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miércoles, 20 de junio de 2012

El ser y Dios, según Paul Tillich


El teólogo Paul Tillich se refiere en su Teología sistemática a polaridades ontológicas entre las cuales los seres humanos oscilamos (v. g. libertad y destino). Estas tensiones exigen una resolución que el teólogo alemán sitúa en lo que llama “fondo del ser” que identifica con Dios. Dios es “ser en sí”, afirma, eludiendo lo que pudiera generar una imagen antropomórfica de Dios, en la línea del mejor protestantismo. El mundo apunta a un trascender en el que el mundo se completa llenándose de “ser” (plenificándose) frente a los “nom ser” (expresión usada por Tillich para indicar la máxima negatividad, la nada absoluta que nos vetea) que agrietan la existencia. Es como completar el mundo sin negar el mundo, pues la plenificación se entiende como síntesis de las polaridades o contradicciones en las que el ser mundano se debate. La trascendencia parte del mundo para ir más allá del mundo de un modo que no lo niega, según me parece entender.

La diferencia con un sistema ateo es que este término del mundo en el que lo meramente apuntado ocupa finalmente todo (Dios será “todo en todo”, dice San Pablo), en el que las líneas aspiran a su continuación, en el que los cabos sueltos quieren atarse, sacia por fin este deseo viejo como el universo (esto se experimenta a nivel humano-existencial, en efecto, como deseo). Todas las especulaciones de Tillich al final de su libro vienen a situar a Dios como trascendencia que incluye superándolas a las categorías ontológicas del ser en el mundo (existenciales), como es la temporalidad o el espacio.

Pero lo que me interesa a mí y a Tillich es el hombre, porque la teología para él no es sino respuesta a las preguntas que emanan de la existencia del hombre (este es su conocido método de correlación). La teología actualiza las respuestas a viejas inquietudes. Dios y el hombre, Dios y la existencia, Dios como respuesta a la pregunta que es el hombre. Tillich persigue una pista heideggeriana que privilegia al Dasein como claro del ser, como lugar donde tempóreamente se revela, como presente impresencia, el ser. La diferencia con una filosofía atea es que la finitud del Dasein lo es todo para ella, como en Heidegger. Todo queda en la sumisión del hombre al ser, el cual se muestra justo gracias al carácter conscientemente finito del hombre atento, para ser en el mundo, para manifestarse.

Pero para Tillich y para cualquier creyente, el ser es, además, garantía, final, eschaton, perfección, esperanza. A todo esto, si lo entiendo bien, es a lo que Tillich llama “Dios” aunque no use demasiado la palabra. Dios sería, pues, el fondo del ser, lo que sustenta al propio ser, o el propio ser en sí, pleno en sí mismo y autosustentado. El hombre necesita este ser-Dios en la medida que se halla compuesto de ser y de no ser, y que en su finitud, él, como todos los entes, como el mundo, es estructura en tensión, dialéctica, irresoluble. Dios sería la hipótesis de que el mundo, finalmente, se resuelve en sus tensiones. El hombre es imagen de esta resolución, pero sólo imagen in speculo. La perfección del ser (y del hombre) requiere lo que Tillich denomina “Dios”.   

No creo que en el mundo pueda apuntarse a una resolución de la pregunta que es el hombre, pues toda respuesta lo será en términos mundanos. Es inútil pretender que la razón razone sobre el elemento que la trasciende, cosa que es verdad que reconoce Tillich. Si razonamos sobre Dios, lo estaríamos sometiendo a la estructura sujeto-objeto propia de todo razonar mundano. Esto lo cosifica, lo objetiviza y por tanto, lo falsea. Por esto Dios no niega la razón, sino que la sustenta… desde fuera de ella. No estamos hablando, defiende Tillich, de emotivismo o irracionalismo. Hay en Tillich la muy tomista fe en la razón y en que la razón tiene el aval divino, pero se cuida bien (creo que como Tomás de Aquino) de reducir a Dios a lo que la razón puede entender de él. Dios es, dicho de otro modo, un asunto razonable, que puede ser pensado hasta cierto punto en los términos de la razón (un problema, como lo fue para la filosofía escolástica), pero Él mismo no es racional, o sea, sometido a la razón como algo superior a Él.