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lunes, 26 de noviembre de 2012

Makarenko sigue haciendo de las suyas



La teoría pedagógica tiene como una de sus orientaciones clave la de sugerir un cierto tono en la relación educativa que establece el educador con el educando, es decir, en describir, más o menos, la calibración o armonía que debería regir la relación de manera que la presencia del educador no sea asfixiante ni en exceso ausente. En la clase, por ejemplo, se trataría de establecer la función exacta que debe exigirse a un pedagogo o maestro, cuáles son sus requerimientos y límites, los márgenes de su actuación. En este sentido, he ido sugiriendo en posts anteriores, iluminado por la lectura que de la pedagogía bajo medieval-moderna hace el sociólogo Lerena, que puede entenderse dos formas de actuación del pedagogo. La forma por la que la pedagogía convencional, aun en su versión más activista y renovadora, de estilo rousseauniano, ha optado es la forma del pastor o cura de almas, de la transformación interior, de la educación como un proceso de labrado efectuado por un ejemplo, una imagen, una palabra, un maestro que acompaña y conduce (pedagogo). Es decir, la educación sería una tarea íntima que involucra al todo del ser que constituye al educando y no un mero aprendizaje de tareas o conocimientos, que sería el otro modo de entender lo educativo.

El pedagogo Makarenko había leído y estudiado a fondo esta tradición pedagógica bienintencionada y humanista. Una tradición que los pedagogos soviéticos de los años 20 habían aceptado y que se resume en la educación sin castigos, sin disciplina exterior, persuasiva, motivadora, en la que el adulto se vuelca en acompañar al niño en su crecimiento, preocupándose por su maduración, nutriendo y abonando su entorno para que como dice la gastada metáfora, se desarrolle. De hecho, en el libro Poema pedagógico en varias ocasiones se cuenta que la colonia Gorki recibe la visita en ocasiones hostil (no siempre es hostil) de inspectores y autoridades educativas soviéticas que echan en cara al bolchevique de pro Makarenko lo que hacía. En realidad, no hace falta irse a la Rusia soviética de los años 20 (tal vez más adelante no chocase tanto…) pues muchos educadores actuales movidos por su fe en el niño y el carácter amable de la pedagogía se escandalizarían ante una pedagogía que echaba mano de desfiles, arrestos, tambores, banderas y una cierta jerarquización de estilo casi militar. Yo mismo me he sorprendido en mi lectura a veces resoplando y efectuando algún gesto de desagrado con la boca. Pero de nuevo, hay que detenerse bajo la sospecha de que las cosas en lo que concierne al hombre y a la pedagogía nunca son lo que parece, pues todo es arduo y complicado, y hay que excavar y excavar.

¿Y si Makarenko hubiera llegado a la conclusión de que la pedagogía estaba atrapada, como señala Lerena, en un bucle teórico ajeno a la experiencia? Porque tras muchos años de numerosísimas lecturas y ardua formación, Makarenko escribe su libro como una memoria de experiencias, tanto en el contenido como en el estilo y el tono que adopta. Es decir, se sitúa en una actitud fundamentalmente práctica, de vivencias, de contacto con la realidad, de puro embarrarse, de un embarrarse que al principio es casi desesperante, que pone a prueba su teoría y que le obliga a rectificar, ironizar y cuestionar a la tradición amable de la pedagogía más rousseauniana que aunque no lo dice, tal vez sugiere con los hechos que es de origen burgués. Así, cuando unos inspectores le reprochan que no está utilizando métodos de educación soviéticos, él sonríe y lo niega, diciendo que justo todo lo que hace es pura pedagogía soviética, la más soviética que conoce. Porque sus teóricos interlocutores hablaban desde una teoría aun fuera de la transformación real, aun escindida, acaso quería decir Makarenko, y él ya estaba emprendiendo una transformación real, fáctica, un trabajo simultáneo con los hechos y con las palabras, con la praxis y con la teoría, en su colonia de trabajo y enseñanza. 

Para Makarenko lo esencial en su escuela era el ideal de colectividad, de vivir en una comunidad bien organizada, con conciencia de ser un todo de intereses comunes y ayuda mutua que para su supervivencia debe estructurarse bien y seguir unas ciertas reglas. Si estudiamos su idea de comunidad y la comparamos con otras pedagogías que ensalzan lo comunitario como elemento que educa, como entorno educador, en Makarenko resulta diferenciador la organización y el orden al tiempo que la camaradería. Según voy leyendo el libro me viene a la imagen lo que tengo en la mente que creo que acabó siendo el ideal de la URSS posterior, muchos años después, lo que se estilaba, el modo de ser, la ideología, que estudiaré en unos meses con el libro que ha publicado Carlos Taibo sobre Historia de la Unión Soviética que aguarda en mi biblioteca para ser leído. 

Frente a colectividades mucho más líquidas o reticulares, hay un estilo casi militar que según Makarenko lo eligió por el glamour que en muchos niños despertaban las hazañas recientes del Ejército Rojo en sus jóvenes mentes, que deseaban imitar. Es esta seducción épica la que comenzó a utilizar y que acabó marcando a la colonia que gracias a la colaboración de algún excelente ingeniero se organizó con pelotones de trabajo y una excelente planificación. El trabajo en distintos oficios y sobre todo de tipo agrícola se convirtió en una excusa para el orden, la alegría, la convivencia, los proyectos, el crecimiento, la planificación del futuro, la ilusión, el aprendizaje y la enseñanza, etc. Makarenko casi no habla de otra cosa, además del teatro, al que dio la misma importancia. También destaca la labor de educación que la colonia en sí ejerciera como educadora ante los mujiks (campesinos pequeño burgueses de los que recelaban los bolcheviques), las campañas contra el alcohol, contra la religión y otras viejas costumbres. 

Se nota que era capaz de exigir mucho a los chavales, sin sermones, sin invadir su “alma”. Es decir, y aquí vuelvo a su crítica de lo que he llamado por seguir el planteamiento de Carlos Lerena “pedagogía amable” o “buenista”, rehusó la idea de que educar implique entrometerse en las interioridades del niño, en moldear su personalidad al modo en que lo haría un confesor o consejero espiritual, o la palabra que moldea, sino desde una distancia que es justo por ser distancia, horizontalidad respetuosa. Él entendió el respeto al niño como la negativa a ejercer de configurador de los recovecos e intimidades de los niños, limitándose a organizar una comunidad y echar una mano en todo lo que como adulto podía echarla, hasta la extenuación. Si lo comparamos con A. S. Neill, que en principio parece un adalid del respeto al niño y a su libertad, vemos que desde la perspectiva de Makarenko, Neill podría estar, de un modo sutil que ciertamente hay que saber percibir y que cuesta mucho verlo a primera vista, extralimitándose cuando espera hacer tanto con el niño al que, para más inri, aleja de la sociedad. El noble discurso rousseauniano, presente en la pedagogía de Summerhill, por ejemplo, que parece ser un auténtico canto de respeto al niño, que crecería prácticamente “siendo él”, sólo parcialmente ayudado, encerraría todo lo contrario, un intervencionismo extremo, en la medida que se crea una comunidad que se entromete vigilantemente en lo más interno, en la propia conciencia del niño, porque de hecho, pretende crear esa conciencia. Makarenko no va tan lejos. Hay una comunidad que de manera descarada y abierta pone normas, jerarquiza y desfila, pero cuando el niño decide lo que sea, no se plantea más que un cierto pragmatismo de la propia comunidad, que exige sólo en la medida que debe exigir para sobrevivir como tal, pero no para que nadie sea de tal o cual manera. Makarenko mantiene el respeto al niño, me parece, la distancia del educador al educando en este sentido, más firmemente que Neill, con todo lo que Neill se esfuerza por hacerlo al parecer también de este modo. Pero la verdad es que son, en cualquier caso, colectividades muy diferentes, Summerhill y la colonia Gorki, cuya comparación merecería una tesis doctoral, porque de dicha comparación puede salir una teoría antropológica o pedagógica sugerente. Lo que, hasta que eso alguien lo haga, sí puedo resaltar es el ejercicio de ironía que representa la pedagogía de Makarenko, que nos presenta, igual que a las autoridades soviéticas de la época, algo que escandaliza por su supuesto carácter autoritario, pero que cuando alguien recapacita o, en la época, se quedaba unos días a vivir con ellos, descubría que era un método pedagógico plenamente acertado, que respondía bien a sus circunstancias, que surgía de su contexto, de una experiencia. Yo no diría que todo sea aplicable igual hoy y aquí, pero que Makarenko tuvo talento y que la crítica a la hybris teorizadora que implícitamente hizo fue acertada, lo puedo afirmar. Por otro lado, ya he expresado varias veces los cada vez mayores recelos que voy albergando en torno a Summerhill, que sin rechazar del todo, sí tiene, a mi juicio, algunas cuestiones que habría que repensar.