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domingo, 3 de febrero de 2013

Por fin, Deleuze.



Es posible que Gilles Deleuze sea representativo de una derivación del pensamiento muy actual, que sea la culminación de algo que se ha dado en la filosofía, con especial intensidad tras Nietzsche, y que por ello deba tenerse a la vista como interpelante, no sé si incluso como una suerte de figura cínica, por lo irónicamente retorcido, risueño, juguetón, dinámico e inasible; tanto, que uno no sabe si catalogarlo fácilmente de posmoderno, no catalogarlo (que sería lo que deberíamos hacer respetuosamente) o catalogarlo de, como se autodefiniera el propio Foucault, ilustrado, de una rara, diabólica pero fidelísima Ilustración quínica, que diría tal vez Sloterdijk. Yo debo confesar que he tenido poco contacto con Deleuze, a decir verdad, tan sólo la reciente lectura del libro ¿Qué es la filosofía? que escribiera con Félix Guattari, lo que convertirá la mayor parte de mis impresiones y opiniones en expectativas acerca de él, en un acaso deleuziano vuelo que él habrá originado pero cuyo movimiento y evolución laten inmanentes, un orden empezado por él (¿?) pero en el que lo que se ordena es una materia, un desorden, un caos, que no es el suyo. 

Creo que justo de estos asuntos va, más  o menos, su filosofía. Adivino que va por ahí. Con el único referente del mencionado libro leo que para nuestro hombre el mundo es puro caos. Esto es así porque el universo es movimientos infinitos y vertiginosamente veloces. El esfuerzo humano consiste en la pretensión de doblegar este caos. Hay un impulso o tensión en el hombre que le obliga a suprimir el caos organizándolo, aunque dicha organización incluya porciones de caos. Basta con que el caos se compartimente, se encapsule. Este encapsulamiento se puede hacer de tres maneras: mediante conceptos (filosofía), mediante functores (ciencia) y mediantes perceptos (arte), más o menos. Éstos son unidades en las que según unas ciertas formas de captación y selección, de agrupamiento e interconexión, se organiza la realidad caótica. Un concepto es una unidad compleja con unas características que Deleuze expone de un modo general, aunque proporciona algún ejemplo elocuente como el cogito cartesiano y referencias a su amado Spinoza. Los conceptos son los “objetos” o unidades (realidades, más bien, dice él, pero realidades que, podríamos acusarle si lo he entendido bien, pecan de idealismo, pues lo son en un sentido ideal, creo, tal como las concibe en su exposición) que lanza la filosofía. Se alzan en lo que él llama “plano de inmanencia” que son mapas dibujados e insertados en el caos del mundo, en el cual se atraviesan. En dicho plano se perfilan los conceptos que tejen una red entre ellos estableciendo vínculos irregulares, como si se sobrevolaran, conexiones relativas, casuales (no causales), en función de la singularidad y estado actual de cada situación y concepto. Es como un puzle en el cual las piezas no encajan. Forman un dibujo pero sin encajar correctamente. Eso iría llenando lo que hemos dicho es el plano de inmanencia que sería la base pre-conceptual, los cimientos sobre los que se alza el pensar filosófico conceptual, que la sobrevuela.
Deleuze resalta mucho que la inmanencia lucha con toda forma de trascendencia, porque la trascendencia aparece frecuentemente como un duplicado exteriorizante que la burla, que trata de doblegarla y explicarla desde fuera. La filosofía pura es inmanente, es spinozista por definición. Tiene completa autonomía, encaja la contingencia, es autosuficiente. La filosofía sería, como se logra plenamente en Spinoza, dice, una gestión inmanente y ordenada-finita del infinito. Los conceptos son, de hecho, infinitos organizados, limitados, si he captado bien la exposición de Deleuze. Es como si en un concepto filosófico, pongamos por caso el cogito cartesiano, se abriera un mundo de infinitas posibilidades, pero limitadas a ese mundo, a los márgenes señalados por ese concepto, a lo que el cogito implica y conlleva, solamente a eso (Dios, sujeto, etc.). 

Es al final de su libro cuando Deleuze y Guattari dan la clave al mencionar algunas palabras fundamentales: caosmos. Se trata de esa organización del caos en la que sigue habiendo caos pero un caos asido, capturado de alguna manera, abrazado diríamos. La visión de estos autores es energética, del universo como una suerte de fluctuación, de movimiento que constituye o se constituye, en un segundo momento, en cuerpos. Supongo que esto lo desarrolla más en otras obras. Lo importante es que la organización del mundo la pone, en un arrebato algo kantiano, el hombre que piensa, o que hace ciencia, o arte. La ciencia organiza el caos de un modo incompatible con la filosofía, reduciéndolo a lo finito, eliminando lo infinito y haciéndolo mensurable. Esta reducción es similar al equívoco que en la filosofía puede darse cuando un concepto se convierte en algo debatible, opinable y argumentable en un debate público racional. La filosofía, para Deleuze, no es eso. Es pura gestión de caos, es fuerza moldeada en conceptos que florece y pare otro caos o pare un “nuevo pueblo” dice casi al final sugiriendo un valor, me parece, revolucionario en el filosofar. 

Hay un impulso nietzscheano en todo esto, obvio. Habría que leer la monografía que Deleuze dedica a Nietzsche, que tal vez sea una suerte de clave. El pensamiento como valoración, como un llenar el mundo de valoraciones, tiñéndolo, configurándolo desde una voluntad que quiere organizar, comprender, gestionar. Ese lado impulsivo antes que estrictamente racional o intelectivo en el pensamiento es nietzscheano y en Deleuze ha derivado, efervescentemente, en una filosofía de la creatividad pura, me parece, de la invención, o de la reinvención en marcha (performance), cuya vertiente política más adelante me interesará conocer.