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domingo, 9 de diciembre de 2012

Vida bajo el hielo. Un pathos bolchevique en el "Poema pedagógico" de Makarenko.



El pedagogo soviético Makarenko finaliza su libro Poema pedagógico profiriendo: “Y tal vez se deje muy pronto de escribir en nuestro país ‘poemas pedagógicos’ y se escriba un libro simple y práctico: la metodología de la educación comunista.” (p. 723). Esta frase, cuando la he leído, cerrando su extensísimo libro, ha sido casi como uno de los redobles de tambor ante los cuales sus “destacamentos” de niños de la colonia Gorki marchaban, cayendo ante mí súbito y brusco, iluminando y esclareciendo todo el libro, toda su tensión, todo su pathos, como una clave. 

A menudo me he preguntado en qué medida Makarenko era un asceta pedagogo, campesino atento al ritmo de la naturaleza a la que sitúa como educadora, donde el cuidado se ejercita, donde el ritmo vital se ajusta y adecua, donde la colectividad se organiza en una tarea común, donde se ven brotar frutos en lo material moldeado por el hombre que a su vez es moldeado por lo material. El campesino mujik no era, evidentemente, esto, sino un enemigo de la revolución, según lo veían los soviéticos, pues regía su existencia según supersticiones y, sobre todo, según un ideal egoísta acumulativo, una suerte de miseria cicatera, no productiva pues no hacía emerger vida, no provocaba florecimiento de la vida ni de la comunidad humana. El tipo de campesino que, como paradigma pedagógico, creí ver en la colonia Gorki de Makarenko, es el del atento escuchador del ritmo de lo natural, pero no en un sentido rousseauniano. 

No se trata del espontaneísmo rousseauniano por el que el niño desarrollaría individualmente sin necesidad de tarea alguna lo que llevaría en sí. Para Makarenko, como se esforzaba en explicar él mismo a las autoridades educativas soviéticas de los años 20 que creían en teorías de carácter espontaneístas rousseaunianas, no había desarrollo en bruto de nadie y por tanto, no se podía pedir a un niño que “fuera él”, que creciera sin una meta o sin un trabajo o tarea. Hacía falta una cierta disciplina, una regularidad, un cauce. No podía esperarse, además, que se educara bien sin la fuerza de arrastre de lo colectivo, de una colectividad capaz de imprimir su motivación, su ayuda, su sentido del honor y su tradición en el educando. Es lo que Makarenko descubrió costosamente sumergiéndose en la experiencia y abandonando su teoría previa, los libros que había leído y estudiado. Lo supo cuando se vio abocado a elegir sobre la marcha, en los tanteos dudosos, incipientes, de los orígenes de su colonia, sumamente difíciles para él y dados en condiciones durísimas. Puso en acción ese pensamiento práctico o reflexión experiencial característica del pedagogo que piensa desde la praxis, desde una experiencia que en gran medida no resulta captable conceptualmente, que no es asumible del todo por un método previo, a la que debe ir ajustándose como el actor que representa su papel, cuya organización se ha de replantear en cada fase de la misma.

Este esfuerzo pedagógico, hecho a partir de cero en la más desconcertante precariedad y miseria le obligó a poetizar, a educar poetizando, poéticamente, que es como podemos denominar a este estilo de arte pedagógico. De ahí que llamara a su libro Poema pedagógico. Sabía que pisaba terreno virgen y que lo que hiciera tendría el valor de ser como brotes nuevos. No conocía a ciencia cierta el nuevo paisaje que habría de encontrarse, ni él ni toda la URSS que por entonces se hallaba inmersa en una situación de autocreación, de novedad, de parto autopoiético

Se empezaba todo. Esto que en su país se estaba intentando es lo que podemos asociar con el término griego poiesis, o producción de novedad, un hacer presente algo que previamente no se hallaba presente, traer a la presencia desde una impresencia o nada originaria, es decir, el acto creador por excelencia. Es la producción artística en efervescencia pero que también sucede cuando el Self o sujeto se construye o fabrica, es decir, cuando se educa, tal como venimos exponiendo en una serie de posts recientes de este blog. Hay un surgimiento de algo que no es una sustancia, ya que es incierto, precario y en última instancia blando, dinámico e inasible. Algo que reposa en un suelo que no es del todo un suelo, que enraíza en tradiciones, que se nutre de ellas y que es ellas, que es una forma de materialización de ellas, una singularización de las mismas. 

Así, Makarenko parecía que estaba poetizando y de hecho lo estaba, obligado por las circunstancias. Pero al mismo tiempo, en la naciente URSS había también, seguramente, un estigma, una marca de nacimiento, un pathos, que él, como bolchevique, heredara. Desde los primeros tiempos manifiesta una evidente admiración por colaboradores que eran excelentes técnicos o expertos, como cierto ingeniero agrónomo que racionaliza la producción agropecuaria de la colonia, y otros organizadores que tanto en cuestiones financieras como técnicas, en general, aumentan espectacularmente el grado de eficiencia y orden de la colectividad. Esto denota una devoción por la racionalización de la vida, en un sentido instrumental y técnico, que según se aprecia en el libro consiste en el progresivo sometimiento del mundo natural al hombre, su domesticación para el logro de una cada vez mejor calidad material en la existencia humana. Es cierto que este cambio en cuestiones materiales implica una transformación cualitativa de mejora sustancial de la vida, de la propia existencia que se torna plena, feliz. Porque la felicidad se manifiesta, lejos de sublimaciones y mistificaciones ya no necesarias supuestamente en el mundo soviético, como algo sencillo, terrenal, reconciliado con la finitud de la vida en el mundo. 

Esta felicidad del paraíso terrenal recuperado la da una inmersión en lo colectivo que es la inmersión en una tarea común que dota de sentido y de orientación a la propia existencia, que da significado a la existencia personal del niño que era llevado desde su aislamiento de indigente y delincuente juvenil a la vida en la colonia. Según lo muestra Makarenko esta colectividad en sí reinsertaba, así como la tarea en la que el niño recién llegado se veía inmerso, a la que era contagiado por el alegre entusiasmo colectivo que se nutría de una producción y logros materiales in crescendo. Esto fue sin embargo considerado duramente como un pathos antisoviético por los pedagogos oficiales de los años 20 en la Ucrania soviética (posibles enemigos personales de Makarenko) que intentaban eliminar el incentivo material como incentivo pedagógico y en general todo fin que no fuera el mero desarrollo en sí. Makarenko argumentaba por contra que no puede haber desarrollo sin una tarea que proporcione los fines que inciten al movimiento. 

La educación no se da como una dynamis en abstracto, en el vacío, que hay que dejar que acontezca de por sí, sin obstaculizar, sino que es movimiento en función de algo, dado hacia algo o para algo, motivado en el logro de algo. Lo que la colonia Gorki proporcionaba a los niños era unos objetivos claros, unas tareas, un cierto orden y disciplina para sus vidas. Es importante destacar que esto lo aprendió Makarenko ejercitando una reflexión práctica que en el fondo es la forma propia de teorización que lleva a cabo todo pedagogo cuando educa y de la que ya hemos hablado a menudo, tal como es descrita en el estupendo libro El tacto en la enseñanza de Van Manem. 

Sí me parece digno de resaltar un exceso, un pathos específico en la pedagogía expuesta narrativamente en el libro Poema pedagógico. Lo llamaría pathos bolchevique, por ser algo que entiendo fue un elemento típico del afán industrializador y racionalizador de la economía soviética propugnada por los bolcheviques, por su estilo peculiar de entender el marxismo como industrialización y de llevarlo a la práctica. Es lo que expresa esa última frase del libro que he empezado citando en este post, que consiste en el deseo de que el momento poético acabara para convertirse en un momento metodológico. Aquí se tiende a un reduccionismo de lo educativo que ya había ido anticipándose y sugiriéndose en medio de la tarea poética, artística, del largo poema de más de setecientas páginas del libro de Makarenko. Termina la obra queriendo componer, para el futuro, un tratado o un ensayo, un escrito científico que señale las pautas a seguir, ya definidas para siempre, de lo que sería una pedagogía ideal, correcta, inapelable. Es como si aquello a lo que se hubiera estado aspirando constantemente a lo largo del libro, ese difuminado anhelo, como la vaga pintura de una URSS idealizada de bellos y esculturales tipos y geometrías en el horizonte, que mientras estaba en el horizonte a lo largo de las setecientas páginas era en el fondo un bello fantasma, nebuloso, de pronto, con la violencia de un redoble, des-poetizara la colonia Gorki, la convirtiera en una factoría de producción fabril y febril, de audaz y veloz tecnología. Las últimas páginas de Poema pedagógico son una exaltación de los logros tecnológicos en la producción de la tercera refundación de la colonia, en la fabricación de complejos motores y maquinaria, en cantidades elevadas y de alta calidad. Makarenko, literalmente, parece soñar con máquinas. 

Así, la tensión entre la poética del self que llamamos “educación” y lo técnico en la misma, esas dos formas, poética o técnica, de entender también la construcción de algo entre personas, construcción en la que les va, a su vez, su propio self, su subjetividad, se resuelve en el caso de Makarenko por el lado de lo técnico. Al menos así me lo parece. Makarenko acaba estableciendo lo que llama “perspectivas” en las que se inserta el individuo, a las cuales define como los fines de una colectividad, pero considerando dichos fines como objetivos, como metas en función de las cuales se organiza la existencia instrumentalmente. Todo el inasible lado poético del existir acaba siendo deglutido por una colectividad, me ha parecido entrever, que coloca exteriormente los fines al individuo que va insertándose en corrientes o niveles superiores que le sobrepasan. Creo que ese sería el mapa existencial, de planos o superficies como círculos concéntricos, de la antigua URSS o que acabó siendo, acaso, la URSS, tal como intuyo a fecha de hoy y en espera de finalizar varias lecturas que tengo pendiente sobre la historia de tan interesante y valioso periodo histórico que hay que conocer detalladamente hoy más que nunca. En Makarenko, al final, la pedagogía debía dejar de lado lo poético, lo ambiguo, lo oscuro, lo caótico, lo misterioso y, por tanto, habría de dejar de ser un arte. En la sociedad feliz, acabada, perfecta, plena, ya no habría lugar para un Poema pedagógico. Deberíamos, en todo caso, proseguir nuestro estudio con la obra de los demás numerosos y excelentes autores que dio, muy conocidos, la Unión Soviética a lo largo de su historia y de los cuales yo he estudiado y escrito sobre uno tardío, en realidad, polaco: Bogdan Suchodolsky, de tono ya muy distinto, más actual. En este blog escribí una serie de posts sobre el mismo que pueden consultarse.

En realidad, Makarenko tenía el ideal de una existencia ordenada, acompañada, comunal, plena en lo material, que supiera vivir satisfecha con el honrado trabajo y el descanso en mansa charla al amor de la lumbre en las tardes invernales, aceptando dignamente la finitud y la muerte, rechazando todo lo sobrenatural, pero hallando en lo presente, en el trabajo y en la compañía humana lo que puede llenar una existencia humana. No era mal proyecto. Creo que su colonia funcionó y que en efecto dio a los niños lo que debía de darles. Ofreció una moral que renunciaba al ocio indigno, según él, el ejemplo de un grupo sano y feliz que impulsaba pedagógicamente, o mejor dicho, conducía, a la vida buena. Fue una pedagogía que hubo de ejercitarse en el caos, en un tiempo de miseria, tiniebla y desorden, pero que logró gozosamente extraer alegría y vida de todo ello, en cuyo horizonte siempre hubo un limpio castillo de reluciente cristal y blanca geometría.