmesura y decisionismo a la revolución, apoyándose en que la sangre oficialmente derramada (con medios legales, con el poder del Estado vigente) es invisible para muchos. La ley vigente puede estar en ocasiones amparando y cubriendo el más puro horror, y esto que el revolucionario sabe, no es, por desgracia, percibido por muchos. Así, se debe luchar contra un poder de brutalidad sutil y oculta que sabe ofrecerse como lo contrario de lo que realmente es. A su autoritarismo y crueldad el poder vigente los llama “justicia” y “racionalidad”. La desmesura, por tanto, puede estar presente, también, en el otro lado (contrarrevolución), cuyo pathos de muerte tiene el privilegio, sin embargo, de encubrirse con la trama formal del derecho protector. Así lo hacían las antiguas monarquías absolutistas que quizás no fueron tan dictatoriales como después se dijo, del mismo modo que los regímenes “democráticos-liberales” actuales no son tan democráticos como se dice.

La transgresión del orden es vista como sacrílega desmesura, como soberbia, como sinrazón, de manera que la tortura o la pena de muerte son justificadas por el poder vigente (actuales leyes sobre la seguridad en EEUU). Hay una premeditada venganza y brutalidad en la llamada “razón de estado” que debe ocultar sus vergüenzas (vergüenzas que hoy día está sacando a la luz wikileaks). Se diría que el poder vigente siempre resulta beneficioso para unos, que lo defienden ciegamente como se defiende, lógicamente, las propias prebendas materiales que se obtienen del régimen. Y está la parte, mayoritaria, de quienes han sido educados para sentir lo vigente como lo razonable aunque lo vigente se cebe y ensañe despectivamente con ellos. Donde se erige el vacío revolucionario es lógico que muchos tiemblen y que las fáciles comparaciones con dictaduras y fascismos sean esgrimidas por los defensores del orden dictatorial de hecho que no garantiza los derechos que dice defender y en los que legitima su autoridad. Hemos sido víctimas de engaños sofísticos y de la coartada de una hipotética libertad a la que mutila el mercado sin necesidad de censores ni de tortura. Por eso, la labor revolucionaria  quiere sustituir un orden jurídico encubridor por otro que sí aborde, más allá de la palabrería, las necesarias reformas en lo económico para que se pueda hablar verazmente de libertad y democracia. Hay un a priori económico imprescindible para construir la democracia. Si esto no se puede hacer mediante una reforma, si la ley y la forma en que se fabrica la misma (poder legislativo) no lo permiten, auguramos ante el terrible expolio y sufrimiento masivo que viene, que volverán los tiempos revolucionarios. Si siguen tirando de la cuerda, se va a romper.