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jueves, 11 de octubre de 2012

Todo cambió en menos de 50 años


No se puede afirmar que el periodo napoleónico fuera de una efervescencia revolucionaria como había sido la república jacobina de Robespierre. Sin embargo, dentro de unos límites moderados, muchos de los principios propios de la Revolución francesa se extendieron por Europa gracias al avance de los ejércitos napoleónicos. Al acabar todo, tras la derrota definitiva de Napoleón y la restauración del Antiguo Régimen en muchos de los países conquistados, ya nada pudo volver al punto anterior a 1789. Lo que había ocurrido ya para siempre, señala Hobsbawm, básicamente consistió en el final del feudalismo en el campo y la consecuente reestructuración de la propiedad agrícola que produjo una ingente transformación económica y cultural, un despegue económico capitalista en la forma de acumulación de grandes fortunas y, por otro lado, unas enormes bolsas de pobreza compuestas de gente que no comprendían, pues no tenían las categorías culturales para ello, qué les estaba sucediendo. 

Según lo describe nuestro historiador, debió ser una especie de gran cataclismo ideológico, una especie de choque cultural en el que un mundo viejo, incluyendo las creencias religiosas, ya no valía, ya no se adaptaba al nuevo mundo de la mercantilización de la tierra y del comercio de todo lo vendible, del enriquecimiento en mercados cada vez más globales en los que se buscaba comprar barato y vender caro. Hay que pensar que el campesino del Antiguo Régimen vivía con sus necesidades psicológicas y afectivas bien cubiertas, con una sensación de seguridad en la vida, que de repente, en pocos años, en apenas dos décadas, se perdió. El régimen feudal de propiedad y trabajo de la tierra era, ciertamente, menos productivo, pero aseguraba cierta protección ante imprevistos como guerras, hambrunas, epidemias y otros desastres, ya que se daba la ayuda por parte del dueño del señorío, por ejemplo. Se vivía inmerso en una pequeña estructura social, en un microuniverso muy familiar en el que lo mínimo estaba más o menos garantizado incluso para un campesino pobre. Esto, en el caso del campo en regiones más o menos normales. 

Lo que fue iniciado por la Revolución industrial y, en términos legales, por la Revolución francesa, fue el reparto de la propiedad de la tierra, su parcelación. El campo se llenó de vallas y muchos campesinos se vieron de pronto como pequeños propietarios obligados a vender (su propiedad era demasiado pequeña para darle de comer, cosa que no ocurría cuando trabajaba como siervo en un terreno mayor aunque no le perteneciera) y a trabajar como jornaleros en condiciones peores que las que les aseguraba el régimen feudal.  Esto fue una aplicación del liberalismo (y los principios de los economistas fisiócratas) al campo que se armoniza con la consecuencia del mismo en las ciudades donde a partir de 1800 se empiezan a ver las primeras grandes aglomeraciones de casitas junto a fábricas, a veces proporcionadas por el dueño de una fábrica, que pagaba un salario bajo para “evitar la indolencia” del trabajador. 

Los trabajadores solían ser campesinos que buscaban una vida mejor en la ciudad, y ciertamente, su vida mejoraba algo, pues podían aspirar a un techo, acaso una comida diaria, pero poco más. También en muchos casos eran artesanos y antiguos socios de los gremios, desaparecidos bien por ley o bien por la competencia de las fábricas. Esta clase de obreros, por cierto, solían ser los menos religiosos y los más revolucionarios y organizados, según Hobsbawm, pero si hablamos de cerca de 1830 por lo menos. La pobreza espantaba ya en la época y el crecimiento descuidado y sucio de estos barrios pobres sólo se intentó controlar cuando el tifus o el cólera comenzaron a amenazar a las barriadas burguesas. La pintura que Hobsbawm hace es la de una masa de gente que ha perdido su horizonte vital, su mundo, que sólo casi en torno a 1830 empezó a organizarse mejor y que al principio seguía el modelo de las rebeliones de hambrientos y desesperados que siempre ha habido en la historia o el ejemplo reciente y único en la historia de la singular revolución y república jacobina. Aunque los jacobinos eran los que Hobsbawm denomina una “clase media” o pequeños burgueses, los primeros proletarios se identificaron con ellos y actuaron como ellos, hasta el surgimiento de las ideologías anarquista y comunista. Tras el modelo de revuelta jacobina y de los sans-culottes (mítines, barricadas, asaltos), se empezó a dar el modelo italiano carbonario de las sociedades secretas de conspiradores, inspirados en logias masónicas, que conspiraban para cambiar gobiernos mediante el modelo de golpes de estado y pronunciamientos militares, tan comunes en la España liberal del XIX.

En cuanto a la religión, según nuestro historiador, pasó un cuarto de lo mismo en lo que se refiere a la desnivelación con respecto al tiempo histórico que se está viviendo. La Iglesia católica no se adaptó, dice, con la suficiente rapidez al nuevo mundo que había aparecido ante sus narices (hasta el punto de carecer de una infraestructura de parroquias suficiente en las que cupieran las inmensas masas que habitaban los arrabales de obreros). En general, y en esto Hobsbawm es bastante taxativo, los movimientos radicales de obreros con cierta autenticidad, herederos de lo que él llama la doble revolución (industrial y francesa), eran seculares y laicistas. Reconoce que ha habido y hay creyentes revolucionarios, pero no es la mayoría, añade, y no representa lo que parece ser una cierta esencia de las revoluciones heredadas del Iluminismo ilustrado. De todos modos, en un capítulo dedicado a este asunto, matiza más cuestiones en relación con el protestantismo e incluso se refiere al islam en África y Asia en el siglo XVIII y principios del XIX. Del Islam dice, por mencionar un dato que se me ha quedado, que era la religión de ciertos esclavos llevados a la ciudad brasileña de Bahía (si me lee algún alumno, ya sabe, la del barrio de El Candeal) que protagonizaron frecuentes y muy duras revueltas, hasta el punto de que fueron algunos devueltos a África. En general parece que en tiempos en que el comercio de esclavos diezmaba África, el Islam se propagaba entre los potenciales esclavos o familias deshechas por el tráfico de esclavos a velocidad de vértigo, mientras en Arabia, Argelia, Egipto y otras regiones irrumpía el puritanismo Wahhabí. Respecto a una moda por el culto católico que se dio en el periodo estudiado por el libro de Hobsbawm (especialmente desde 1815 -1848), y la profusión de sectas protestantes, todo ello hay que relacionarlo más bien con el conservadurismo político y la añoranza del Antiguo Régimen (en el caso católico) que con movimientos revolucionarios. En general, la Iglesia sí tuvo intentos de adaptarse al liberalismo (incluso algún Papa fue artífice de ello), pero no fue a la larga un movimiento exitoso. En el caso de España, como sabemos, la Iglesia más oficial (con excepciones particulares de clérigos simpatizantes con la Ilustración) militó en un antiliberalismo fuertemente beligerante, y por supuesto, el liberalismo más radical fue virulentamente anticlerical. Esta guerra es la que, en mi campo profesional, se puede apreciar perfectamente en el desarrollo del sistema educativo español a lo largo del siglo XIX, que la refleja.

Además de la nueva legislación en torno a la propiedad y mercantilización de la tierra y la industrialización, el nuevo mundo que llegó en el primer tercio del siglo XIX trajo más cambios fundamentales: un espectacular aumento demográfico (por lo visto ocurrió lo que ahora ocurre en algunos países del llamado tercer mundo, es decir, que había niños por todas partes y sin embargo pocos ancianos). Era un mundo lleno de jóvenes. El segundo cambio fueron las comunicaciones (carreteras para diligencias, ferrocarril, barcos) lo que acabó suavizando el efecto de las hambrunas finalmente (en la antigüedad las hambrunas se daban principalmente porque en tu región no quedaban alimentos por lo que fuera, tal vez malas cosechas, y no había medios ni tiempo para traer de otro sitio). Y otro cambio espectacular: el gran aumento del comercio y de la migración. Respecto al comercio, explica Hobsbawm su relación con el colonialismo, con los cañones, que abrían los mercados a la fuerza, en la India para los ingleses, por ejemplo, o en China. Las relaciones internacionales de dependencia parece que tal como las conocemos hoy arrancan de este periodo, es decir, la división entre países “desarrollados” y “subdesarrollados”. Detalla nuestro historiador cómo la colonización inglesa retrasó la economía india produciendo una pérdida de su proceso de industrialización (ya iniciado) y su conversión de nuevo, a la fuerza, en lugar de producción de materia prima y comprador de manufacturas que antes producía ella misma.