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viernes, 10 de febrero de 2012

"Historia de la revolución rusa" de León Trostky I


Los primeros capítulos de la Historia de la revolución rusa, de León Trostky, desarrollan algunos análisis sobre clases sociales en la Rusia de inicios del siglo XX y pinta un retrato de la monarquía y del propio zar. Con un estilo literario ameno y elegante, con algunas frases brillantes de gran elocuencia que expresan certeramente lo que el autor desea decir, el libro se lee bien, con el inconveniente de sus 1000 páginas que tal vez logre superar. Va a depender de la gracia literaria en el narrar por parte del autor ruso que ciertamente era un buen escritor y de que me vaya dando lo que realmente busco y le pido. Por ahora vamos conectando, el libro y yo, en cuanto a lo que sencillamente quiero conocer.

En sus primeras 200 páginas ya ha desarrollado, como digo, interesantísimos análisis y exposiciones, de los que destaco su esbozo de psicología materialista y de la personalidad, aplicado al zar Nicolás II (y al rey francés decapitado Luis XVI); así como su vivo relato de los tumultos callejeros en el que vuelve a afinar con la psicología de quienes, según Trostky, son llevados por fuerzas que les desbordan, por el choque de clases y las inercias históricas existentes vistas al modo marxista. Este mismo enfoque se aplica a la valoración del primer gobierno surgido tras los tumultos de febrero de 1917, algunos meses previos a la Revolución de octubre. Todo ello tiene la ventaja de situarnos en medio de lo que ciertamente transmite Trostky como una corriente arrolladora, corriente que no implica una destrucción de la personalidad, sino que como él dice con una viva metáfora, la personalidad no pierde su aroma o su hedor, aunque ella, como la flor, arraigue en la tierra. Admite, por tanto, una cierta pintura del individuo en la que aparecen, tal vez como filtradas por una vidriera multicolor, las grandes tendencias y fuerzas de la historia. Los ejemplos, centrados sobre todo en la figura del zar y en los titubeos de muchos liberales acobardados que dan una de cal y otra de arena, son excelentes. Aparecen miedos y diversas emociones, a veces mezquinas, como reacciones de quienes se aferran a lo viejo (el mundo liberal- burgués o, aún más, el mundo de la aristocracia y el zarismo), como altos funcionarios del zar primero y de los liberales después que parecen querer negar lo evidente y se empeñan en no ver poder y soberanía donde, según Trostky, verdaderamente estaba el poder y la soberanía que irrumpía en la historia.

Así, pinta una insólita situación en la que coexisten dos gobiernos: burgués-liberal y el de los soviets, que llega a comparar, este último, con la facción de los sans-culottes en la Revolución francesa. Así, entabla una relevante comparación entre ambas monarquías y revoluciones (francesa y rusa), viendo en ambas un nervio común que se manifiesta en fenómenos históricos similares, aunque en el caso francés, tras llegar a la cresta de la ola (creo que la sitúa en el periodo de Robespierre), la revolución se precipitó de nuevo en las mismas estructuras viejas que se habían abandonado. En general, estas estructuras son un esqueleto (pensemos en el entramado de toda la administración y su carácter maquinal) que perdura un tiempo y que puede funcionar como antes creando la ilusión de estabilidad que el atemorizado liberal-burgués necesita psicológicamente por estar él anclado en una visión y en un tiempo que se está superando en la revolución.

Así, lo que la revolución acarrea es algo muy serio, que llega en oleadas y que puede tener que coexistir mucho tiempo con las viejas estructuras y con quienes todavía se aferran a ellas. Según vemos en el relato de Trostky hay varios factores que fueron relevantes, lo cual también he deducido tras mi lectura de la extensa biografía de Lenin de Service. Uno notorio fue la escisión dentro del ejército que, como pasó en la revolución francesa, en parte (sobre todo la soldadesca y algunos oficiales medios convencidos y otros presionados, y muy pocos altos mandos) apoyó a los rebeldes, tras años de titubeos desde 1905 (año de una revolución anterior fracasada que inmortalizara Eisenstein en El acorazado Potemkin). La descripción del proceso interno por el que los soldados fueron atreviéndose a apoyar a quienes cada vez más veían como ligados a ellos mismos (la masa de obreros y campesinos, los soviets) y sobre todo la casi súbita concientización en medio de la tensión revolucionaria de numerosas guarniciones llamadas a reprimir e incluso presentes en el frente de la Gran Guerra, es brillantemente descrita por Trostky. Éste se centra en algunas escenas elocuentes, como la conmovedora descripción de un guardia cosaco a caballo que obedeciendo a sus oficiales en realidad guiñaba furtivamente un ojo a los rebeldes y cumplía las órdenes pero sin hacer daño a los obreros e incluso con cierta complicidad. Las páginas dedicadas a esta narración son ciertamente emocionantes. Claro que una concientización de este grado está llena de obstáculos, porque, como Trostky sabía bien, la disciplina y el mando en el ejército ejerce un poderoso efecto atomizador y desconcertante en los soldados que entre el temor y el hábito, con el añadido del desconocimiento muchas veces, entienden que lo más sensato es obedecer. En realidad, tienen que haber congeniado previamente con el pueblo, tal vez por su procedencia familiar, y sobre todo llegar un momento en el que vean que pueden dar el paso adelante que esperaban los obreros sin quedar al descubierto, en una auténtica acción de quemar las naves que expresa muy gráficamente el vértigo que acarrea toda revolución.

Este papel de las fuerzas armadas, ambiguo y titubeante en medio del ardor revolucionario, resulta crucial para que triunfe o no la revolución, según Trostky. No en vano los ejércitos han hecho la historia, desgraciadamente, y las revoluciones, todas las cuales, incluida la norteamericana o las inglesas, han sido violentas (Cromwell, o, en el caso de la Revolución americana, los linchamientos que se dieron en todas las comarcas a la caza y captura de monárquicos, en una auténtica purga). Este papel de la violencia es asumido sin cuestionar por Trostky, que seguramente veía que toda revolución debía defenderse ante la cruel represión que sobrevenía. En nuestro siglo, sin embargo, ha habido casos de grandes cambios políticos sin violencia, como la revolución de Gandhi. Se ponen otros ejemplos, como nuestra Transición, pero lo que ocurre es que, si seguimos la lectura de Trostky, aquí no se dio, evidentemente, una revolución. Cuando hay un cambio amable de sistema político no suele ser porque irrumpan los más débiles en el poder, sino porque se ha pactado para poner gobiernos de corte liberal. Es lo que pasó en Rusia en febrero de 1917, cuando un comité revolucionario en el que había “pequeños burgueses” dio el poder a los atemorizados ministros liberales que compusieron un gobierno de derechas cuya política consistía en prolongar la situación de desgobierno para que la revolución se fuera cansando. Así, su táctica fue no legislar lo que realmente los soviets reclamaban, considerando “chusma” y “alborotadores” a los soviets de campesinos, obreros y soldados. La única excepción de lo que sería una izquierda moderada que pactó con los liberales fue la de Kerenski.

Así, tal vez por su don de liderazgo o por la ingenuidad del pueblo que no se cree en condiciones de gobernar, se deposita la confianza en miembros de la burguesía acostumbrados a mandar, que juegan a dos cartas. Éstos parecen dar a la masa lo que pide pero en realidad la temen y tejen una red para evitar que gobierne. De todo esto se desprende una idea del poder como asunción, a menudo violenta, según Trostky, de un lugar hasta la fecha vedado a los desfavorecidos. Éstos deben dar sus primeros pasos en su propio gobierno, que en Rusia consistió en los soviets, que eran asambleas de pueblos, ciudades y barrios, en los que de un modo que viene repitiéndose a menudo en la historia (se vivió en la Transición española y ahora con el 15M) los que nunca van a poder gobernar intentan gobernarse de hecho en lo que a veces es un desafío al poder “legal” que o bien les concede caramelos o bien los reprime o los absorbe (como en la Transición española ocurrió con las asambleas de vecinos convertidas en asociaciones de vecinos). Trostky diría, en su defensa del hecho traumático o violento de la irrupción en el poder de los sans-culottes de todos los tiempos, que todo poder existente por ahora (incluido por supuesto el liberal) se cimenta en la sangre y en la violencia. Que esto último sea juzgado o no demagogia va a definirnos política y diría que humanamente. Yo por ahora me limito a resumir el libro que estoy leyendo intentando darle actualidad sin que ello quiera decir que me declare acólito de su autor.