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martes, 11 de septiembre de 2012

Jano en la pedagogía



Carlos Lerena, padre de la sociología de la educación en España, en su libro Reprimir y liberar, desarrolla en un número de páginas a mi juicio muy excesivo, una suerte de metapedagogía, teorizando sobre lo que se ha escrito y hecho en relación con la educación desde el inicio de las universidades en tiempos medievales. Su idea, que ya expresé en posts anteriores dedicados a este mismo autor y libro, es que todo se resume en la pareja “reprimir y liberar”. En el grupo de las pedagogías cuyo lenguaje es básicamente el de la “liberación” porque pretenden “liberar” está como base Rousseau. Este grupo incurre, según Lerena, en el peor de los subjetivismos e idealismos, haciendo de la educación, como yo sí he ciertamente también señalado, el producto de una hybris por la que las ideas y su transmisión pueden cambiar el mundo, la voluntad de cambiarlo y el pensamiento como ejercicios del sujeto de tipo ilustrado. Esta es una pedagogía amable que sin embargo no se entiende sin su cara terrible que es la de las pedagogías que se engloban con la idea de reprimir, aunque en su lenguaje suelen hablar mejor en términos de adaptación a la sociedad y toda suerte de sacrificios por los que el individuo es mera sombra de la sociedad y de las fuerzas que la dinamizan. Este enfoque es representado por Comte, según Lerena, quien significa el lado oscuro, sombra u opuesto de la cara amable que es Rousseau. Lerena expone su comentario de Comte en varias páginas. En realidad, por cierto, el libro de Lerena no pretende ser una exposición tipo manual o libro de texto, sino un comentario personal, con sus opiniones y valoraciones, que manifiesta un tono ensayístico que en ocasiones degenera con improperios que no vienen al caso y los cuales a mi juicio hacen pesada la lectura. Lerena expone su opinión y su teoría de la pedagogía, pero lo que le sobra muchas veces de reiterativo, le falta en páginas que verdaderamente maticen y justifiquen con rigor muchas de sus estentóreas afirmaciones. 

De Comte destaca la fe positivista que se fundamenta, como todas las fes, en creencias o ideologías. En su caso, Comte hace filosofía de la historia extrayendo sus conocidos momentos por los que han de pasar las sociedades, pero que como su alter ego bueno, arrancan de la fe ilustrada en el binomio reprimir y liberar. La educación es según Comte el buen sometimiento del hombre a la historia y sus leyes, que traduce las viejas creencias religiosas en una excéntrica religión de la ciencia. Si en Rousseau todo lo era el sujeto, su naturaleza y su desarrollo personal, ahora todo lo es ese ente que llamamos sociedad que antecede al sujeto o más bien lo disuelve. Sin embargo, tanto uno como otro entienden la educación como una empresa salvadora, que en el caso de Comte, se dirige a un proletariado que hay que salvar del imperio de la “pedantocracia académica” (p. 249) fabricadora de fantasmas, que es pura palabrería. El sociólogo Lerena ve sin embargo que Comte representa el movimiento de huida hacia delante, de salto en el vacío, de la pequeña burguesía. En general, para Lerena todo lo que rodea a la escuela pública, incluyendo por supuesto sus teóricos y pedagogos, forma parte de la pequeña burguesía o de lo que Marx consideraba clase de la cultura, o sea, las llamadas hoy “clases medias” que son las que luchan en el campo cultural, sin poder para ser capaces de hacerlo en el entramado económico, por ejemplo. Toda la educación moderna es, pues, una operación por parte de las clases medias de hacerse notar, de guiar a la sociedad y, Bourdieu dixit, de legitimarse. La educación sería, entonces, una empresa misionera que en el fondo lo es de pura defensa (p. 249). 

Comte responde a lo que Lerena denomina “pathos del idiota”, que es el del sujeto que se anula para ser, en cambio, mero reflejo de un “orden objetivo”. Por eso, aunque Comte abominó de cierto afán empirista, se mueve en una dinámica objetivista que tiene mucho en común con el descriptivismo de los métodos más empíricos. Pero esto es sólo un extremo de una dualidad no superada como concluye el propio Lerena: “En definitiva, eso es lo que se ha tratado de mostrar, o sea, que el par de contrarios subjetivismo-objetivismo, y toda la cadena de alternativas que implica, constituye el motor de un movimiento –el ascenso de las clases medias cultivadas en torno de un sistema educativo cada vez más poderoso- que tiene dos alas cuya falsa oposición lo retroalimenta. Educación-liberación y educación-adaptación se implican, como se implican educación escolar y educación familiar, escolarización y desescolarización, sociología comtiana y antisociología roussoniana”. (p. 251).

Será Marx quien rompa esta trampa saliéndose de ella. Al menos, esta es la tesis de Lerena, quien antes de desarrollarla (o más bien, tan solo de exponerla o expresarla, pues no he hallado un análisis de Marx que fundamente convincentemente lo que defiende Lerena) se dedica a despotricar contra las guerras académicas de quienes intentan defender lecturas de Marx y sus propias interpretaciones. Apunta al marxismo como fenómeno cultural académico en la universidad española de los setenta y ochenta, no sin incluir en este debate a las posiciones cada vez más descafeinadas de la socialdemocracia que constituyó la ideología oficial del PSOE llegado por primera vez al gobierno. Él dice no querer entrar en esta guerra pedante ideológica (aunque lo dice con una arrogancia que podría ser también tachada de pedantería, elitismo universitario o afán de reconocimiento) para afirmar sin, como he señalado, argumentarlo demasiado, que la clave de Marx está en su crítica precisamente de este tipo de guerras académicas. Esta crítica a lo que sucede en el ámbito más culturalista es la que explica que Marx tenga tan pocos escritos sobre educación. 

Entender mal a Marx es querer verlo como pedagogo, como autor de algunos pocos escritos sobre educación. En realidad, resalta Lerena que la teoría de Marx (de la que él escoge lo que considera sociología y desecha lo que puede ser tachado de filosofía) implica la irrealidad o inconsistencia de eso que llamamos educación o escuela y de aun más, de la pretensión de que la educación o la escuela sean importantes para cambiar la sociedad. Desde ellas, dice Lerena y dice Marx según él, no puede cambiarse sustancialmente nada. Lerena muestra a partir de su lectura de Marx una sospecha de lo que la escuela puede ser capaz de hacer, pero no desde el idealismo subjetivista (así lo llama él) de un Iván Illich o A. S. Neill, sino desde la explicación marxista de la sociedad como conflicto de clases, como lugar vertebrado por dicho conflicto, sin entrar en sus formas o fases a lo largo de la historia (que es la parte según Lerena “filosófica” y eliminable de Marx). Para Marx siempre hay “enseñanza” pero sólo en nuestro actual modo de producción hay “educación”. Esto parece no haberlo entendido ni siquiera un pedagogo de la época soviética en la Polonia comunista, afirma Lerena de Suchodolski. El final de nuestra sociedad y modo de producción implicará el final de la educación, de todos los fenómenos que entendemos bajo ese concepto y que apuntan a las sublimaciones, misticismos, idealismos, culturalismos, etc.  que presiden la escuela. Habrá, postula Lerena, enseñanza, pero ya no más ese proceso de cura de almas salvadora que llamamos “educación”. Habrá otro régimen, dice Lerena (p. 265) de formación de individuos. Y, según esto, todas las escuelas nuevas, liberadoras, libertarias, etc. Son producto de nuestro modelo social y no se salen realmente del mismo. Aun más, contribuyen a su fortalecimiento. Desde aquí Lerena, apoyándose en Marx, cuestiona seriamente todos los proyectos renovadores en educación y a autores en apariencia revolucionarios pero que son todo lo contrario: Iván Illich, por ejemplo, pero también Decroly, Claparede, etc. Por eso, “Marx no parece que tenga sustancialmente nada de positivo que decir dentro de ese simulacro de debate, en definitiva protagonizado por el subjetivismo roussoniano y por el objetivismo positivista, uno con el lenguaje del radicalismo y otro con el lenguaje del conservadurismo” (p. 270). La educación, en todas sus vertientes, es estructuralmente burguesa (p. 277 y p. 288). 

En el próximo post continuaremos matizando lo que Lerena explica acerca de lo que Marx dijo y no dijo sobre educación.