domingo, 28 de octubre de 2012

La muerte de Robespierre




"Lo que más siento es tener que irme antes que esa rata de Robespierre"
Maria Antonieta, instantes antes de su ejecución.
  
Peter McPhee concluye su biografía de Robespierre, recientemente publicada en castellano (McPhee, Robespierre. Una vida revolucionaria, Península, Barcelona, 2012), con un breve repaso de las emociones que evoca su nombre en Francia, en su localidad natal (Arrás) y en Europa o Estados Unidos. De los datos que aporta, uno extrae la obvia conclusión de que todavía resulta un personaje non grato, no demasiado políticamente correcto a la hora de ser usado como nombre para una calle, organismo o institución. El caso más extremo es Arrás, en el que su busto tras un homenaje hace décadas, todavía se guarda bajo llave y está constantemente amenazado. Allí, en la época del Terror se llevó a cabo una auténtica sangría en la que Robespierre no tuvo participación directa, pues estaba en París, sino que, como ocurrió en otros lugares de terribles masacres (Lyon, La Vendée, etc.) fue responsabilidad directa de emisarios enviados para controlar “conspiraciones” y a la contrarrevolución en las regiones más levantiscas contra la República. 

¿Qué había ocurrido para llegarse a este punto? Todo se había complicado con los planes de remodelación que la República, exacerbados en el año II del calendario republicano (1793-1794), decidió llevar a cabo. Por un lado, se acometió un ambicioso programa de “descristianización” (aunque Robespierre, según la opinión de McPhee no era en esto muy radical y le hubiera gustado mantener un ritmo más suave en la transformación religiosa) que obligó al exilio a miles de sacerdotes y condujo a la muerte a algunos. Las parroquias e iglesias quedaron sin curas, incluso, por lo que he leído, a pesar de que años atrás parte del clero había jurado fidelidad a la República y fueron considerados funcionarios civiles con deberes hacia el Estado. Además, se emprendió una amplia transformación ideológica y cultural, que se concretaron en al menos dos planes de educación pública que no llegaron a efectuarse, el de Condorcet y uno posterior ideado por el propio Robespierre en algún borrador (dedicaré a estos planes una serie de posts en este blog, pues merecen ser estudiados y analizados muy detalladamente. El plan de Condorcet está publicado en castellano en la editorial Morata); pero sobre todo se creó un nuevo culto pseudoreligioso al “Ser Supremo” que visto hoy día rozaba lo ridículo y era francamente grotesco. 

Robespierre cometió un grave error político cuando se situó en una celebración llena de simbología ilustrada-rousseauniana como sumo sacerdote de esta nueva religión en cierta fecha señalada. El pueblo de París a principios del verano de 1794 (casi medio millón de personas, sans-culottes la mayoría y jacobinos resentidos con Robespierre unos y fieles al mismo otros!!!) se agrupó en el Campo de Marte a escuchar un inaudible (obviamente) discurso a la enorme masa de un Robespierre que ensalzaba los valores de la segunda Declaración de los Derechos del Hombre que había redactado él mismo (mucho más acorde, por cierto, con los tratados actuales) y con la Constitución que aguardaba ser rescatada del cofre donde se mantenía oculta mientras durara el “estado de excepción” que hoy conocemos como el Terror (en aquel momentos ellos no lo llamaban así). Aquel acto exacerbó las divisiones en la convención y entre los propios jacobinos que captaron el peligro y el posible delirio de un Robespierre cada vez más obsesionado con las conspiraciones contrarrevolucionarias. En ese verano las ejecuciones en la guillotina llegaron a un número verdaderamente espantoso, a decenas (casi cientos) en algunos días. Caían supuestas tramas enteras. Una mujer que intentó matarlo colándose en la casa de los Duplay donde se hospedaba Robespierre con sus hermanos, acabó arrastrando con ella a la muerte a casi ochenta personas si mal no recuerdo (si el lector tiene interés le ruego contraste el dato porque mi memoria cada vez es más mala). 

Robespierre ciertamente había cambiado. Era una persona enfermiza que seguía un ritmo frenético de pocas horas de sueño, poco alimento (devoraba naranjas pero comía ciertamente poco y bebía algún café que le preparaba Madame Duplay). Sus facciones en la juventud recordaban, decía un enemigo político, a un gato doméstico, más tarde a un gato de monte, y ya al final, cuando todo eran persecuciones y guillotina, a un tigre. Vivía en un segundo piso de la casa de tres pisos de los Duplay, donde guardaba documentos y sus libros, entre otros, de su adorado Rousseau. En la época en que fue presidente o miembro del Comité de Salvación Pública (una parte de diputados de la Convención elegidos provisionalmente para hacer las veces de gobierno y que se repartía competencias con el Comité de Seguridad Pública y el temible Tribunal Revolucionario) no salió de París, ni siquiera del sector que iba de la Comuna al palacio de las Tullerías a la casa de los Duplay. 

Para explicarme cómo se dio el asombroso giro que se manifiesta sobre todo en el paso de la defensa de la abolición de la pena de muerte a la justificación cada vez con más argumentos y casuísticas de la aplicación de la pena capital (que justificaba como mal necesario), o la defensa a ultranza de la libertad de prensa a la censura de prensa que al final llegó a concluir que había que ordenar (en efecto, los periódicos realistas fueron progresivamente cerrando a lo largo de 1794), me he resistido al recurso, como señalé en el post anterior, de fáciles psicoanálisis de andar por casa. El Terror de la Francia revolucionaria puede tener un origen personal o psicológico, parcialmente, en la medida en que hay por medio hombres y en todo lo humano obra lo psíquico. Puede de hecho explicarse por los actores concretos que entraron en juego dentro de la trama política de altura. Pero leyendo seriamente la historia de la época y la biografía de este personaje queda claro, y en esto coinciden me parece todos los historiadores (por lo menos así lo manifestaba Hobsbawm), que la clave fue la guerra. 

Que la revolución degeneró hacia un terror de Estado es evidente. Que la causa en gran medida fue el fortísimo acoso bélico de grandes potencias que amenazaban con un exterminio atroz de la población de París (véase las durísimas amenazas del Duque de Brunswick de encarnar el Sena con la sangre de los parisinos, las cuales crearon una auténtica histeria entre la población). Francia se hallaba acosada en el sur por España que ocupó algunos enclaves con fuertes represiones a la población, por Austria, por Prusia, por Inglaterra e incluso por toda la zona de los Países Bajos. Los ejércitos del Norte llegaron casi a ocupar Arrás, la patria de Robespierre, y estuvieron siempre muy cerca de París. El gobierno republicano se hallaba realmente amenazado y muchas de las conspiraciones eran ciertas. El país se hallaba lleno de extranjeros que decían ser desertores de los ejércitos invasores y que crearon la sensación de tener espías en el propio territorio. Para ganar una guerra así, Robespierre, que quería salvar a toda costa su proyecto republicano y revolucionario, se inventó lo que el siglo XX ha hecho cotidiano: la guerra total, el Estado de Guerra; es decir, la suspensión de las libertades como sacrificio para que todo el país se movilice en masa y colabore en la empresa bélica. Eso fue la época del Terror. 

El terrorismo de Estado fue el instrumento y el exceso, ciertamente, de esa situación causada por un asediado gobierno fuerte que hubo de concentrar el poder renunciando a sus propios ideales democráticos. Esto por lo que fuera adquirió un tinte paranoide, tal vez, en la psique de Robespierre que, ciertamente, se fue convirtiendo cada vez más en un perseguidor de conspiraciones que echó mano del recurso de la fuerza. Pero no fue él solo. Como suele ocurrir en estos casos, y lo digo lleno de horror, él no presenció una sola ejecución ni vio jamás alzarse la guillotina salvo el día de su propia muerte. No dirigió directamente operaciones de purgas o represión ni ordenó demasiadas detenciones. Incluso parece que manifestó, señala McPhee, algún desagrado con el modo de proceder del Tribunal Revolucionario o algunos Diputados en misión (enviados en representación de la Convención a las provincias para depurar y controlar). De todos modos, y al margen de las culpas, lo que nos interesa es cómo él justificó ideológicamente su giro. Si es que fue giro; porque alguien pudiera pensar que en su pensamiento anterior, en su pathos revolucionario, ya estaba todo esto. En este sentido ¿Hay este peligro de cruzar la línea que no debe cruzarse jamás, en el pensamiento exaltado o pathos revolucionario, como yo lo he llamado? ¿La exaltación ayuda o hace peligrar? ¿Es el peligro el lugar donde hemos de situarnos o es el peligro justo el lugar de la caída? En el peligro, decía Hölderlin, está lo que salva… pero acaso hay en él una cierta ambigüedad siniestra, una sombra-luz que en figuras como Robespierre parece enloquecer. Que era un hombre virtuoso no cabe duda. Que se creyó demasiado su virtud, tampoco cabe duda… y esto lo observaron muchos en su tiempo. Era, sobre todo, obstinado, y a pesar de su cambio a partir de 1792, sí es posible que siempre fuera el mismo, básicamente. 

Para comprender esto una de las mejores cosas que podemos hacer es acudir a su más famoso discurso. Lo pronunció en 5 de febrero de 1794 y fue un informe titulado “Sobre los principios de moral política”. En este escrito sigue la estructura del segundo discurso de Cicerón contra Catilina en el que contrapone las virtudes de la República con los vicios de la tiranía. Sólo un gobierno democrático y republicano puede alcanzar un estado virtuoso que describe con inflamado verbo, contraponiendo opuestos en una larga enumeración. Pero, en lo que fue un característico juego de por un lado acercamiento y por otro toma de distancias en relación con los temidos sans-culottes, Robespierre ya matiza su anterior afán por las versiones más participativas y directas de la democracia (los sans-culottes, incluido un gran número de mujeres fuertemente militantes, irrumpían en las sesiones de la Convención o del Club de los jacobinos para escuchar los discursos y participar también). Resalta que el pueblo debe confiar en sus delegados y cederles el poder. Yo creo que esto formaba parte de la concentración de poder propia de los requerimientos de un gobierno fuerte para el proyecto de guerra total en el que Robespierre y la República se hallaban inmersos. Si tomamos el ejemplo de la participación de las mujeres, estudiando las reacciones de los diputados, vemos que iban desde una tolerancia a regañadientes a la oposición furiosa (en algunas purgas fue ejecutada alguna notable líder femenina). Ellas habían adoptado la estrategia de invadir lo público, incluso con sus pequeños lactantes, y ejercer incluso funciones policiales en las cárceles. El discurso republicano parece que iba por delante de las costumbres y hábitos que se movían con mayor lentitud en las cabezas de muchos diputados y hombres, sería una interpretación de esto. En cualquier caso, el movimiento de mujeres estaba asociado a la oleada izquierdista, carente aún de un discurso o ideología bien hilados, de los temibles sans-culottes que acabaron siendo apaciguados tras los sucesos del Termidor y el régimen bonapartista. 

En el citado discurso, prosigue Robespierre: 

“¿acaso no son los enemigos internos los aliados de los enemigos externos? (…) Una de estas dos facciones nos empuja a la debilidad, la otra a los excesos. Una quiere convertir la libertad en bacante, la otra en prostituta. En tal situación, la máxima principal de vuestra política deberá ser la de guiar al pueblo con la razón, y a los enemigos del pueblo con el terror. Si la fuerza del gobierno popular es, en tiempo de paz, la virtud, la fuerza del gobierno popular en tiempo de revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es cosa funesta; el terror, sin el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa, inflexible…” (p. 286)

Se distinguen los ciudadanos con derechos (los fieles a la República) de quienes carecen de esos derechos y son candidatos a la guillotina (sus enemigos, que sólo sentirían “la cuchilla vengadora de la justicia nacional”). Esto consagra el típico lenguaje binario de los revolucionarios conduciéndolo a un extremo capaz de dividir literalmente en dos a la humanidad, justificándolo como la excepción requerida por un estado de guerra total al que se ha debido llegar in extremis. Uno de los últimos pares de opuestos se dio dentro de los propios jacobinos: “indulgentes” y “ultrarrevolucionarios”, que se desdoblaron y por ello mismo cayó Robespierre. 

En general en el último periodo atroz de la guillotina, los discursos de Robespierre se van haciendo más convulsos y apocalípticos. Según el biógrafo McPhee perdió la gran perspicacia que hasta entonces había tenido. Ésta consistió, como en todo buen político, en saber interpretar bien el momento y ajustarse adecuadamente al mismo, ajustando el discurso y las ideas, aunque siempre mantuviera, con firme tenacidad como hemos dicho, sus principios y virtudes. Este carácter virtuoso, casi de ermitaño, que al principio le viniera tan bien, le acabó acarreando grandes odios y enemistades. Muchos lo empezaron a ver como un fanático, mientras otros proseguían en su adoración. Su cierre sobre sí mismo, sobre su propia virtud, acabó pareciendo a los ojos de muchos un cierto endiosamiento que resultó a la postre fatal. En algunos momentos finales parecía coquetear con el martirio y se olía que iba a terminar mal, como en efecto, todos sabemos que ocurrió.  

Si cerrado el libro que nos cuenta su biografía, queremos ver un hilo que desde el cadalso final y sus casi delirantes últimos días nos sirva para tejer una identidad, una explicación de quién fue Robespierre, no veo razón por la que oponerme. El mundo está entretejido de tramas, tramas que él parece que veía, al final, por todas partes, tramas que colapsaban la Francia de 1794, y tramas que nos crean la ilusión de estar en algún sitio y de ser algo. No, no voy a oponerme a ello.

jueves, 18 de octubre de 2012

La sombra de Robespierre



La aproximación biográfica a la historia, mediante el estudio de la vida de personas que han condensado de algún modo las características de un tiempo (llamémoslas “figuras ejemplares”) o que han ejercido algún papel relevante por ejemplo en la política, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como ventajas tenemos la de una aproximación de tipo micro, muy concreta, hasta cierto punto carnal, que conecta las fuerzas y grandes inercias que actúan como corrientes en las sociedades con su materialización psíquica y personal. Lo biográfico, no obstante, debe evitar todo reduccionismo que explique a una persona por la acción de meros factores macro, por ejemplo de tipo social o económico. Pero al mismo tiempo, utilizar biografías como aproximación a un tiempo histórico encierra un obvio peligro psicologista, que es otro enfoque reduccionista, que conduce a una concepción de la historia como extensión de lo mental o lo individual o lo psíquico. 

Creo que lo adecuado es abordar la vida de un hombre en lo que pueda saberse por los datos que se tengan, con mucho de escepticismo, siempre a sabiendas de que jamás tocaremos fondo, de que nunca captaremos más que identidades que niegan a previas identidades, como en un juego de falsas muñecas rusas, de espejos que se reflejan unos a otros, como continuas negaciones, como sombras de sombras. En el fondo, siempre hablaremos de fantasmas.

En el caso de Robespierre tenemos pocas fuentes para ahondar en sus profundidades, si es que es eso lo que queremos. Si nos interesa el que fue en la vida pública, el amigo, el hombre fuerte del régimen del Terror revolucionario, el personaje de los libros de historia… debemos resignarnos a bucear en sus oeuvres completes, que son unas cinco mil páginas de discursos, artículos para la febril prensa del París y la Francia revolucionaria y algunas cartas, casi todos escritos en el lapso entre 1789-1794, con especial intensidad en el año II de la República (1793-1794), es decir, su último año de vida. Lo anterior son datos sobre sus estudios, su carrera de abogado (con algunos casos que defendió), de tipo familiar, a los que él apenas se refiere en su correspondencia y obra en general. 

Apenas habló de sí mismo ni del periodo de su vida anterior al de su labor política, refiriéndose casi siempre a asuntos de la vida pública. Además, escribió algún poema de estilo galante dieciochesco motivado por algún breve enamoramiento juvenil. Aunque, según lo consideremos, joven fue siempre, ya que murió a la edad de treinta y seis años. Toda su vida parece concentrarse al final y esto es precisamente el peligro que toda biografía sobre Robespierre alberga. Su fantasma, que es de lo único que ya puede hablarse, lo único que nos resta de él, no puede librarse de esos últimos años, de ese frenesí que puebla miles de libros o documentos estudiados por miles de historiadores, de esas pocas imágenes que, sustitutas de las palabras imperantes en la memoria decimonónica, ahora pueblan nuestra memoria más cinematográfica. Pero debemos recordar que Robespierre no fue eso. Una vez pagado este tributo, este reconocimiento de nuestra incapacidad, podemos proseguir en pos del rastro de algo que no sé exactamente qué es.

Porque también la Francia de finales del siglo XVIII es un fantasma. Quiero decir, que la Francia del siglo XVIII, como tal, murió, y lo hizo irremisiblemente. Lo sé, lo sé en cada línea que termino de leer de cada libro que leo que trata de la Francia de finales del siglo XVIII. 

Robespierre apenas conoció a su madre, pues ella murió de parto cuando él tenía seis años, dejando a su esposo, el padre de Maximilien, medio loco de desesperación. Él abandonó a sus hijos, que fueron repartidos entre distintos familiares. El niño Maximilien fue acogido por dos tías y jamás volvió a ver a su padre. Sobre él pesaba, además, el haber sido la causa del matrimonio forzado, pues las familias se oponían. Todo ello parece conducir a establecer una relación entre la tormentosa vida política de Robespierre, su turbulenta vida revolucionaria, su denodada defensa de los pobres, su compromiso con los fuera de toda aceptación social, con  los castigados por los prejuicios sociales acerca de lo bueno (prejuicios provenientes de la aristocracia a los que se enfrentó como gato panza arriba), a una relación, digo, entre todo ello con una infancia rota de huérfano de madre abandonado pronto por su padre y criado por parientes. De hecho, la biografía del político y escritor francés Max Gallo, señala Peter McPhee, va en esa línea interpretativa. Varios de sus primeros casos como abogado consistieron en defensas del derecho a heredar o a tener privilegios por parte de hijos “ilegítimos” tenidos fuera de matrimonio. 

Leeríamo el avatar político Robespierre desde un comienzo trágico, marcado por unas carencias psicológicas, que lo condujeron a su pathos revolucionario. Es este pathos el que interesa, en efecto, estudiar y destacar en su fantasma, pero debemos ser honestos y pudorosos con todo intento de jugar a psicólogos ante la abrumadora falta de datos acerca de su infancia, más allá de esto que sabemos acerca de su padre y de su madre. Porque en realidad sobre cómo lo pudo vivir el niño Robespierre, sobre cómo le pudo afectar, cómo lo pudo moldear, no pueden hacerse más que atrevidas conjeturas que son tentadoras pero carentes de rigor. Es fácil y, ya digo, tentador, hacer una pintura dramática, trágica, de nuestro héroe, máxime cuando intentamos describir a alguien que acabó pintando a la perfección con su vida registrada en los datos que conocemos un pathos, un cierto arquetipo o paradigma que identifica a cierto tipo de revolucionario. Su pathos revolucionario podría ser el pathos de un Lenin; esta sería otra hipótesis, pero por ahora no puedo asegurar que esto tampoco sea un camino equivocado, otro juego fantasmal que nos lleve a algo tan brillante y estimulante como falso. Por lo pronto, me hallo en mitad de un camino exploratorio que termina con la Asamblea Nacional, cuando Robespierre ha comenzado su vida política, su ascenso público, que quiero ver como etapa sugerente en sí misma, analizarla como tal, olvidando, por ahora, lo que vendrá después. Quiero que el pathos de Robespierre, si lo hay, reluzca en la medida que pudo relucir en este presente anterior a su periodo de gloria. Desde lo anterior a 1792 es desde lo que estoy intentando explorar quién fue, dónde se hallaba su pathos, si es que ya lo había.

De su educación me parece destacable, dejando de lado algunos pocos testimonios sobre el carácter y gustos del niño Robespierre, la fuerte presencia católica que acaso influyera en que en el periodo estudiado, a pesar de haber llegado a representar en la Asamblea Nacional y en el Club de los Jacobinos las posturas más radicalmente democráticas, consideradas en la época fuertemente extremistas, no llegara a manifestar posturas abiertamente anticlericales. No encabezó una guerra abierta contra la religión sino que, al contrario de lo que pensaba en relación con la aristocracia o el Alto Clero, sostenía que la religión merecía respeto y mantuvo la amistad de algunos curas que formaban parte como diputados del Tercer Estado que se constituyera en Asamblea Nacional, que representaba al “Pueblo” (en realidad, a burgueses y pequeño burgueses la mayoría, con algún párroco, y profesiones liberales, especialmente abogados como Robespierre, que eran la mitad de la Asamblea). De lo que posteriormente ocurriera, en el periodo del Terror, hablaremos en un segundo post.

La educación católica tuvo primero la impronta de sus dos tías y la ciudad de Arras, y posteriormente el colegio de Enseñanza Secundaria de París donde se formó para entrar a la universidad. En el Liceo Louis-Le-Grand se sumergió en una estricta disciplina de ascetismo y rigor monacal en la que el concepto de educar era claramente, como nos recuerda el sociólogo Carlos Lerena, un reflejo de la regula de San Benito. Es decir, una adquisición o formación, de tomar-forma, de con-formarse, mediante el acoplamiento a un ritmo rutinario, a un orden de estudio, a un reglamento que regula las relaciones, el cuerpo, el pensamiento, el estudio. Se trataba de una rutina estricta a la que Robespierre se adaptó bien, parece, en la que se decía lo que había que hacer, como en un convento o en un cuartel, casi minuto a minuto, y continuamente se leía o escuchaba una lectura. Esto último significaba un dejarse operar por el texto, labrar por la escritura, esculpir por la letra, que en el caso de la mencionada institución era sobre todo la lengua y la literatura latina, del periodo clásico romano. Se priorizaba el latín por encima del griego, con mucha diferencia. Además, se daba cierta importancia al francés. 

La ideología que en la palabra leída iba calando en el Liceo, además del catolicismo, era, con mucha fuerza, el republicanismo romano, en especial, la contraposición del hombre virtuoso y republicano que hace Cicerón al hombre corrupto y lleno de vicios de la aristocracia. Este tipo de elogios de la Antigüedad clásica a la virtus, el ideal romano de raigambre estoica, de la virtus como pilar del Estado, era parte de la ideología que los textos latinos más venerados y ensalzados en los ejercicios y concursos del Liceo portaban. Durante toda su vida, Robespierre, en sus discursos, empleó este lenguaje de la política romana de los siglos I a. C. a II d. C. Al más puro estilo del siglo XVIII, su prosa política está llena de alusiones cultas a ese periodo de la Antigüedad romana y de la mencionada contraposición entre el vicio y la virtud que impregna las Catilinarias de Cicerón.

El afán por educar en la virtud, por esculpir el alma era tal, que en el Liceo había lemas muy pormenorizados acerca de cómo había que comportarse, incluso en relación con los pensamientos, hasta extremos francamente chocantes. Seguramente los propios estudiantes harían con toda justicia mofa de ello y en más de una ocasión se escurrirían de la vigilancia de sus tutores en un París lleno de tentaciones. Esta educación vigilante y con-formadora continuaba en la universidad, pues en los periodos de lo que hoy llamaríamos prácticas tuteladas, en el caso de la carrera que escogió Robespierre que fue Derecho, los tutores y abogados de prestigio se afanaban en preservar la virtud y buena conducta en todos los sentidos de sus educandos. En definitiva, la educación, incluida la universitaria, era una tarea moral, con un fin claramente moral, es decir, que abarcaba a toda la conducta, que perseguía una transformación o conformación del ser, de todo el ser del educando. En este sentido, con la distancia del tiempo, y por esto es bueno leer historiografía, no podemos sino dar la razón a Carlos Lerena en su lectura de lo que en el fondo ha sido la educación en la modernidad, tanto en su vertiente dura y disciplinaria como en la vertiente amable-rousseauniana que persigue el mismo fin de hacerse cargo de una transformación moral, de un cambio global en el educando, por muy activista y respetuosa que parezca. En este post no vamos a extendernos por aquí, pero hablando de Robespierre, o de su fantasma, estamos hablando de otro fantasma, es decir, de la modernidad, y en ese fantasma estamos metidos todos, está metida la educación y en buena medida el discurso pedagógico y el relato que la educación hace de sí misma. 

El elemento ilustrado aparece en las biografías de Robespierre en un caso que ya ejerciendo como abogado le tocó defender con pasión, y que produjo más adelante algún chiste. Fue la defensa de un vecino que había colocado la invención de Benjamin Franklin en su tejado, el pararrayos, que despertaba recelos en el vecindario hasta el punto de pleitear los asustados vecinos para que lo quitara. Robespierre utilizó el caso para defender la ciencia y el progreso, la razón, decía él, frente a la superstición. Así, en varios casos, sus argumentos derivaban hacia defensas de ideales ilustrados como eran el ataque a los prejuicios de la sociedad oscurantista frente a la razón y el ataque a los privilegios de los aristócratas. Pronto se vio en él una especie de simpatía por un ideal que vertebra su acción y su palabra que es la defensa de los pobres, la idea de que la pobreza es un producto de un agravio, de un robo, de una sociedad mal hecha. Así, ya en esta etapa se da, ciertamente, con fuerza lo que parece que seguiría dándose con mayor estridencia con posterioridad. Era, en relación con esta firme persistencia de una línea de conducta, obstinado, de una obstinación que me ha recordado a la de Lenin, cuya biografía leí hace casi un año y comenté en este blog también. Debió ser persona de idea fija e inflexible; de hecho, en la conversación tenía fama de sacrificar la cortesía para defender denodadamente su idea como fuera. 

Como orador no era perfecto. Al parecer su voz era aguda, y al principio le costaba hablar en público. Aprendió a partir de ciertas malas experiencias que siempre hablaría teniendo notas delante y la clave de su éxito iba más, parece, por la forma de argumentar, por su tenacidad y por la limpieza moral que transmitía. Se fue ganando una fama que le produjo grandes enemigos y grandes amigos en los inicios de su carrera. Todos veían, aunque sufrió duras difamaciones, acusaciones e insultos en la prensa, que creía en lo que decía. Este parece ser el don que tenía: la virtud que transmitía. Porque ni el físico, ni las maneras ni la voz le acompañaban. Era bastante  bajo, no muy agraciado, estudioso, ordenado, austero, enemigo del dinero y a todas luces hacía honor a su sobrenombre “incorruptible”. Se le conoce algún enamoramiento muy de juventud, con poema de amor incluido y algún otro amor seguramente con cartas incluidas pero que se presume fueron rápidamente destruidas debido al evidente peligro que después de 1794 podía significar poseer cartas escritas por Robespierre.  

Conservó toda la vida la costumbre de hacerse afeitar muy temprano por la mañana por un barbero en su casa, que además le empolvaba y peinaba la peluca. Su desayuno era un tazón de leche. Poseía muy poca ropa, pero la suficiente que había de tener un abogado de la época. Se conocen los trajes que portaba cuando fue como diputado de Arras a Versalles para los Estados Generales y era ciertamente escaso, aunque suficiente. 

En los Estados Generales convocados por el Rey, fue uno de los seiscientos diputados aproximadamente del tercer estado que hicieron, uno a uno, el famoso juramento de la sala del juego de la pelota, cuando encontraron su sala de reuniones clausurada por la guardia real ante las tensiones con el primer y segundo estados (Alto Clero y Nobleza). Ello provocó que se proclamaran “Asamblea Nacional” con la misión de establecer un nuevo régimen constitucional, en principio monárquico. Los acontecimientos se precipitaron, pues todo coincidió con una hambruna en París, que ya llevaba sufridas varias, y corría el rumor de que se trataba de conspiraciones de los nobles. Fue el detonante de la toma de la Bastilla, con el saldo de cien muertos y la ejecución del alcaide y el comandante de las tropas que habían disparado. Pero el Rey acabó siendo aceptado por la muchedumbre en París cuando él aceptó a la Asamblea Nacional.

Comenzó así este nuevo periodo de sesiones larguísimas en las que el diputado Robespierre fue sobre la marcha aprendiendo a dar sus discursos hasta llegar a ser, al final del periodo de la Asamblea Nacional uno de los cuatro oradores que más había hablado en el estrado. Fue entonces que salieron a relucir los elementos personales entrelazados con sus ideas políticas que he ido avanzando, su pathos: virtus frente a corrupción, principios e ideas por encima de intereses (defendió la libertad de prensa en medio de tremendas campañas de la prensa contra él), tenaz obstinación y perseverancia, voluntad de cambio radical (de raíz, estructural, desde lo básico). Esta radicalidad en este Robespierre temprano implicaba sobre todo al campo, que es donde él veía la lacra de los prejuicios propios de la sociedad aristocrática: el régimen de privilegios feudales, por ejemplo la exención de impuestos por parte de la nobleza. Había que reestructurar el campo, que repartir la tierra y replantearse la propiedad. De aquí pasó al final de este periodo de la Asamblea Nacional a cuestionar incluso el derecho de herencia. 

En todo se va percibiendo un cierto ideal romano del Estado que vela y protege, no tanto el ideal liberal puro de la burguesía. En el fondo, admiraba profundamente la democracia participativa ateniense, pero manifestó en algunos escritos (en cartas y según declaraciones de amigos) que un país tan grande como Francia no podía ser gobernado como Atenas y debía adoptar un régimen representativo como la Roma republicana o incluso llegó a hablar de la figura del senado espartano intermediaria entre el pueblo y la monarquía. Fue ardoroso defensor del sufragio universal y de la igualdad de hombres y mujeres. Incluso, en el contexto todavía de la Asamblea Nacional, intentó, sin lograrlo, la abolición de la esclavitud de los negros en las colonias. En este año, 1791, también pugnó por abolir la pena de muerte, aunque en este campo lo máximo que se consiguió fue la enmienda de Guillotin por hacer de la ejecución un acto rápido e indoloro (frente a las ejecuciones lentas y dolorosas del Antiguo Régimen). La Asamblea Nacional restringió los casos de aplicación de la pena capital. Todo ello nos pinta una especie de ala izquierda del ideal ilustrado, una exacerbación o extracción de las máximas consecuencias de lo que las ideas ilustradas venían insinuando. En Robespierre, y en lo que podríamos denominar “izquierda ilustrada”, todo ello estalló. Se trata de la Ilustración de Rousseau y acaso de Voltaire.

Resumamos. Tenemos a un fantasma que persiguió a otro fantasma: la Roma de Cicerón. Se ha dicho que Robespierre fue ideología encarnada, pura ideología hecha cuerpo. ¿Es esto cierto? ¿Se dice esto porque no podemos mirar a Robespierre si no es desde los sucesos del año II de la República? ¿No podemos despojar a Robespierre de su sombra? ¿Somos nosotros los que creamos esa ideología? ¿Es Robespierre lo que vemos o es a nosotros? ¿De qué sombra se trata? Es otra línea de investigación que sería interesante discernir. Pero mucho me temo que todo acabe, sea como sea, quedando entre fantasmas.

jueves, 11 de octubre de 2012

Todo cambió en menos de 50 años


No se puede afirmar que el periodo napoleónico fuera de una efervescencia revolucionaria como había sido la república jacobina de Robespierre. Sin embargo, dentro de unos límites moderados, muchos de los principios propios de la Revolución francesa se extendieron por Europa gracias al avance de los ejércitos napoleónicos. Al acabar todo, tras la derrota definitiva de Napoleón y la restauración del Antiguo Régimen en muchos de los países conquistados, ya nada pudo volver al punto anterior a 1789. Lo que había ocurrido ya para siempre, señala Hobsbawm, básicamente consistió en el final del feudalismo en el campo y la consecuente reestructuración de la propiedad agrícola que produjo una ingente transformación económica y cultural, un despegue económico capitalista en la forma de acumulación de grandes fortunas y, por otro lado, unas enormes bolsas de pobreza compuestas de gente que no comprendían, pues no tenían las categorías culturales para ello, qué les estaba sucediendo. 

Según lo describe nuestro historiador, debió ser una especie de gran cataclismo ideológico, una especie de choque cultural en el que un mundo viejo, incluyendo las creencias religiosas, ya no valía, ya no se adaptaba al nuevo mundo de la mercantilización de la tierra y del comercio de todo lo vendible, del enriquecimiento en mercados cada vez más globales en los que se buscaba comprar barato y vender caro. Hay que pensar que el campesino del Antiguo Régimen vivía con sus necesidades psicológicas y afectivas bien cubiertas, con una sensación de seguridad en la vida, que de repente, en pocos años, en apenas dos décadas, se perdió. El régimen feudal de propiedad y trabajo de la tierra era, ciertamente, menos productivo, pero aseguraba cierta protección ante imprevistos como guerras, hambrunas, epidemias y otros desastres, ya que se daba la ayuda por parte del dueño del señorío, por ejemplo. Se vivía inmerso en una pequeña estructura social, en un microuniverso muy familiar en el que lo mínimo estaba más o menos garantizado incluso para un campesino pobre. Esto, en el caso del campo en regiones más o menos normales. 

Lo que fue iniciado por la Revolución industrial y, en términos legales, por la Revolución francesa, fue el reparto de la propiedad de la tierra, su parcelación. El campo se llenó de vallas y muchos campesinos se vieron de pronto como pequeños propietarios obligados a vender (su propiedad era demasiado pequeña para darle de comer, cosa que no ocurría cuando trabajaba como siervo en un terreno mayor aunque no le perteneciera) y a trabajar como jornaleros en condiciones peores que las que les aseguraba el régimen feudal.  Esto fue una aplicación del liberalismo (y los principios de los economistas fisiócratas) al campo que se armoniza con la consecuencia del mismo en las ciudades donde a partir de 1800 se empiezan a ver las primeras grandes aglomeraciones de casitas junto a fábricas, a veces proporcionadas por el dueño de una fábrica, que pagaba un salario bajo para “evitar la indolencia” del trabajador. 

Los trabajadores solían ser campesinos que buscaban una vida mejor en la ciudad, y ciertamente, su vida mejoraba algo, pues podían aspirar a un techo, acaso una comida diaria, pero poco más. También en muchos casos eran artesanos y antiguos socios de los gremios, desaparecidos bien por ley o bien por la competencia de las fábricas. Esta clase de obreros, por cierto, solían ser los menos religiosos y los más revolucionarios y organizados, según Hobsbawm, pero si hablamos de cerca de 1830 por lo menos. La pobreza espantaba ya en la época y el crecimiento descuidado y sucio de estos barrios pobres sólo se intentó controlar cuando el tifus o el cólera comenzaron a amenazar a las barriadas burguesas. La pintura que Hobsbawm hace es la de una masa de gente que ha perdido su horizonte vital, su mundo, que sólo casi en torno a 1830 empezó a organizarse mejor y que al principio seguía el modelo de las rebeliones de hambrientos y desesperados que siempre ha habido en la historia o el ejemplo reciente y único en la historia de la singular revolución y república jacobina. Aunque los jacobinos eran los que Hobsbawm denomina una “clase media” o pequeños burgueses, los primeros proletarios se identificaron con ellos y actuaron como ellos, hasta el surgimiento de las ideologías anarquista y comunista. Tras el modelo de revuelta jacobina y de los sans-culottes (mítines, barricadas, asaltos), se empezó a dar el modelo italiano carbonario de las sociedades secretas de conspiradores, inspirados en logias masónicas, que conspiraban para cambiar gobiernos mediante el modelo de golpes de estado y pronunciamientos militares, tan comunes en la España liberal del XIX.

En cuanto a la religión, según nuestro historiador, pasó un cuarto de lo mismo en lo que se refiere a la desnivelación con respecto al tiempo histórico que se está viviendo. La Iglesia católica no se adaptó, dice, con la suficiente rapidez al nuevo mundo que había aparecido ante sus narices (hasta el punto de carecer de una infraestructura de parroquias suficiente en las que cupieran las inmensas masas que habitaban los arrabales de obreros). En general, y en esto Hobsbawm es bastante taxativo, los movimientos radicales de obreros con cierta autenticidad, herederos de lo que él llama la doble revolución (industrial y francesa), eran seculares y laicistas. Reconoce que ha habido y hay creyentes revolucionarios, pero no es la mayoría, añade, y no representa lo que parece ser una cierta esencia de las revoluciones heredadas del Iluminismo ilustrado. De todos modos, en un capítulo dedicado a este asunto, matiza más cuestiones en relación con el protestantismo e incluso se refiere al islam en África y Asia en el siglo XVIII y principios del XIX. Del Islam dice, por mencionar un dato que se me ha quedado, que era la religión de ciertos esclavos llevados a la ciudad brasileña de Bahía (si me lee algún alumno, ya sabe, la del barrio de El Candeal) que protagonizaron frecuentes y muy duras revueltas, hasta el punto de que fueron algunos devueltos a África. En general parece que en tiempos en que el comercio de esclavos diezmaba África, el Islam se propagaba entre los potenciales esclavos o familias deshechas por el tráfico de esclavos a velocidad de vértigo, mientras en Arabia, Argelia, Egipto y otras regiones irrumpía el puritanismo Wahhabí. Respecto a una moda por el culto católico que se dio en el periodo estudiado por el libro de Hobsbawm (especialmente desde 1815 -1848), y la profusión de sectas protestantes, todo ello hay que relacionarlo más bien con el conservadurismo político y la añoranza del Antiguo Régimen (en el caso católico) que con movimientos revolucionarios. En general, la Iglesia sí tuvo intentos de adaptarse al liberalismo (incluso algún Papa fue artífice de ello), pero no fue a la larga un movimiento exitoso. En el caso de España, como sabemos, la Iglesia más oficial (con excepciones particulares de clérigos simpatizantes con la Ilustración) militó en un antiliberalismo fuertemente beligerante, y por supuesto, el liberalismo más radical fue virulentamente anticlerical. Esta guerra es la que, en mi campo profesional, se puede apreciar perfectamente en el desarrollo del sistema educativo español a lo largo del siglo XIX, que la refleja.

Además de la nueva legislación en torno a la propiedad y mercantilización de la tierra y la industrialización, el nuevo mundo que llegó en el primer tercio del siglo XIX trajo más cambios fundamentales: un espectacular aumento demográfico (por lo visto ocurrió lo que ahora ocurre en algunos países del llamado tercer mundo, es decir, que había niños por todas partes y sin embargo pocos ancianos). Era un mundo lleno de jóvenes. El segundo cambio fueron las comunicaciones (carreteras para diligencias, ferrocarril, barcos) lo que acabó suavizando el efecto de las hambrunas finalmente (en la antigüedad las hambrunas se daban principalmente porque en tu región no quedaban alimentos por lo que fuera, tal vez malas cosechas, y no había medios ni tiempo para traer de otro sitio). Y otro cambio espectacular: el gran aumento del comercio y de la migración. Respecto al comercio, explica Hobsbawm su relación con el colonialismo, con los cañones, que abrían los mercados a la fuerza, en la India para los ingleses, por ejemplo, o en China. Las relaciones internacionales de dependencia parece que tal como las conocemos hoy arrancan de este periodo, es decir, la división entre países “desarrollados” y “subdesarrollados”. Detalla nuestro historiador cómo la colonización inglesa retrasó la economía india produciendo una pérdida de su proceso de industrialización (ya iniciado) y su conversión de nuevo, a la fuerza, en lugar de producción de materia prima y comprador de manufacturas que antes producía ella misma.