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lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Qué demonios está haciendo Makarenko?



El pedagogo Makarenko relata que tuvo un problema con ciertas autoridades educativas soviéticas en 1920, en relación con su pedagogía desarrollada en la colonia Gorki. Por lo que estoy leyendo de su bellísimo Poema pedagógico él tenía una buena formación teórica que entró en crisis ante una durísima realidad de niños y jóvenes que eran delincuentes ya casi desahuciados por el nuevo régimen. Llegó a la convicción de que debía utilizar su instinto en función de cada momento, a partir del contexto. Creó que aplicó a la perfección lo que en anteriores posts hemos llamado “tacto”, pero de un modo que podía asustar y chocar con la pedagogía más renovadora de libros y autoridades. Dejó atrás prejuicios y fue a la relación pedagógica, al contacto real con los educandos reales, a un contexto que intentaba captar, comprender. Se dieron anécdotas francamente curiosas, entre lo hilarante y lo dramático. Empatizó con los jóvenes delincuentes hasta el punto de en ciertos momentos hacerse él un poco delincuente, pero los niños vieron el canal de comunicación que había abierto, lo comprendieron. Y hubo esa magia, esa relación positiva, indescriptible, que debe presidir toda buena relación educativa. Es ese desnivel que veíamos al tratar del tacto pedagógico que existe por el que el maestro ha de ser aceptado y su autoridad debe ser ganada día a día, pero subrayemos que existe dicha autoridad, que tal vez debamos entender a la manera de una cierta asimetría, de alguien capaz de dejar una huella profunda que determinará las elecciones y proyectos vitales del niño en el futuro. Paradójicamente, en esta determinación y en esta relación asimétrica, el niño crece, el niño se hace más él. Quizás las autoridades soviéticas del momento que rodearon a Makarenko en aquel año no lo captaron, salvo un tal Chernenko (llamado como un ancianísimo y enfermo secretario general del PCUS que duró un año en el que recuerdo yo, en los ochenta, lo único que hizo fue morirse y dar pie a rumores en medio del mutismo soviético), que cuando pensaba encontrarse una disciplina cuartelaria en la colonia y niños reprimidos, se halló con un clima precioso de comunidad y convivencia, y entonces se convirtió en aliado de Makarenko. La paradoja en la pedagogía, pues, es la de una auctoritas del educador que el niño acepta y concede, pero que jamás anula, sino que hace crecer.

Así, vamos ahora a un plano más teórico. Es claro que lo que hoy denominamos “educación” puede tener dos sentidos complementarios y que no se excluyen necesariamente. Uno, en especial defendido en instituciones educativas superiores, bien sea de palabra o de hecho, es el ideal instructivo que implica una relación con el alumno de mera transmisión de conocimiento. Esto es una forma de relación humana que no veo por qué no considerar fenómeno educativo en la medida que significa eso mismo, una forma de relación entre personas que adquiere un dibujo y que conforma a quienes intervienen en ella, por muy distante o frío que sea el trato. Hay también eso más básico que el mero ofrecer datos y enseñar una disciplina, que en las instituciones superiores rige como tercer componente del proceso de relación académico, hay ese segundo sentido envolvente, de relación única, de contexto puntual, circunscrito a un tiempo y un espacio concretísimos, a unas personas determinadas. Por mucho que se disimule, por mucho que se deje de conocer sus nombres, los nombres propios están ahí, y esas personas son personas, aun en la forma de relación más despersonalizada. Lo impersonal evoca lo personal al modo de nostalgia, igual que el nihilismo punky puede afirmar la esperanza que en apariencia rechaza. Esto no debe ser interpretado como un ataque a toda relación educativa meramente instructiva. En ocasiones no hay más remedio, por falta de tiempo, de espacio adecuado, de buen ritmo, de sosiego, de contexto civilizatorio, que convertir la enseñanza en eso, enseñanza, y si esto ocurre, tampoco tapa del todo lo personal que puede brotar por fisuras que se abren fugazmente, como aconteceres, en la clase más tediosa. Hay clases en las que en un minuto todo adquiere su luz, en la que el profesor sabe que los alumnos acaban de comprender, porque, como si una suerte de brillante relámpago que hubiera irrumpido, algo se ha iluminado. Un ejemplo, un texto… mi experiencia suele ser buena con los textos o relatos de algunas biografías de quienes hablo, cuando los artículos que han de estudiarse adquieren carne y se aprecia un trasfondo vital en ellos que anteriormente el alumno no podía ni siquiera sospechar. Estos instantes reveladores son ya ese segundo sentido con el que entendemos hoy la educación, mucho más complejo de captar, no por cotidiano menos sutil y difícil.

Igual que puede ocurrir en el aula, esas iluminaciones ocurren en una biografía. Son enseñanzas intensas, capaces de grabarse hondamente, de penetrar en niveles muy básicos, que los psicólogos acaso llaman “inconsciencia” o filosóficamente apuntarían a lo que se ha nombrado como “mundo de la vida”. Son momentos que trastocan ese fondo previo a todo lo que emerge como palabra o razón, lo más íntimo, lo que regirá una vida, su proyecto existencial, su destino elegido. Estamos en el nivel a partir del cual escogemos ser quiénes somos o, más apropiadamente en términos negativos, quiénes no somos o no queremos ser. Tanto en un colegio como en la vida cotidiana esto ocurre en ese paréntesis en que se da una relación personal, relación que llamo personal porque transforma, reestructura al Otro, porque se da un perturbador pero grato contacto con una a menudo inesperada alteridad. Lo he dicho a menudo. Lo que la alteridad introduce en el Yo, en la identidad, hecha de la ilusión de los mitos, es grietas, ranuras, que pueblan de vacíos lo que desde ese momento se sabe ya pura finitud, algo que ha sido tocado con el estigma de lo inacabado, de lo perecedero, de lo limitado. El Yo se sabe mortalmente inconcluso. Este es uno de los efectos que en el precipitado post anterior exponía que se achaca al encuentro con el Otro. Un encuentro demoledor, nihilizador, pero poético. Poético porque de esa nada que uno de pronto aprecia en medio de mitos, narraciones, uno escoge, arroja un hilo de Ariadna, traza una ruta, una senda. 

Las vidas educadas, en el sentido más profundo y complejo de educación, son vidas orientadas, lo cual no quiere decir, está quedando claro, seguras ni libres de incertidumbres. Al contrario. Se da la paradoja de que se abre un océano de misterio, de vacío, pero al mismo tiempo se ase con firmeza un destino que antes no había. La persona educada ha escogido ser, según esto, la que es. Y en este elegir su ruta precaria, rehecha casi a cada instante, está el éxito de la educación. Nos podemos preguntar cómo ha sucedido esto.
Esto sucede necesariamente porque uno se encuentra con un Otro. Este Otro ha tocado nuestros labios con un carbón encendido. Esta metáfora, bíblica, que recojo del océano que nos mece, que nos precede, del mar de símbolos que nos habla y nos pare, que nos ha encauzado a poner nombres porque nos ha dado la palabra que usamos, puede estar diciendo que somos salvos, que sanamos, si algo como el fuego, con su vitalidad y potencia irresistible, nos marca. Es una imagen dura, pero creo que muy efectiva a la hora de transmitir la fuerza con la que estos momentos educativos nos marcan, de manera que se introducen, repito, en aquello que determina nuestra mirada, nuestro estar en el mundo, nuestra forma de estar, el cómo nos situamos existencialmente que dicho en términos más materiales significa qué queremos realmente hacer con nuestra vida y con nuestras elecciones, hacia dónde vamos a apuntar. Que sea una huella como marcada al fuego quiere decir, también, que resiste la acción de los agentes ambientales, que a lo largo de la existencia, con su marea de relatos, mitos, contradicciones, encuentros, va a persistir. Así, estos fuegos nos educan.
Concretando, en un plano menos metafórico, el fuego que viene a uno puede ser una persona cuya vida compone una narración, como un libro tal vez, que se sobrepone a ese cúmulo de narraciones que ya somos. De hecho puede generar una relación especial con la tradición que le constituye a uno, con las mitologías que uno porta. Es decir, la persona ofrece una suerte de clave hermenéutica para que el educando comprenda e interprete su existencia (o a veces es al revés… ¡quizás sea esto lo más frecuente!). Esta interpretación lo va, lógicamente, a orientar, sobre todo, en un plano moral. Una persona es mucho, pero cuando educa, es como si pasara un testigo ardiente que el educando acepta. Se trata de algo viejo en la humanidad, de algo que se ha dado por supuesto antes de la escuela y que puede darse o no en la escuela. De todos modos, como he dicho, su ausencia en la escuela ya es un signo. Se vive como una grave falta, como una carencia atroz, cuando de la escuela desaparece el interés del maestro por los niños que es lo que puede facultarle para entregar.

La educación vista así es envolvente y apunta al núcleo, a la esencia. Aun siendo palabra, retórica, si es educación, esculpe el alma. Es el modo estoico de entenderlo pero también, pienso, de la tradición cristiana. En estas corrientes ideológicas que circulan por nuestras venas, se aprecia y fomenta la relación educativa. Tal vez, se inventa en el sentido pleno que yo le estoy dando. Se trata del maestro que más allá del mero transmitir datos, de la simple instrucción, ilustra, muestra, ejemplifica, educa con imágenes, con la palabra que remueve para hacer crecer. El maestro o el profesor puede elegir o no si meterse en esto, si esto es acaso camisa de once varas. Pero contra lo que alguien pueda pensar, sólo esta intromisión aparente en la identidad del Otro (que en realidad funciona sólo si es bidireccional, no lo olvidemos, aunque ahora no puedo extenderme en este aspecto), que si es de verdad, no es ególatra o narcisista, sino escrupulosamente respetuosa, sólo de esta aparente intromisión, digo, emerge la verdadera identidad del Otro, en cuanto es abocado a elegir hacerse, es zarandeado, socráticamente, para que tenga que hacerse, que elegirse. Se necesita esa mano tendida a la que el niño se agarre, ese ofrecimiento de un proyecto al que adscribirse, la insinuación de una trayectoria. Es la honda convicción que llega, que se impone con autoridad, de que uno quiere ser eso, de que uno está abocado a ser eso, de que no tiene más remedio que serlo, lo que lo impulsa a serlo.