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sábado, 17 de noviembre de 2012

Lo pesado y lo ligero en la educación



La educación aun siendo absolutamente inmanente, histórica e ideológica, dada en un tiempo y circunstancias concretas, a su vez, podría trascender dichas circunstancias sin segregarse de ellas. Es como si al educando le fuera posible ubicarse en el mundo que lo acoge pero también modificarlo, siendo a la vez ese mundo y esa modificación que de algún modo ya apunta a lo nuevo. En el educando hay, de hecho, esos dos tiempos: un presente y un futuro, que preocupan al educador. Éste a su vez es mediador de una tradición, decíamos en posts recientes, y por tanto, de un resto de lo que llamamos pasado, un pasado muerto en lo que se refiere a su carne, pero vivo como mito, como palabra, como relato. Esta función del relato es, veíamos con Mèlich, vital, porque dota al educando de un precario sustento sobre la nada que somos; es, paradójicamente, lo que le dará la ilusión de un sentido a su vida pero al mismo tiempo conciencia de su finitud, en la medida en que, hoy sobre todo, los relatos compiten y se multiplican, sin que prevalezca ya ninguno. Educar es en gran medida algo que se hace narrando, ya sea mediante el ejemplo de la propia vida que empapa al niño (la narración que uno mismo es para el niño que lo mira), ya sea mediante mitos, ya sea mediante literatura o arte. Y por supuesto, las religiones. Todo esto forma parte de la educación a un nivel primario, fundamental, inconsciente, que el niño capta antes que cualquier cosa y que me atrevería a proclamar le va a educar más que ninguna otra cosa. La educación es, en sus tres cuartas partes, esto mismo.

De la interacción humana surge el sujeto y es necesario aprender de Foucault su carácter blando, dinámico y engarzado a la verdad que crea y a su vez le crea, a la epistemología, a la mirada con la que mira y que le mira. La realidad que Descartes entiende como un desdoblamiento de sujeto que objetiva lo que no es él, lo ajeno a él, es vista como un conglomerado en el cual el sujeto no se libra fácilmente del mundo, porque es mundo. Este planteamiento es viejo, porque está en la base de casi todas las críticas contrailustradas o sencillamente críticas o revisiones a la modernidad dadas en los últimos ciento y pico años. Esto en educación no puede pasarse por alto. La implicación es clara: no podemos entender el proceso educativo como algo definible de antemano, como un proceso descriptible a priori, en el que un sujeto se nutre de información, de conocimiento o valores y, llenándose de ello, crece. En realidad, lo que llamamos crecimiento, es simplemente la inmersión en la simbología, en la mitología y las narraciones fundantes de una tradición, que puede ser la propia modernidad. Eso jugará el papel que juegan los símbolos y los mitos, que es, repito, el de dotar de un precario y efímero sentido y orientación a la existencia del niño. 

A este movimiento primero en todos los sentidos de primero, sin el cual no seríamos, que es todo lo que somos, realmente, por el cual los antepasados están en nosotros, hay que oponer otros movimientos, hay que oponer una cierta Ilustración, un distinto encuentro. Porque la educación es, además, encuentro, encuentro a la vez grato y a la vez doloroso, ya que este segundo encuentro vacía y no llena, como el primero, este encuentro araña nuestra mismidad, la puebla de oquedades, de infiltraciones, de manera que ese manso océano de narraciones se transforma en una tempestad. Llega el Otro de muchos modos, educándonos como Otro, por el simple hecho de ser Otro, de ser palabra, al margen de su contenido, al margen de lo que nos cuenta su lenguaje, es su rostro el que ahora nos habla, su ejemplo. Aquí somos cuestionados, impugnados, zarandeados. De repente, cae el olvido de la finitud constitutiva y de nuevo somos conscientes de que somos precarios y finitos, de que nos ciernen límites por todas partes. Ahora llega, con esta tempestad, la pregunta, la inquietud, la incertidumbre. 

Así, el hombre concreto se hace entre un movimiento centrípeto, por el que la materia acude a su encuentro originando un centro, un poso, que lo dota de una identidad, de la consistencia de ser Uno, de ser sujeto, una consistencia que ciertamente, ha venido de fuera pero que ha cubierto toda tiniebla, que ha cerrado todo misterio, en el fondo. Bien es cierto que esta tradición es ardua, compleja y enrevesada, más un laberinto que otra cosa, y que aunque ofrece respuestas, también genera dudas y nuevos interrogantes. Pero todo ello puebla, habita el universo, lo llena, ocupa un centro, irradia, pesa. 

Por el otro lado, con la instantaneidad de los acontecimientos suele ocurrir ese otro momento pedagógico de la comprensión, del abrir los ojos, del ver como por primera vez, del hacer una especie de repentina epojé de lo que se venía aceptando como normalidad cotidiana y ser casi deslumbrados por un relámpago. Realmente, estos instantes tampoco llegan así, pues surgen de algún sitio, tienen que ver con el contexto, con la tradición, o bien emergen de ella, o discuten con ella, o se oponen a ella. Nada humano surge del vacío, ninguna mirada humana mira en el vacío. Pero aun así se puede dar esa visión o más bien comprensión una vez que parece haber irrumpido una alteridad desafiante, algo que cuestiona, que como una fuerza centrífuga nos impulsa para abandonar el lugar de la plena satisfacción. 

Esto nos retrotrae a la precariedad inicial, a la vaciedad del origen, a lo previo, poniéndonos de bruces ante la nada en la cual nos sustentamos y en la cual penden nuestras existencias. Nos arranca de lo céntrico, de lo denso, de lo grave. Nada de esto ocurre, obviamente, fuera del mundo, de la historia y de la materia. Hay que comprenderlo como dinámicas internas a los mismos, dadas dentro de ellos, en sus márgenes; no estamos hablando de salirse de lo natural, aunque sí puede imaginarse una cierta anticipación analógica con lo que hipotéticamente llamaríamos lo sobrenatural. Es decir, hay en todo esto una cierta vitalidad, una energía, un avance, no prefijado, no necesariamente bueno ni malo en términos absolutos, sino un sencillo abandonar la falsa creencia de que todo empezaba y acababa en uno mismo. Por muy religioso, místico o sagrado que nos parezca un movimiento dado, una cierta actividad humana, es algo siempre histórico, mundano, o no sería una actividad humana. Así que tenemos involucrado en la educación esto que vemos en toda antropología: símbolos, relatos, finitud, alteridad, tiempo, historia, realidad. Pero ese instante crucial, esa suerte de relámpago, reordena nuestro centro, es como si reestructurara lo que somos, en unos segundos cruciales, lo que hemos sido siempre, y entonces es como si se ataran cabos sueltos. Una narración brilla como no brillan las demás, una vida nos impacta como ninguna otra, una historia habla con voz penetrante, imponiéndose. Así, puede establecer una cadena, un noble río de muertos. 

Había, en efecto, en los relatos que somos, unos cabos sueltos que podían atarse o podían no atarse. Para hacerlo tenemos que ir al abismo, que asomarnos al vacío que somos y que nos circunda. Una historia venida de fuera nos puede dar la clave. Una historia, una persona, un ejemplo, una imagen, una música, un relato, que son como una llave que retuerce nuestras entrañas, que las ata, que nos sitúa en condición de ser atadores de historias. En esos aconteceres reveladores, cuando podemos trazar una infalible lógica sobre el relato que uno viene siendo, cuando uno traza un argumento, cuando uno crea, somos verdaderamente educados. Nos alzamos sobre la tradición que somos, peleándonos con ella y amándola. Es el momento poético por excelencia, el nacimiento de lo que podemos llamar más ahora que nunca “sujeto”, que es cuando uno decide su destino y lo sella, cuando increpa, cuando alza las manos. Eso es, en esencia, una buena educación.