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domingo, 12 de febrero de 2012

Por una carnalidad revolucionaria de la razón

La situación de dualidad de poderes que Trotsky describe en la Rusia revolucionaria de Febrero de 1917 es una constante, según él, de todas las revoluciones en las que la “masa” de obreros y sectores campesinos (término que él emplea aludiendo a lo que en la Revolución francesa se llamaban sans-culottes y en la rusa “proletarios”) busca definirse frente a quienes por naturaleza (astucia, educación, demagogia) saben rápidamente incorporarse al poder nuevo pero que, en la medida en que son pequeño burgueses que temen las verdaderas consecuencias de un cambio radical, traicionan las expectativas de la masa que como ríos, irrumpiera en las calles para arrebatar el poder al zar. En un principio, si no hay una ideología clara vertebradora (que en el caso de Trotsky es obviamente el marxismo-leninismo), las masas tienden a desconfiar de sí mismas y dan el poder a la burguesía. Pero la realidad de los hechos, cuando las primeras medidas de los nuevos gobiernos tendenciosamente dirigen los cambios hacia el plano político y eluden el económico, acaba desvelando la verdadera naturaleza de los expertos arribistas burgueses de la política. Así, en Rusia esto se vio cuando no solo el gobierno, sino los que en el Soviet habían logrado trepar como representantes, aprovechando miedos y usando la demagogia, se opusieron a reducir la jornada laboral a las ocho horas que pedían los obreros. Así, de nuevo, la masa se desvincula del nuevo poder porque va comprobando, en un tanteo en el que pueden vencer unos u otros, que no es realmente representada por quienes se esfuerzan en refrenar el impulso revolucionario, sobre todo en lo que afecta a cambios fundamentales en la economía.

La interpretación de cómo esto fue dándose en Rusia es, por parte de Trotsky, en la perspectiva marxista de la lucha de clases y de las clases sociales definidas en términos categóricos fuertes. En realidad, el análisis de Trotsky no es burdo, porque intenta afinar y apoyarse en datos constantemente, aludiendo a explicaciones que no siempre recurren a simplificaciones o generalizaciones fáciles. Leer esto hoy, sin embargo, puede resultar raro, por lo mucho que ha pasado desde entonces y por una caída del Muro que no podemos ignorar. Así, lo que principalmente puede chirriar es la versión digamos “de combate” del marxismo leninismo trostkista, cuyo estilo intentaremos ir desgranando a lo largo de nuestra lectura. En el libro Historia de la revolución rusa, Trotsky intercala sus interpretaciones a menudo, que muestran, independientemente de su afiliación política, habilidad para entender el ánimo de las masas e incluso la psicología (que él rápidamente califica como “materialista”) de los distintos actores principales. En este sentido, muchas de sus observaciones sí nos pueden guiar aún hoy cuando intentamos comprender más o menos, grosso modo, qué está ocurriendo en procesos semejantes. Claro está que hoy no hay factores que entonces se daban (en muchos aspectos hablamos de mundos y tiempos muy diferentes), que hoy hay nuevos elementos fundamentales, y que otros que ya se daban hoy han multiplicado su presencia y efecto.

Aparte de si aplicamos o no un análisis marxista también a lo que hoy ocurre, que en la economía demuestra gran operatividad y aciertos, o si aplicamos una perspectiva materialista no necesariamente marxista, o si cometemos los “grandes pecados” del idealismo y el liberalismo burgués denunciados por Trotsky, es necesario establecer un esbozo de comparación entre aquellos tiempos y éstos. Leyendo a Marx, en un relevante pasaje de Miseria de la filosofía, vemos que Marx concede una gran importancia a lo que llama “fuerzas de producción”, en cuya capacidad basa las transformaciones en las relaciones de producción que a su vez causan las transformaciones ideológicas. En las fuerzas de producción está como factor clave la técnica. Así, la técnica es capaz de producir no sólo sumas y cambios cuantitativos en la producción, sino transformaciones cualitativas, en el propio dibujo del proceso de la producción que crea un nuevo dibujo social y un nuevo dibujo ideológico. Marx no aclara, sin embargo, el origen de las transformaciones en la propia técnica, que si arraiga en la esfera ideológica, en el imperio de las ideas, nos llevaría a una interacción entre producción e ideología que no está muy bien explicada en Marx, al parecer, o que ha dado, en todo caso, lugar a una larga y ya tradicional discusión en el marxismo de la que en este blog algo tocamos al escribir sobre Lukács.

Pues bien, este tipo de elementos técnicos son los que hoy modularían un proceso revolucionario de un modo que sin duda continúa la saga de los fanzines, panfletos y periódicos (la propaganda fue y es un elemento estratégico imprescindible para dar lugar a una revolución) pero que aportan un estilo cualitativamente distinto. Como es evidente, estoy pensando en Internet y sus posibilidades subversivas ya demostradas. Igual que la imprenta generó, acaso, movimientos sociales específicos que nunca antes sin ella pudieron surgir, ahora es lo digital una de las claves, lo que no quita que en algún momento haya que volver al papel. Pero en la máquina hay, como señalaba Lukács, una visión del mundo, un estilo de vida y una ideología, que tiñen la acción revolucionaria que pasa por ella. Es aquí donde pensar hoy día la revolución debería detenerse, como una especificidad de los tiempos. Es lo que yo a veces he señalado al definir al 15 M como capitalismo más Internet, es decir, como originado en las dinámicas propias de un capitalismo también marcado por Internet y la Globalización, y por Internet como medio de información, comunicación, organización y movilización.

A pesar de estas especificidades creo que pueden encontrarse, más allá del marxismo leninismo de su autor, conclusiones e ideas para una praxis revolucionaria actual. Por ejemplo, que hasta la fecha sea necesario organizarse y vertebrarse como movimiento político social. Esto no implica que haya que asumir estructuras verticales en sentido fuerte, militar, jerárquico, sino que aun teniendo ese candor horizontal propio de las revoluciones actuales facilitado por Internet, hay que organizarse. Sin organización la revolución está perdida. No puede seriamente aspirarse a algo tan “serio” como es una revolución, tan serio y casi tan terrible, si no se asume una estructuración capaz de afrontar la represión, la desinformación y la asunción del poder o la fundación de zonas “libres”. Esto lo daba antes con rigor férreo la ideología marxista leninista y, psicológicamente, funcionaba. Creo que filosóficamente lo que puede asumirse de esta doctrina es sobre todo su perspectiva materialista y mundana, así como su mesianismo secularizado. No sé si esta vertebración ideológica podría formularse en términos exclusivamente negativos, nihilizantes, y entablar movimientos utópicos políticos de carácter estrictamente negativo o crítico. Haberlos, los ha habido. Pero cuando se toma el poder, por lo que leo que ocurre, si se parte de un cero político, o sea, de un previo a la legalidad del sistema viejo, la tarea puede ser ardua, larga, dolorosa y caótica. Aquí sí sería necesario tener unas ideas claras pensando en distintas posibilidades.

Trotsky también nos previene de que en este vértigo es fácil delegar el poder, que la masa delegue en los seductores demagogos que suelen pertenecer al tiempo viejo que se desea superar. Este problema es grave, porque estos demagogos juegan inteligentemente con el desconcierto del revolucionario ante su propia revolución. Castran toda conceptualización que intente abrir brechas en el todo de lo dado, de lo viejo, de lo malo. Aquí, la lucha en un nivel intelectual e ideológico, como pretendiera Adorno, sí tiene sentido. Se trata de desactivar y pulverizar ideológicamente a los chantajistas de la vieja moral. Es donde una pizca de Nietzsche puede venir, operativamente, bien. Y este estilo implica que el pensamiento revolucionario se hace operando en la praxis, con el ethos, por lo que es ética (entendida como comportamiento o moral encarnada).

Y otro rasgo que no quiero que pase desapercibido es la necesidad de pensar a fondo la economía, frente a las maniobras de quienes dirigen, tendenciosamente, la lucha a lo estrictamente político. Es de las pocas cosas que puede sacarse más en claro del marxismo, en su versión más economicista. Si no hay cambios profundos en la economía, las libertades de la democracia liberal son papel mojado. Esta es una de las “verdades” que el 15 M debe tener siempre a la vista. Aunque esto sea tachado de integrismo o de fanatismo, es simplemente una brújula para orientarnos donde sin demagogia puedo afirmar que los peligros acechan. Porque el peligro sería el de quienes nos conducen a una mirada micro que resulta cómplice de la atomización buscada por el capitalismo, olvidando los elementos macros que son los propiamente revolucionarios, es decir, los que aspiran a transformaciones fundamentales en la economía, en el modo de vida y en la clase política (que habría que impedir que se reproduzca, rompiendo ideológicamente sus medios de legitimación, y sustituirla por otra, sin que esto que digo implique que el cambio deba ser violento).

Ser revolucionario hoy sería esgrimir la pretensión de salirse fuera del juego donde todas las cartas están marcadas para que siempre ganen los mismos. No se trata de que todo valga (frente a perspectivas relativistas o escépticas) pero lo que vale requiere de contextos que deben revisarse (frente al racionalismo ilustrado). Es un punto de vista que desarrolla bien el filósofo Ignacio Ellacuría y que nos explica cómo el pensamiento puede ser revolucionario sin nuevas opresiones y cómo se puede contribuir sin fantasmagorías de ningún tipo a la transformación radical de una sociedad que si nos regimos por el ideal de los Derechos Humanos resulta a todas luces perversa. Hay que volver a la carnalidad de la razón para que revienten los infames.