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sábado, 2 de marzo de 2013

Ser y pedagogía



En su libro Etiología de la idea de la nada (FCE, México D. F., 2004) el filósofo Carlos Llano emprende el intento de responder a la pregunta acerca del origen de la idea de la nada, partiendo de que no se halla una realidad ontológicamente consistente a la cual se refiera dicha idea, fuera del ámbito de la intelección dada en el sujeto cognoscente. Es decir, estamos ante un esquema o base aristotélico-tomista que asume como punto de partida el binomio gnoseológico sujeto-objeto. Llano, aunque parte de esta tradición, la elabora y discute, la confronta también con la fenomenología del siglo XX, con el romanticismo y con autores como José Gaos del que fue discípulo e incluso con la poesía de corte más existencialista de Antonio  Machado. Pero a pesar de la susodicha discusión es, en definitiva, un paradigma filosófico aristotélico-tomista el que orienta y prevalece en las conclusiones y en el hilo argumentativo que dirige al libro. 


Ya en el primer capítulo se establece un punto que difiere notoriamente del existencialismo: la evidencia y prioridad del ser, frente a la prioridad que el existencialismo en sus distintas vertientes establece en la nada (por el énfasis en la contingencia del existente). El ser es una idea que establece el entendimiento a partir de la actualidad dada en la presencia de los entes que se establece por la sensibilidad. Hay una noción clara, luminosa, actual, óntica, presencial, de ser, frente a Heidegger, como la presencia concreta de ese algo que es, ese ente concreto y ese otro y ese otro… son los entes en cuanto objeto de sensación y aprehensión, que por tanto son conocidos y captados intelectualmente en la forma de ideas, convertidos en ideas, los que ya en forma inteligible pueden evocar analógicamente lo que llamamos ser, como algo genérico. 


Tenemos pues una vía absolutamente en las antípodas de los caminos heideggerianos no sólo en cuanto al no reconocimiento de algo en la realidad que pueda ser considerado nada, sino en el propio ser, al que se accede de un modo directo que justamente para Heidegger velaría, ocultaría definitivamente la verdad. Aquí, en la más pura tradición tomista, el entendimiento juzga y se acopla a la cosa, al ente, adecuándose al mismo, y es esa adecuación la que es llamada verdad, según santo Tomás, pero es esa adecuación la que oculta y permanece en el engaño de lo óntico, de lo presente, de lo metafísico, según Heidegger. En realidad, esto es así porque en Heidegger, creo que diría Carlos Llano prevalece la idea de nada, de no-ser como prioritaria, hay una negatividad en el conocimiento que antes es operación que oculta y encubre que desencubrimiento. Se trata de nuevo de esa prioridad de la nada propia del existencialismo que precisamente da la vuelta a la prioridad del ser en la tradición metafísica aristotélica de la que parte Carlos Llano. 


Pero, entonces, ¿Quién tiene razón? ¿Existe la nada? ¿Es prioritaria la nada? ¿Se escribe la existencia sobre el fondo de la nada? La propia formulación de las preguntas ya sugiere una cierta contradicción que es la que explora y explota la vía analítica y argumentativo aristotélica de Carlos Llano. La nada no puede existir. En realidad, él funda su origen en el entendimiento, que es donde se da la negación. El origen de la nada no es la realidad, pues no tiene realidad ontológica, sino que pertenece a lo que la tradición metafísica clásica llamaba “entes de razón”. Es el no añadido al ser que surge en un segundo momento tras el primer momento anteriormente descrito en el que por generalización el entendimiento ha creado el ser. No se trata de un no-ser hegeliano pues no es una operación dada en el mundo con consistencia ontológica, no se crea nada, sino que todo ocurre en la conciencia del sujeto que conoce la realidad. 


Ahora bien, aunque no haya en la realidad externa al sujeto algo así coincidente con el no-ser puro, sí hay no-entes que de manera ejemplar sugieren al entendimiento humano la idea de la nada absoluta que se forja en el entendimiento. De manera que tenemos la negación pura, total, del ser, sin correspondencia en la realidad, pero sí hay en la realidad distintas formas de no-entes que pueden evocarnos también en la mente esa nada o negación pura absoluta que llamamos nada e incluso, si se trata de vivencias antropológica o existencialmente fuertes para el sujeto, nos puede crear la ilusión de constituir una suerte de momento ontológicamente prioritario (Heidegger, Sartre, Antonio Machado, Kierkegaard). Carlos Llano dedica gran parte de su libro a explayarse en estos estados existenciales que nos confunden en el sentido dicho, estados ciertamente importantes para el sujeto, pero acaba prevaleciendo, como hemos dicho, la veta aristotélica. 


En definitiva, yo calificaría al libro de Llano de agnosticismo de la nada. La tesis que va a defender es una crítica al existencialismo en cuanto que éste reificaría, en palabras del autor, a la nada. Esta reificación implica un salto de lo lógico (ámbito donde se da la negación) a lo ontológico (donde la negación como idea se convierte en "objeto", en algo positivo, existente). Desde este argumento que extrae de la tradición aristotélico-escolástica comentada y actualizada por él, aborda el nihilismo de los existencialismos del siglo XX y de Antonio Machado. El autor del libro tampoco confunde ser con Dios, como según él hace Rahner, y desvincula metafísica de teología, cuestionando el racionalismo propio del argumento ontológico (de hecho, critica también la existencia de una nada cuyo origen está en una idea racional que de la realidad es mero reflejo ejemplar de "casi" nadas o no seres, no nadas absolutas). 


Como decía, lo que en la realidad sugiere esa nada en realidad inexistente (frente al ser que se afirma como tendencia natural e implícita en el hacer, pensar y existir humano según Llano) son la limitación, la privación, la otredad, la contingencia, la ausencia. Analiza pormenorizadamente todos estos fenómenos como evocadores en distintos grados y matices del no-ser para el entendimiento que así idea desde ellos, con más o menos fuerza, la nada. De todo ello, resulta sugerente, por ejemplo, el análisis del amor, extraído de pasajes de la Suma Teológica, como evocador de carencia y no de plenitud, en la línea de El Banquete de Platón, y en este sentido, evocador de “nada” y no tanto de la plenitud o completud del ser. 


Como balance de este libro debo decir que retomar una antigua tradición como es la metafísica de Aristóteles y su continuación en santo Tomás para mí puede tener varios sentidos. Creo que flaco favor se les hace a tan grandes filósofos si retomarlos implica copiarlos tales cuales. Su actualización ha de ser creativa, como por ejemplo, hace Heidegger. Hay que distinguir, bien es cierto, la historiografía filosófica, que busca esclarecer el texto, de la interpretación creativa que es ya una abierta praxis filosófica activa. Se supone que el libro de Carlos Llano es esto segundo y así lo he leído y lo discuto. Así que mi pregunta es hasta qué punto su esquema metafísico aristotélico-tomista puede hoy abrirnos alguna ventana hacia el esclarecimiento de la cuestión que le inquieta, la gran cuestión del ser y de la nada. He leído el libro tras un buen tiempo dedicado a un enfoque y tonalidad bien distinta que él también ha considerado y conoce, que es la existencialista, pero me ha dado la impresión de que aquí casi se ha tratado de escoger puntos de partida. Llano asume una metafísica que Heidegger y una ya contundente corriente en la filosofía contemporánea va matizando y modificando. ¿Es cuestión de gustos? 


Desde luego el libro me ha hecho pensar, pensar de nuevo, como cuando leo a Heidegger, por el ser, por el ente, pero ciertamente es otro “pensar el ser” y acaso otro ser y otro ente. O mejor dicho, están tomados desde sentidos o perspectivas muy diferentes. Sobre todo, me quedo con una cuestión que me inquieta, por sus repercusiones prácticas, pedagógicas: la prioridad del ser o de la nada, la posibilidad o no de la nada. Tengo la impresión de que si me voy a dedicar en los años que vienen a la enseñanza debo pensar muy a fondo esto, porque es ciertamente la clave. Educar es una cierta apuesta por una cierta posibilidad, la de que el ser sea, y también porque en torno a la nada sucedan o dejen de suceder ciertas cosas  o mejor dicho acontecimientos. Educar es una cuestión de creación, decía en algún post anterior a la navidad, es una actividad poética, de natalidad entre nada y nada, de agónico parto. ¿Cómo no voy a preguntarme por el ser si educo?