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jueves, 18 de octubre de 2012

La sombra de Robespierre



La aproximación biográfica a la historia, mediante el estudio de la vida de personas que han condensado de algún modo las características de un tiempo (llamémoslas “figuras ejemplares”) o que han ejercido algún papel relevante por ejemplo en la política, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como ventajas tenemos la de una aproximación de tipo micro, muy concreta, hasta cierto punto carnal, que conecta las fuerzas y grandes inercias que actúan como corrientes en las sociedades con su materialización psíquica y personal. Lo biográfico, no obstante, debe evitar todo reduccionismo que explique a una persona por la acción de meros factores macro, por ejemplo de tipo social o económico. Pero al mismo tiempo, utilizar biografías como aproximación a un tiempo histórico encierra un obvio peligro psicologista, que es otro enfoque reduccionista, que conduce a una concepción de la historia como extensión de lo mental o lo individual o lo psíquico. 

Creo que lo adecuado es abordar la vida de un hombre en lo que pueda saberse por los datos que se tengan, con mucho de escepticismo, siempre a sabiendas de que jamás tocaremos fondo, de que nunca captaremos más que identidades que niegan a previas identidades, como en un juego de falsas muñecas rusas, de espejos que se reflejan unos a otros, como continuas negaciones, como sombras de sombras. En el fondo, siempre hablaremos de fantasmas.

En el caso de Robespierre tenemos pocas fuentes para ahondar en sus profundidades, si es que es eso lo que queremos. Si nos interesa el que fue en la vida pública, el amigo, el hombre fuerte del régimen del Terror revolucionario, el personaje de los libros de historia… debemos resignarnos a bucear en sus oeuvres completes, que son unas cinco mil páginas de discursos, artículos para la febril prensa del París y la Francia revolucionaria y algunas cartas, casi todos escritos en el lapso entre 1789-1794, con especial intensidad en el año II de la República (1793-1794), es decir, su último año de vida. Lo anterior son datos sobre sus estudios, su carrera de abogado (con algunos casos que defendió), de tipo familiar, a los que él apenas se refiere en su correspondencia y obra en general. 

Apenas habló de sí mismo ni del periodo de su vida anterior al de su labor política, refiriéndose casi siempre a asuntos de la vida pública. Además, escribió algún poema de estilo galante dieciochesco motivado por algún breve enamoramiento juvenil. Aunque, según lo consideremos, joven fue siempre, ya que murió a la edad de treinta y seis años. Toda su vida parece concentrarse al final y esto es precisamente el peligro que toda biografía sobre Robespierre alberga. Su fantasma, que es de lo único que ya puede hablarse, lo único que nos resta de él, no puede librarse de esos últimos años, de ese frenesí que puebla miles de libros o documentos estudiados por miles de historiadores, de esas pocas imágenes que, sustitutas de las palabras imperantes en la memoria decimonónica, ahora pueblan nuestra memoria más cinematográfica. Pero debemos recordar que Robespierre no fue eso. Una vez pagado este tributo, este reconocimiento de nuestra incapacidad, podemos proseguir en pos del rastro de algo que no sé exactamente qué es.

Porque también la Francia de finales del siglo XVIII es un fantasma. Quiero decir, que la Francia del siglo XVIII, como tal, murió, y lo hizo irremisiblemente. Lo sé, lo sé en cada línea que termino de leer de cada libro que leo que trata de la Francia de finales del siglo XVIII. 

Robespierre apenas conoció a su madre, pues ella murió de parto cuando él tenía seis años, dejando a su esposo, el padre de Maximilien, medio loco de desesperación. Él abandonó a sus hijos, que fueron repartidos entre distintos familiares. El niño Maximilien fue acogido por dos tías y jamás volvió a ver a su padre. Sobre él pesaba, además, el haber sido la causa del matrimonio forzado, pues las familias se oponían. Todo ello parece conducir a establecer una relación entre la tormentosa vida política de Robespierre, su turbulenta vida revolucionaria, su denodada defensa de los pobres, su compromiso con los fuera de toda aceptación social, con  los castigados por los prejuicios sociales acerca de lo bueno (prejuicios provenientes de la aristocracia a los que se enfrentó como gato panza arriba), a una relación, digo, entre todo ello con una infancia rota de huérfano de madre abandonado pronto por su padre y criado por parientes. De hecho, la biografía del político y escritor francés Max Gallo, señala Peter McPhee, va en esa línea interpretativa. Varios de sus primeros casos como abogado consistieron en defensas del derecho a heredar o a tener privilegios por parte de hijos “ilegítimos” tenidos fuera de matrimonio. 

Leeríamo el avatar político Robespierre desde un comienzo trágico, marcado por unas carencias psicológicas, que lo condujeron a su pathos revolucionario. Es este pathos el que interesa, en efecto, estudiar y destacar en su fantasma, pero debemos ser honestos y pudorosos con todo intento de jugar a psicólogos ante la abrumadora falta de datos acerca de su infancia, más allá de esto que sabemos acerca de su padre y de su madre. Porque en realidad sobre cómo lo pudo vivir el niño Robespierre, sobre cómo le pudo afectar, cómo lo pudo moldear, no pueden hacerse más que atrevidas conjeturas que son tentadoras pero carentes de rigor. Es fácil y, ya digo, tentador, hacer una pintura dramática, trágica, de nuestro héroe, máxime cuando intentamos describir a alguien que acabó pintando a la perfección con su vida registrada en los datos que conocemos un pathos, un cierto arquetipo o paradigma que identifica a cierto tipo de revolucionario. Su pathos revolucionario podría ser el pathos de un Lenin; esta sería otra hipótesis, pero por ahora no puedo asegurar que esto tampoco sea un camino equivocado, otro juego fantasmal que nos lleve a algo tan brillante y estimulante como falso. Por lo pronto, me hallo en mitad de un camino exploratorio que termina con la Asamblea Nacional, cuando Robespierre ha comenzado su vida política, su ascenso público, que quiero ver como etapa sugerente en sí misma, analizarla como tal, olvidando, por ahora, lo que vendrá después. Quiero que el pathos de Robespierre, si lo hay, reluzca en la medida que pudo relucir en este presente anterior a su periodo de gloria. Desde lo anterior a 1792 es desde lo que estoy intentando explorar quién fue, dónde se hallaba su pathos, si es que ya lo había.

De su educación me parece destacable, dejando de lado algunos pocos testimonios sobre el carácter y gustos del niño Robespierre, la fuerte presencia católica que acaso influyera en que en el periodo estudiado, a pesar de haber llegado a representar en la Asamblea Nacional y en el Club de los Jacobinos las posturas más radicalmente democráticas, consideradas en la época fuertemente extremistas, no llegara a manifestar posturas abiertamente anticlericales. No encabezó una guerra abierta contra la religión sino que, al contrario de lo que pensaba en relación con la aristocracia o el Alto Clero, sostenía que la religión merecía respeto y mantuvo la amistad de algunos curas que formaban parte como diputados del Tercer Estado que se constituyera en Asamblea Nacional, que representaba al “Pueblo” (en realidad, a burgueses y pequeño burgueses la mayoría, con algún párroco, y profesiones liberales, especialmente abogados como Robespierre, que eran la mitad de la Asamblea). De lo que posteriormente ocurriera, en el periodo del Terror, hablaremos en un segundo post.

La educación católica tuvo primero la impronta de sus dos tías y la ciudad de Arras, y posteriormente el colegio de Enseñanza Secundaria de París donde se formó para entrar a la universidad. En el Liceo Louis-Le-Grand se sumergió en una estricta disciplina de ascetismo y rigor monacal en la que el concepto de educar era claramente, como nos recuerda el sociólogo Carlos Lerena, un reflejo de la regula de San Benito. Es decir, una adquisición o formación, de tomar-forma, de con-formarse, mediante el acoplamiento a un ritmo rutinario, a un orden de estudio, a un reglamento que regula las relaciones, el cuerpo, el pensamiento, el estudio. Se trataba de una rutina estricta a la que Robespierre se adaptó bien, parece, en la que se decía lo que había que hacer, como en un convento o en un cuartel, casi minuto a minuto, y continuamente se leía o escuchaba una lectura. Esto último significaba un dejarse operar por el texto, labrar por la escritura, esculpir por la letra, que en el caso de la mencionada institución era sobre todo la lengua y la literatura latina, del periodo clásico romano. Se priorizaba el latín por encima del griego, con mucha diferencia. Además, se daba cierta importancia al francés. 

La ideología que en la palabra leída iba calando en el Liceo, además del catolicismo, era, con mucha fuerza, el republicanismo romano, en especial, la contraposición del hombre virtuoso y republicano que hace Cicerón al hombre corrupto y lleno de vicios de la aristocracia. Este tipo de elogios de la Antigüedad clásica a la virtus, el ideal romano de raigambre estoica, de la virtus como pilar del Estado, era parte de la ideología que los textos latinos más venerados y ensalzados en los ejercicios y concursos del Liceo portaban. Durante toda su vida, Robespierre, en sus discursos, empleó este lenguaje de la política romana de los siglos I a. C. a II d. C. Al más puro estilo del siglo XVIII, su prosa política está llena de alusiones cultas a ese periodo de la Antigüedad romana y de la mencionada contraposición entre el vicio y la virtud que impregna las Catilinarias de Cicerón.

El afán por educar en la virtud, por esculpir el alma era tal, que en el Liceo había lemas muy pormenorizados acerca de cómo había que comportarse, incluso en relación con los pensamientos, hasta extremos francamente chocantes. Seguramente los propios estudiantes harían con toda justicia mofa de ello y en más de una ocasión se escurrirían de la vigilancia de sus tutores en un París lleno de tentaciones. Esta educación vigilante y con-formadora continuaba en la universidad, pues en los periodos de lo que hoy llamaríamos prácticas tuteladas, en el caso de la carrera que escogió Robespierre que fue Derecho, los tutores y abogados de prestigio se afanaban en preservar la virtud y buena conducta en todos los sentidos de sus educandos. En definitiva, la educación, incluida la universitaria, era una tarea moral, con un fin claramente moral, es decir, que abarcaba a toda la conducta, que perseguía una transformación o conformación del ser, de todo el ser del educando. En este sentido, con la distancia del tiempo, y por esto es bueno leer historiografía, no podemos sino dar la razón a Carlos Lerena en su lectura de lo que en el fondo ha sido la educación en la modernidad, tanto en su vertiente dura y disciplinaria como en la vertiente amable-rousseauniana que persigue el mismo fin de hacerse cargo de una transformación moral, de un cambio global en el educando, por muy activista y respetuosa que parezca. En este post no vamos a extendernos por aquí, pero hablando de Robespierre, o de su fantasma, estamos hablando de otro fantasma, es decir, de la modernidad, y en ese fantasma estamos metidos todos, está metida la educación y en buena medida el discurso pedagógico y el relato que la educación hace de sí misma. 

El elemento ilustrado aparece en las biografías de Robespierre en un caso que ya ejerciendo como abogado le tocó defender con pasión, y que produjo más adelante algún chiste. Fue la defensa de un vecino que había colocado la invención de Benjamin Franklin en su tejado, el pararrayos, que despertaba recelos en el vecindario hasta el punto de pleitear los asustados vecinos para que lo quitara. Robespierre utilizó el caso para defender la ciencia y el progreso, la razón, decía él, frente a la superstición. Así, en varios casos, sus argumentos derivaban hacia defensas de ideales ilustrados como eran el ataque a los prejuicios de la sociedad oscurantista frente a la razón y el ataque a los privilegios de los aristócratas. Pronto se vio en él una especie de simpatía por un ideal que vertebra su acción y su palabra que es la defensa de los pobres, la idea de que la pobreza es un producto de un agravio, de un robo, de una sociedad mal hecha. Así, ya en esta etapa se da, ciertamente, con fuerza lo que parece que seguiría dándose con mayor estridencia con posterioridad. Era, en relación con esta firme persistencia de una línea de conducta, obstinado, de una obstinación que me ha recordado a la de Lenin, cuya biografía leí hace casi un año y comenté en este blog también. Debió ser persona de idea fija e inflexible; de hecho, en la conversación tenía fama de sacrificar la cortesía para defender denodadamente su idea como fuera. 

Como orador no era perfecto. Al parecer su voz era aguda, y al principio le costaba hablar en público. Aprendió a partir de ciertas malas experiencias que siempre hablaría teniendo notas delante y la clave de su éxito iba más, parece, por la forma de argumentar, por su tenacidad y por la limpieza moral que transmitía. Se fue ganando una fama que le produjo grandes enemigos y grandes amigos en los inicios de su carrera. Todos veían, aunque sufrió duras difamaciones, acusaciones e insultos en la prensa, que creía en lo que decía. Este parece ser el don que tenía: la virtud que transmitía. Porque ni el físico, ni las maneras ni la voz le acompañaban. Era bastante  bajo, no muy agraciado, estudioso, ordenado, austero, enemigo del dinero y a todas luces hacía honor a su sobrenombre “incorruptible”. Se le conoce algún enamoramiento muy de juventud, con poema de amor incluido y algún otro amor seguramente con cartas incluidas pero que se presume fueron rápidamente destruidas debido al evidente peligro que después de 1794 podía significar poseer cartas escritas por Robespierre.  

Conservó toda la vida la costumbre de hacerse afeitar muy temprano por la mañana por un barbero en su casa, que además le empolvaba y peinaba la peluca. Su desayuno era un tazón de leche. Poseía muy poca ropa, pero la suficiente que había de tener un abogado de la época. Se conocen los trajes que portaba cuando fue como diputado de Arras a Versalles para los Estados Generales y era ciertamente escaso, aunque suficiente. 

En los Estados Generales convocados por el Rey, fue uno de los seiscientos diputados aproximadamente del tercer estado que hicieron, uno a uno, el famoso juramento de la sala del juego de la pelota, cuando encontraron su sala de reuniones clausurada por la guardia real ante las tensiones con el primer y segundo estados (Alto Clero y Nobleza). Ello provocó que se proclamaran “Asamblea Nacional” con la misión de establecer un nuevo régimen constitucional, en principio monárquico. Los acontecimientos se precipitaron, pues todo coincidió con una hambruna en París, que ya llevaba sufridas varias, y corría el rumor de que se trataba de conspiraciones de los nobles. Fue el detonante de la toma de la Bastilla, con el saldo de cien muertos y la ejecución del alcaide y el comandante de las tropas que habían disparado. Pero el Rey acabó siendo aceptado por la muchedumbre en París cuando él aceptó a la Asamblea Nacional.

Comenzó así este nuevo periodo de sesiones larguísimas en las que el diputado Robespierre fue sobre la marcha aprendiendo a dar sus discursos hasta llegar a ser, al final del periodo de la Asamblea Nacional uno de los cuatro oradores que más había hablado en el estrado. Fue entonces que salieron a relucir los elementos personales entrelazados con sus ideas políticas que he ido avanzando, su pathos: virtus frente a corrupción, principios e ideas por encima de intereses (defendió la libertad de prensa en medio de tremendas campañas de la prensa contra él), tenaz obstinación y perseverancia, voluntad de cambio radical (de raíz, estructural, desde lo básico). Esta radicalidad en este Robespierre temprano implicaba sobre todo al campo, que es donde él veía la lacra de los prejuicios propios de la sociedad aristocrática: el régimen de privilegios feudales, por ejemplo la exención de impuestos por parte de la nobleza. Había que reestructurar el campo, que repartir la tierra y replantearse la propiedad. De aquí pasó al final de este periodo de la Asamblea Nacional a cuestionar incluso el derecho de herencia. 

En todo se va percibiendo un cierto ideal romano del Estado que vela y protege, no tanto el ideal liberal puro de la burguesía. En el fondo, admiraba profundamente la democracia participativa ateniense, pero manifestó en algunos escritos (en cartas y según declaraciones de amigos) que un país tan grande como Francia no podía ser gobernado como Atenas y debía adoptar un régimen representativo como la Roma republicana o incluso llegó a hablar de la figura del senado espartano intermediaria entre el pueblo y la monarquía. Fue ardoroso defensor del sufragio universal y de la igualdad de hombres y mujeres. Incluso, en el contexto todavía de la Asamblea Nacional, intentó, sin lograrlo, la abolición de la esclavitud de los negros en las colonias. En este año, 1791, también pugnó por abolir la pena de muerte, aunque en este campo lo máximo que se consiguió fue la enmienda de Guillotin por hacer de la ejecución un acto rápido e indoloro (frente a las ejecuciones lentas y dolorosas del Antiguo Régimen). La Asamblea Nacional restringió los casos de aplicación de la pena capital. Todo ello nos pinta una especie de ala izquierda del ideal ilustrado, una exacerbación o extracción de las máximas consecuencias de lo que las ideas ilustradas venían insinuando. En Robespierre, y en lo que podríamos denominar “izquierda ilustrada”, todo ello estalló. Se trata de la Ilustración de Rousseau y acaso de Voltaire.

Resumamos. Tenemos a un fantasma que persiguió a otro fantasma: la Roma de Cicerón. Se ha dicho que Robespierre fue ideología encarnada, pura ideología hecha cuerpo. ¿Es esto cierto? ¿Se dice esto porque no podemos mirar a Robespierre si no es desde los sucesos del año II de la República? ¿No podemos despojar a Robespierre de su sombra? ¿Somos nosotros los que creamos esa ideología? ¿Es Robespierre lo que vemos o es a nosotros? ¿De qué sombra se trata? Es otra línea de investigación que sería interesante discernir. Pero mucho me temo que todo acabe, sea como sea, quedando entre fantasmas.